¿Cómo se lo describiría á usted?, porque aquí no valen ilustraciones ni monos fantásticos. De esta clase de pintura no se puede decir que esté bien ó mal dibujada, que sea ó no preferible su colorido á su diseño... Diseño y colorido son inseparables y no podrían modificarse en un ápice, dada la perfecta y sublime unidad de la intención del artista.
Es preciso no callar nada. Si se ríe usted... mejor; ríase cuanto quiera; no me enojo. Figúrese que el sueco y yo, que estábamos de pie y cogidos maquinalmente del brazo, trocamos una mirada, nos entendimos, y muy poquito á poco, sin soltarnos, arrastrándome él y yo cediendo, doblamos las rodillas, y así de hinojos sobre la tarima del altar nos estuvimos un cuarto de hora, veinte minutos. No sentíamos lo incómodo de la postura, y devorábamos con la alzada vista el cuadro. Nos lo queríamos meter más allá de los ojos y los sentidos. Nos apretábamos las manos de tiempo en tiempo, furtivamente.
Y la del sueco tenía corea, y sus ojos eran un lago verde, en que había el misterio de las aguas dormidas, pero electrizadas...—Vamos, ya escribo como en el manicomio. Todo se pega, y las sugestiones artísticas, en mí, hallan un sujeto admirable.—Sin embargo, no fué allí donde nos comunicamos mejor y nos convencimos del cambio de nuestro sér. Fué de noche, después de comer juntos por vez postrera, con la efusión de afectividad que trae consigo la certidumbre de que dos personas no han de volver á verse hasta sabe Dios, á lo sumo después de mucho tiempo, cuando ya el placer de estar juntos se haya disipado, sin culpa de nadie, por la ley de las cosas...
—¡Pero qué divino!—exclamaba el escandinavo.—Cierre los ojos. ¿Lo ve usted bien? Ya no es el fondo de oro de los bizantinos: he ahí el arranque, la iniciativa de los Van Eyck, relacionada con sus nuevos procedimientos de pintura, y que la hizo humana, sin quitarle lo celestial. ¿Ha visto usted aquel campo virgen, aquella primaveral vegetación, que es la misma de las campiñas de Flandes, y que el artista reprodujo tallo por tallo y salpicó de innumerables florecillas que parecen también vírgenes, impregnadas de un rocío tan puro?
—Sí, lo estoy viendo y lo veré toda mi vida. Aquella ciudad que se percibe en último término...
—La Jerusalén celeste—responde el sueco, perdida su mirada en el vacío,—la Jerusalén celeste, patria de las almas. Ese cuadro, entre sus condiciones asombrosas, cuenta la de ser cifra perfectísima de un todo, de una ley universal, y es superior á la Divina Comedia (que tiene igual asunto), porque mucho más sintéticamente, sin las crudezas de mal gusto y la brutalidad pasional del Infierno, nos presenta esa ley: la concepción religiosa íntegra. Encierra la revelación y la redención, la Iglesia militante y la triunfante, y para producirnos la emoción más honda no necesita recurrir á ningún elemento dramático bastardo, sino á la simbólica en toda su noble serenidad y hermosura.
—¡Y de qué manera está hecho!—exclamé.—¡Con qué prolijidad sin pesadez están pintadas aquellas hierbas mullidas, bien olientes, los bosquetes de rosales, mirlos y naranjales en flor, las procesiones de figuras, los mártires, las vírgenes, con sus ropajes semi-azules, semi-rosados como bañados por los reflejos del éter y de la aurora! ¡Y las vestiduras que despiden majestad, y las caritas llenas de unción de esos personajes espléndidos, profetas, patriarcas, apóstoles, papas, obispos, emperadores de leyenda, solitarios y peregrinos, á quienes guía San Cristóbal! ¡Y los ángeles soñados, que hacen guardia á la Fuente de la vida, aquel surtidor tan cristalino que cae en un tazón de mármol, y al Cordero, al cándido Cordero!
Callamos un momento, incapaces de expresar lo inefable con palabras siempre áridas y pobres, y el sueco, recobrando primero el uso de la palabra, me balbuceó:
—Voy á confiarle... Porque ya nos separamos, y en usted he hallado casi un hermano... Yo no habré visto en balde correr el líquido sacrosanto que llenó el Grial, yo no habré contemplado estérilmente el misterio de la Sangre... Y además... Hace tiempo que mi conciencia trabaja, que el remordimiento de males que causé me lleva hacia Dios, que mi corazón reclama alimento, que necesito sentir mucho, deshacerme, abrasarme. El amor me ahogaba. Wagner me había despertado; Van Eyck espero que me dormirá otra vez en extático sueño. ¡Salgo de Gante convertido! ¡Soy católico!... Es decir, lo he sido siempre. Lo conozco ahora. Mi ideal estético ahí tenía que conducirme. ¡Nos hemos encontrado en un momento bien decisivo de mi vida! La de usted va á seguir su curso..., pero este amigo de pocas días le dirige un ruego: acuérdese de que la belleza no es sino lo profundo y refinado del sentimiento, y que la flor de la belleza es... lo que hemos sentido esta mañana en San Bavón: el éxtasis.—¡No encanalle su pincel, no manche su pensamiento, sea casto, sea sencillo, vuelva al arte de los cuatrocentistas; y si quiere ser libre, véngase á vivir aquí, entre Memling y Van Eyck, guardando su dignidad, huyendo y renegando del arte si ha de servir para reproducir sensaciones comunes al hombre y al cerdo! No se deje atraer por el cebo de la Naturaleza. La Naturaleza no existe; la creamos nosotros; la Naturaleza no es digna de atraer nuestras miradas sino en la hora mística de su comunión con lo sobrenatural, cuando la acaricia el soplo del espíritu. ¡La Naturaleza..., yo diría que es el gran cadáver del Paraíso, y los gusanos del sensualismo, rebulléndose, son los que prestan apariencias de vida á ese vasto cadáver!