Sobre este tema, el sueco, que á usted de seguro no le parece loco, y á mí hay ratos, no crea usted, en que tampoco me lo ha parecido, ni mucho menos, disertó hasta el amanecer—porque el tren que á él había de llevarle á Hamburgo para regresar á su patria por el Báltico, salía á las cinco de la mañana—y nos perdimos en un dédalo de confidencias y disquisiciones; en fin, vaciamos el alma. ¡Hablamos también de usted! Cuando se trató de correspondencia, Limsoe dijo:
—No estropeemos este recuerdo con cartas en que va resfriándose la amistad entre protestas y mentiras. ¡Démonos un abrazo... y hasta el cielo!
Le abracé conmovido. No lo estaba menos el neófito.
Momentos después el tren arrancaba, y desaparecía aquel extrañísimo periodista, en busca de sí mismo, hacia los nuevos horizontes de su sensibilidad.
Yo, después de dormir hasta las tres de la tarde, salgo hoy rumbo á París. Ya le contaré á usted mis triunfos, mis glorias... es decir, mis pobres retratos, y mi lucha, y lo que detrás viniere. ¡Allá os quedáis, encantados vergeles de la pintura, Rembrandt enigmático, Franz Hals, dueño de los secretos, Rubens imperial, Memling celeste! ¡Allá te quedas, alférez abanderado, todo vestido de plata, todo viviente, como cuando enviabas besos á los balcones! ¡Allá os quedáis, fantasmas de la Ronda nocturna, graves síndicos, meditabundos doctores que anatomizáis un cuerpo muerto! ¡Allá te quedas, Cordero Místico! Adjunta una fotografía... ¿Pero quién fotografía la beatitud?
El hombre que va á cruzar la frontera francesa—diré reproduciendo unas palabras de Limsoe—no es el mismo que la ha pasado con dirección á Bruselas, hace próximamente dos semanas...