En este anatema andábamos tan conformes, que repetí, como brindando:

—¡Que el Maelstroom se la trague! ¡Amén!

Y en esta hermandad de deseos llegamos á Brujas la Muerta... No tenga usted miedo de que le coloque la descripción; ya sé que está usted al corriente, que ha leído á Rodenbach.

No; lo único que le diré á usted es que aquí he tenido el gusto de ser presentado al señor de Memling... y que me encuentro en un estado de ánimo que no sé si atribuir á la sugestión de este maniático de Limsoe ó á los efluvios de la ciudad (reléase á Rodenbach), y noto que involuntariamente pienso y juzgo casi como el sueco. Me acuerdo de mis pintorazos holandeses, de sus comilonas, de sus trapatiestas y fumaduras, kermesses y tabernas; de los burgueses empavesados con trajes de gala, de su realidad, de su tremenda verdad, y... siento la náusea, el esguince. ¡El alma me pide otra cosa!

Esta otra cosa es Memling.

¿Será cierto que el artista murió en un convento de España? De todos modos, nuestro misticismo no se parece al suyo.

¡Qué detalles, qué flor de sentimiento, qué novela caballeresca es su Urna de Santa Úrsula! No acierto á decir si revela un devoto soñador ó un poeta con corazón de niño.

Sobre la historia de la santa, narrada en los tableros del divino cofrecillo, se puede hacer un largo poema. Ahora comprendo mucho de lo que mi amigo me decía en el vagón. El sumo arte asocia lo religioso y lo caballeresco, y salva á la religión, por medio del arte, de los impuros contactos de la multitud. Si me acuerdo de la Santa Isabel de Murillo, y la comparo á esta Urna, me defiendo mal contra el desdén de obras que admiré mucho.

No cabe duda: los Velázquez y los Franz Hals han pintado asombros; pero ¿pintaba peor, en su estilo, Memling?

En el mismo Hospital de San Juan, tan sugestivo, tan callado y recogido, donde nos enseñan la leyenda de Santa Úrsula, vemos unos Desposorios de Cristo y Santa Catalina, en que hay dos figuras insuperables: la Santa Catalina y la Santa Bárbara. ¡Se descubre allí la firme resolución del artista de no conceder su pincel sino á cosas bellas, ilustres, ricas de forma y de materia; de no reproducir sino caras redimidas de la miseria humana, vírgenes que son reinas ó emperatrices, y bajo cuyos pies la impureza, la bestialidad y la violencia no se atreven á desatar sus ondas de fango!