Si el trabajo es la condición del triunfo artístico, como creí en París; si ese lauro lo conquistan la regularidad, el método y el continuado esfuerzo, entonces... Rembrandt no hubiese hecho nada. Y en efecto, como labor concienzuda, hizo poco.—Asegura Limsoe que era un bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas, anticuarios encubridores de robos y piraterías, corredoras de alhajas, zurcidoras de voluntades, posaderos, bebedores, gente de la hampa, y que las personas de cuenta le volvieron la espalda porque sus retratos no se parecían ni chispa, mientras los de este Van der Helst, que ocupa en el Museo de Amsterdam el lugar fronterizo á Rembrandt (haciéndole la competencia después de muerto, como en vida), hablaban, eran la misma persona fija en el lienzo. Este Van der Helst—ya le había visto en Harlem, no renunciando á codearse con Franz Hals,—no sé si diga que en cuanto á pintar, pintar con la mano y con la vista, no tiene que envidiar nada á nadie. Su ejecución es un prodigio. ¡Qué caras, qué manos, qué trajes de paño y de seda, qué bordados de plata, qué copas de vidrio, qué limones, qué estandartes, qué corazas, qué valonas, qué cuellos de encaje! Es la realidad; gente que tenemos ahí delante, con su edad, su figura, sus humores, hasta los achaques que padecían. Dan ganas de tocar ese paño, de arrugar esa seda, de dirigir la palabra á esos buenos oficiales de la milicia ciudadana de Amsterdam. Y aun ahora, si cierro los ojos, estoy viendo un portento de abanderado joven, muy guapo, vestido de tisú blanco, elegante, arrogante, ¡que debió de trastornar tantos corazoncitos! No es pintura; es el abanderado. Respira. Galantea.

Bien; pues calculo yo que á esto se podrá llegar con energía y trabajo, si se tienen algunas condiciones naturales; sí, se puede llegar, como llegó Van der Helst (que, sin embargo, no es lo que se entiende por un gran pintor) á pintar mejor que Rembrandt. Pero á ser Rembrandt, ¿cómo se llega? ¡Qué demonio! Siendo Rembrandt.

Y á los que no lo somos, y, en nuestro satánico orgullo, tendríamos por desgracia ser Van der Helst, el que pinta estas manos, estos ropajes y estas caras... ¿qué nos resta?

¡Pegarnos un tiro!

Así se lo digo á Limsoe.—Él me aquieta con una especie de murmurio afectuoso, dándome palmadas en los hombros y dedadas en la sien. Me va cobrando cariño este sueco. Los extranjeros, al pronto, no parecen cordiales; pero apenas se establece confianza...

—Note usted otra verdad muy curiosa—exclama.—Que la originalidad del asunto falta casi siempre en las obras maestras (excepción, su Quijote de ustedes, que no tiene antecedentes, ni tradicionales ni literarios). Mire usted los cuadros de Rembrandt. Su famosa Lección de anatomía, á la cual tantas significaciones se le han atribuído, es un tema tratado por infinitos pintores antes que él. Tampoco el pensar antes que nadie una cosa vale ni sirve. El toque está en pensarla, y, sobre todo, en expresarla de una cierta manera...

—¡Que yo no sé cuál es!—fué mi triste comentario.


Brujas.—Aquí estoy, en Brujas la Muerta; y tengo mucho que contar.

En primer término, mi conversión al catolicismo. He renegado de la pintura protestante; de esa pintura de género, civil, anecdótica y nacional; y después, las confidencias de Limsoe, que en el tren—en el tren la gente se vuelve muy expansiva, con sujetos que no hemos de volver á ver probablemente,—me confía (después de renegar de los trenes holandeses; los suecos son los mejores del mundo, los mejor suspendidos, parece que se va en trineo)—el secreto de su vida y sus convicciones estéticas.