Limsoe está triste á ratos, y no dejará de estar triste nunca, porque, sin querer, disparándosele un arma de fuego, dejó ciego á un hermanito suyo, á quien adoraba; y Limsoe, dentro de su santuario de arte, es... prerrafaelista.
¡Acabáramos! ¡Cómo había de entusiasmarle Franz Hals!
De su desgracia y sus remordimientos habló poco, en frases cortadas; después bajó la cabeza, me apretó la mano, y le vi una contracción en la cara, tan dolorosa, que parece seguro que este hombre no se consolará.
En cuanto á su prerrafaelismo, lo predica con unción religiosa. Espera catequizarme.
Me ha contado los orígenes de la escuela, de los cuales, á la verdad, á pesar de ser para mí obligatorio no ignorar esas cosas, ni la menor idea tenía.
¡Qué demonio! los prerrafaelistas son como los duendes; todo el mundo habla de ellos, y nadie los ha visto, al menos en Madrid y París. Sus obras andan tan desparramadas por galerías inaccesibles, en países lejanos, que únicamente mediante la fotografía y el grabado se pueden conocer... mal.
Pero Limsoe dice que lo capital de esta escuela no son sus obras, á pesar de una gran belleza, sino sus teorías, que resumen el Evangelio del arte. Por la doctrina estética, los prerrafaelistas han abierto tanta huella en el mundo.
Eternos son ya los nombres de Holman Hunt, Millais y Dante Gabriel Rossetti. Fueron iniciadores, y fueron sobre todo poetas; sintieron, se elevaron.
Hicieron estos tres muchachos lo que infinitos hacen sin que les dé fruto: asociarse, fundar una Revista, y formar un cenáculo. Algo tendría esta escuela, que ha salido á flote, entre tantas como naufragan sumergidas por el ridículo.
No se lo escatimaron á ellos, pero su teoría era una perla que ningún malandrín podía cubrir de barro. ¡Las miserias, los atropellos, las impurezas de la labor de los modernos pintores, les enseñaron que era preciso volver á los cuatrocentistas, artistas que profesaron el respeto y la dignidad de su arte como fervoroso culto! Pintar devotamente, con la pulcritud de los místicos, con su atención grave y sostenida, sin manchones ni pinceladas rápidas, respetando lo escrupuloso del deber y lo tierno y cándido del amor... Pintar santamente, y si no, no pintar... ¡porque sería indigno!