Ser santo, y á la vez elegante y superior al vulgo, ¿no es un ideal altamente estético?

Y esto sólo se hizo antes del triunfo de Rafael. La prueba de la corrupción del arte, que sigue á Rafael y á Rubens, es toda esta pintura holandesa. Pintura de zafios, de borrachos, de glotones. ¡Gente que se retrata de sobremesa! ¡Gente que se retrata despedazando un cadáver! ¡Gente que la reproducen devolviendo el vino que bebió! ¡Puach!

Limsoe se indigna, echa lumbres por sus ojos de gato rubio, y prosigue:

—Se burlaron mucho de los prerrafaelistas, y alguno de ellos, descorazonado, no anduvo lejos de plantar la pintura y largarse al Canadá á labrar una granja... Vino en su auxilio Ruskine, y gracias á él no fracasó el movimiento, y sus iniciadores obtuvieron el respeto y la atención de su época. Cada uno de los tres artistas se abrió paso, pero, á mi ver, lo envidiable es el destino de Rossetti. Se obscureció á medida que crecía: cada día tuvo menos público, y ese público, más rendido, le adoró más. Cada día, los aficionados que adquirían sus obras fueron más escasos, más inteligentes, más veneradores y más ricos. Y cada día vivió más inaccesible al vulgacho. Es el mito de las Sibilas: cuantas más hojas de sus libros se quemaban, más valían las restantes...

Sin embargo, estos elegidos tienen su descendencia: no demasiado numerosa, porque la misma substancia de la escuela repugna á lo numeroso; porque, para entrar en las filas del prerrafaelismo, se necesita conciencia, humildad, comunión diaria, ser puro, ser hermoso por dentro...

El sueco hablaba así; y de pronto, encarándose conmigo, fijándome con sus ojos de felino dulce é hidrófobo alternativamente, susurra:

—Desde que conozco la verdad en la belleza, no he cometido pecado impuro; huyo de la mujer como de un abismo; mejor diría, como se huye de una charca cuando se va vestido de blanco...

Lo confieso, amiga; en vez de quedarme edificado, el latino malicioso que hay en mí se echó á reir á carcajadas... El sueco no pareció desconcertarse por esta gansada mía. Hizo un movimiento de hombros resignado, encontrando natural mi escepticismo, dada mi falta de iniciación, y con sencillez infantil prosiguió su conferencia. Yo entonces, avergonzado, le pedí excusas.

—No he debido—confesé—reirme de eso que usted me cuenta, puesto que, al fin y al cabo, si yo no llego al extremo de abnegación de usted, el sueño de mi arte me domina hasta tal punto, que me ha privado de la facultad de amar. Y no he amado, ni amaré.

—¡Eso es peor, más duro, más terrible!—exclamó Limsoe.—¡No saber amar! Yo no estrago mi vida, yo evito enlodarme, pero... pero amo, amo de un modo sagrado, y ¡es delicioso amar así!