Amsterdam.—Ya los he visto, ya he visto á los Síndicos. ¡Ya he visto la Ronda nocturna! No me llame veleta. Franz Hals, de quien tales cosas dije á usted en mi anterior, no llega á esto. Hace más... y hace menos. En fin, en Rembrandt—y aquí nos encontramos conformes mi sueco y yo—descubro algo que hasta ahora había buscado inútilmente en la pintura holandesa: la superioridad del artista, de su individualidad, respecto á la nación en que le ha tocado nacer.

Rembrandt no es “pintor holandés”, sino pintor del alma universal. Es decir, del alma universal... artística, alucinada, soñadora, apasionada de lo extraño.

La Ronda nocturna, examinada desde el punto de vista rigurosamente profesional y de factura, muestra flojedades que sería imposible registrar en un Franz Hals. Con todo eso, marea, confunde, sugestiona. Es tan particular el efecto de luz en este lienzo, que nadie sabe qué lo ilumina. Quién dice el sol, quién vota por las antorchas ó la luna. ¡Disputa baldía! Es la luz de Rembrandt, la luz que él lleva en sus pupilas de visionario. Limsoe lo asegura, gesticulando, sobando su rutilante cabellera escandinava: “Una de las cosas más innobles de la pintura moderna es querer pintar todos los artistas con una misma luz. La luz va dentro de nosotros”. Rembrandt, fulgurando desde la sombra transparente, da la razón á mi compañero de viaje.

No lo digo sólo por este cuadro. Todos los Rembrandt que voy viendo, y los que he visto en París y en Madrid, me subyugan por esa condición, que algunas veces poseyó Goya; porque emiten una claridad que no es la natural; porque son luciérnagas. Rembrandt traza una figura completamente ensombrecida, y por cima de esa sombra sin opacidad frota ligeramente un rastro iluminado, un destello misterioso que procede de una cabellera, de una vestidura, de unas joyas. Es algo irreal, y sin embargo, el cuadro está lleno de verdad. Para mí, lo mejor de Rembrandt son sus figuras de espléndidas judías, de rabinos fastuosos, vestidos de un brocado que alumbra.

Y á mí no me vengan con que la Ronda nocturna es Ronda diurna. Rembrandt sólo pintaba la noche. Es su inspiración una gran mariposa negra.

¡Qué pintor tan divino!—Perdóneme Hals. ¡Voy creyendo que ni por ser tan perfectamente dueño del secreto de la factura! Con Rembrandt y Hals me sucede lo que me sucedió con Velázquez y Goya: Goya mató á Velázquez dentro de mí. Está visto; hay en nuestras almas exigencias sin razonar que acallan las de nuestra razón.

Á Rembrandt, á Goya, no se les puede meter en el potro del sentido común, aunque los dos sean, quien lo duda, dos realistas. No hay que irles con preguntas tontas. ¿Por qué ha hecho usted esto? ¿Qué significa tal figura? ¿Cuál es el verdadero sentido de esta escena? ¿Por qué concentra usted los claros en la vuelta de la hopalanda de este personaje? ¡Dios mío! Hay que ser muy duro de pellejo, muy boto de sentido, para no sentir á Goya y á Rembrandt. Los dos aguafuertistas son dos brujos, y cuando les da la gana, salen montados en su escoba á recorrer el cielo ó el infierno.

¡Bah! Si se lo propone uno, demuestra por a más b que Rembrandt no sabía pintar... Es decir, que pintaba imperfectamente. Amiga mía, pensando en estas cosas que tanto me interesan, que son las únicas que me interesan en el mundo, que no concibo que interesen otras, temo volverme loco. Rembrandt y otro pintor que yo no conocía, Van der Helst, un rival que forma con él un contraste despampanante, vienen á dar golpe certero á los principios á que me había agarrado, y según los cuales pensaba dirigir mi carrera.

Escúcheme usted y dígame si esto que discurro es un desatino...