Esta parrafada es de Limsoe ante el cuadro de los Desposorios... “Vea usted qué dos santas esas. Escogidas, ¿eh? No crea usted que están ahí por casualidad, por antojo. Son las dos santas filósofas que desdeñaron las bajezas materiales del paganismo y entraron en el Cristianismo por amor de la pureza, pero sin renunciar á su elegancia artística, sin confundirse nunca con los ascetas groseros. Á Santa Bárbara en su torre, á Santa Catalina en su palacio, se las puede uno representar leyendo un tratado de psicología, coronadas de perlas, veladas de gasa, con manos tan lilíales como esas que ve usted ahí, las de Santa Catalina; las que tiende al anillo del celeste Esposo, y que son la perfección de la belleza en una cosa ya tan bella como una bella mano de dama.”

Me acordé de la medalla de Santa Catalina que posee Solar de Fierro, y, asociando memorias, me avergoncé de haber pensado un día que se puede hacer un cuadro con la Recolección de la patata. Me desprecio, me desprecio; pequé, pequé... ¡Vengan vírgenes de talle largo, vengan paladines, renazca próximo á sus fuentes el sentimiento, el romanticismo aristocrático y medioeval! Sí, señora; todo esto quiere decir que me voy volviendo romántico, que me saltan dentro manantiales que ignoraba, y que si por casualidad, hace dos años, me pongo á trabajar en Madrid, con el espíritu de un fauno brutal dentro de mi cuerpo y guiando mi mano inexperta, ¡oh! ¡ah! ¡nada, que yerro la vocación!


Gante.—¡Última carta! Es decir, última carta de este viaje. Porque retorno á París en busca de cosas innobles y prosaicas, el alpiste, el gabán de invierno.—Aquí ya Limsoe y yo estamos arrecidos, aunque nos abriga el fuego de nuestras mágicas ilusiones.—Y hemos arrostrado la emoción suprema... ¿Suprema por qué? ¡Justamente esto no se razona! Limsoe lo reconoce... á pesar de su chifladura, que en parte me ha pegado.

Si no fuese que hemos remontado la corriente del arte, que subimos de los holandeses relativamente recientes hasta los inventores de la pintura, y que, por lo tanto, nos cumplía ver á Memling antes que á Van Eyck, era justo haber guardado la apoteosis final para este Memling, que es el puro entre los puros, el serafín. Él es quien ha convertido á Eva la contaminada en Beatriz la celestial. En Van Eyck se encuentran mujeres hembras, lo horrible del sexo, mientras Memling sólo nos presenta princesas Delgadinas como las del romance popular, azucenas entreabiertas sobre tallos que ninguna mano tocó...—Así poco más ó menos razona Limsoe. Juntos entramos en la catedral, San Bavón... El sacristán, agitando su clásico manojo de llaves, nos guía de aquí para allí, no nos perdona varias capillitas, nos fuerza á tragar los Crayer y los Van der Meer... Mi sueco me da al codo, me hace guiños y señales de impaciencia y de protesta contra obtusidad semejante. Por fin nos permite el sacris (después de hacérnoslo desear bien) acercarnos á lo único que buscamos, el tríptico titulado El Cordero Místico.

Por el trecho que media entre el hotel y la catedral, Limsoe me había explicado detenidamente muchas noticias de este tríptico (que es fácil que usted sepa también, á menos que las haya olvidado de puro sabidas). En primer lugar, el capricho violento que inspiró á Felipe II (lo cual no deja de extrañarme, porque debemos suponer que si Felipe II tuviese tal antojo, no dejaría de satisfacerlo); los peligros que corrió de arder ó hacerse astillas; cómo lo escondieron, porque un Emperador se escandalizaba de la desnudez simíaca del Adán y la Eva; cómo es ya difícil saber lo que allí resta de la labor de los hermanos, porque, al menos, dos paineles consta que no son los originales... Después de todos estos antecedentes, que debieron prevenirme en contra de la obra de los Van Eyck, apenas me paro ante ella, quedo en un estado de arrobamiento, que ahora conozco que no me ha causado ninguna otra creación artística.

¿Es que pretendo que sea lo mejor de cuanto he visto? No. Probablemente es que está, en este momento, más relacionado con mi sensibilidad especial, en que tan singular transformación viene produciéndose. Habrá que explicarlo así; si no, no se explicaría.

Desde luego se trata de una obra maestra; eso no se discute; pero, además, es la obra maestra de este momento de mi vida...

¿Qué pasa en mí?, dirá usted. Sería á veces doblemente curioso verse á sí mismo, verse en plenitud de sentimiento, que ver á Van Eyck ni á Franz Hals.

Bueno; el caso es que me he puesto como loco ante El Cordero Místico. Por supuesto, que sólo hicimos caso del painel central todo de la mano de Juan Van Eyck.