Sus ojos de esmeralda clara se perdieron á lo lejos, en un vago añorar de cosas tal vez amargas, tal vez divinas.
Luego prosiguió:
—Hoy, se me figura que el respeto de todos y la admiración de las generaciones nuevas rodean á la escuela prerrafaelista... Hay ya en torno de ella una leyenda de gloria. Entre sus discípulos está el excelso Burne Jones, que ha hecho revivir, en nuestra edad prosaica por bastantes estilos (pues se ha empeñado en que posean todos los hombres, no lo bello, sino lo útil), ha hecho revivir, digo, la edad de la caballería, el sueño de la humanidad con alas... ¡Y qué artista admirable es ese discípulo! ¡Qué sentimiento! ¡Qué piedad! ¡Qué nobleza! ¡Qué altivez escondida en esa pintura tan delicada! ¡Qué variedad, sobre todo! Porque usted habrá oído repetir por ahí—¡la muchedumbre no sabe juzgar de otra manera!—que los prerrafaelistas son monótonos. ¡Cada uno de estos grandes estéticos tiene su estilo peculiar! Holman Hunt es más religioso (aunque todos son religiosos, y no se puede ser gran artista, digo artista del ideal, sin religiosidad); Rossetti... le gustaría á usted más, porque es un poeta encantador, de imaginación católica, y tiene algo de la iluminación y del don amoroso de los artistas primitivos franciscanos.
Objeté que ya es vieja la escuela, que ha transcurrido tiempo, sin que haya logrado hacerse popular.
Me replica mansamente, con fervor de neófito:
—Ha estado en la penumbra; es una de sus grandes fuerzas. Desde la penumbra ha irradiado sobre las almas exquisitas, sobre las conciencias de los artistas que la tienen. Una corriente gemela de la prerrafaelista ha producido la inspiración del inefable Wagner. En el arte digno de este nombre, en el arte que no da náuseas, no hay sino religiosidad, religiosidad, caballería andante, alma en busca del cielo... ¿Sabe usted cuál es la última palabra del arte? La misma del amor: el éxtasis.
Lo que sacó de sus casillas á mi sueco fué que yo le dijese, sin mala intención:
—He oído que los prerrafaelistas son unos histéricos, unos degenerados.
Se puso rojo. Le había herido en lo vivo. Pero, por lo mismo que es un convencido, no hizo explosión. Se limitó á pronunciar, conteniéndose valerosamente:
—Sí, conozco todas las críticas, algunas infames, que se han dirigido á la Confraternidad y á la Escuela... Los dogmas prerrafaelistas no están cortados á la medida general. Por largas que sean las orejas de asno de los críticos, el dogma va más lejos. No hay que preguntar quién ataca al prerrafaelismo y al fecundo movimiento que ha salido de él. Son los descendientes de aquel farmacéutico de Flaubert, los representantes de la llamada razón... ¡La razón! ¡Que el Maelstroom se la trague!