Apenas quitado el polvo, tomado alimento, Silvio se dirigió á la residencia de la Porcel. Encontró cara de palo. La señora, algo indispuesta desde su regreso, apenas recibía. Ya avisaría al señor cuando la fuese posible dejarse ver.

Silvio entonces, alarmado, se encaminó á la garzonera de Valdivia, muy próxima al hotel de su enemiga y señora. Tampoco el brasileño se encontraba visible. Conferenciaba en aquel momento con su doctor, y nadie podía distraerle. Ya avisaría..., etcétera.

Lago volvió á su hospedaje con las orejas gachas. No sabiendo qué hacer, escribió á Espina un billete suplicante y mimoso, de paso que la remitía el consabido retrato de las rosas, que, encajonado, había permanecido hasta entonces en poder del autor. El billete era un quejido, una deprecación; todo lo que pueden ser los renglones en que un hombre pone su esperanza. No se atrevía á mentar el proyecto de exhibición del retrato; pero lo anheloso del estilo, las reticencias tristes, eran sobrado elocuentes.

Respondió al punto Espina. “Se encontraba malucha; sin embargo, no tardaría en avisar á sus amigos para que admirasen un retrato muy bello, que dentro de poco, si las cosas continúan así, ya no se parecerá al original, habiendo que escribir debajo: Esta fué Espina... Á la primer racha de mejoría, exhibición; y entonces podré tener el gusto de ver á usted, y que me cuente sus excursiones por Holanda, y sus aventuras, que no le habrán faltado... ¿Ha ido usted con alguna madrileña?”

Silvio temió que tan campechana misiva disfrazase una moratoria; duró cinco días la aprensión; á la mañana del sexto, otro billetito, esta vez muy lacónico, le hizo saltar. Se reducía á una invitación. “Esta noche, á las diez, taza de té y exhibición de retrato”.

El día corrió, como corren igualmente todos; los que pensamos empujar á la sima del tiempo con la violencia del deseo, y los que quisiéramos eternizar... y la noche vino, como viene sin falta para el día y para el hombre. Silvio sentía impulsos de danzar su acostumbrada danza inglesa, al punto de dar á un cochero las señas de la morada de Espina Porcel; al mismo tiempo estaba rendido; no había parado desde que recibió el billete, parte por necesidad de comprar varias cosillas, parte por entretener su fiebre de impaciencia. Creía ya pasada la barra de París, aseguradas subsistencia y fama naciente.

Al salir del hotel, acababa de acicalarse despacio. Bien ajustado el talle por el frac; el pecho bombeado por la pechera de nieve; el pelo bonito, cenizoso, en calculado desorden, con arreglos de peluquero que no quitaban el gracioso desgaire natural; los ojos cambiantes, brilladores y radiosos de alegría; todo su cuerpo confitado en limpieza y perfumes del baño largo; las manos claras, pulidas; la blancura de la corbata haciendo resaltar la fresca palidez juvenil del semblante, y el reflejo de los dientes entre el bigote semidorado,—tenía la apostura de un triunfador, cuya exterioridad comenta y confirma la leyenda de sus obras. Á pesar de la impaciencia, se había retrasado á propósito, para no hacer figura desairada madrugando.

Á la puerta del palacete de Espina, divisó Silvio—buen agüero—una hilera de coches blasonados, en espera. Eran, en su mayor parte, de esas berlinitas egoístas, donde la parisiense, que corretea sola al través de la Metrópoli, halla modo de acomodar sus bártulos, el espejo donde se mira para arreglar un rizo, el reloj con funda de plata, que asegura la exactitud á pesar del ajetreo, el frasco de sales para el desvanecimiento, el tarjetero y el catálogo de visitas y señas... Silvio reconoció el coche y el blasón de la condesa de los Pirineos, que había visto á la puerta de Paquín.

Indefinible aprensión le salteó á este recuerdo ingrato. Subió aceleradamente los peldaños de ónix que conducen al vestíbulo, dejó su abrigo, entró en el salón bajo, que comunica por un extremo con la galería de las porcelanas, por el fondo con el jardín de invierno, y se encontró cogido en un remolino de gente, sin poder avanzar.

Casi estaba atestado aquel salón,—no muy grande, como no lo era ninguna habitación en la residencia de la Porcel, é idealmente puesto á estilo modernista, con verdaderos primores de decoración y mobiliario.—Aunque Silvio no conociese á la inmensa mayoría de los concurrentes, su sagacidad y lo observado en Madrid le dijeron que era la reunión lucida y de alto fuste. Había allí señoras del castizo arrabal, alguna celebridad masculina de las que mejor decoran, bellezas profesionales, estrellas del tonismo, figuras salientes de la colonia española, con la Embajadora á la cabeza, hartos galancetes, sportsmen, agregados, hombres de caballo y club, diplomáticos, primates de la banca y algún periodista de la prensa diaria. Se esperaba á la Infanta, de paso por París, y sobre la hipótesis de su venida, que no se juzgaba segura, ni mucho menos, giraban las conversaciones. Silvio sorprendió al vuelo dos ó tres. “¡Del autor del retrato—pensó enojado—no habla nadie; sólo se ocupan de la Alteza...!”