Al pronto, no vió á la dueña de la casa. Consiguió deslizarse entre los grupos, cada vez más compactos, que obstruían la puerta por curiosidad de no perder la problemática entrada de la Infanta, y logró divisar á Espina, asediada de gente, envuelta en homenajes y almíbares. Al pronto dudó si era ella: tal marca de padecimiento había impreso aquel corto plazo de dos meses en el espiritual semblante, mucho más joven que su edad. Al observar el estrago del mal en la fisonomía de la Porcel, Silvio notó que se conmovía, cosa inexplicable, pues no creía experimentar por ella nada que se asemejase á ternura, sino al contrario; pero hay en nosotros un sér, y aun varios seres, instintivos, que nuestro sér reflexivo ignora hasta que salen de las umbrías de la selva interior.—Si hilamos delgado en nuestros sentires, locos nos volveremos.—Silvio acaso se ablandaba, porque había aprendido en su reciente viaje á cultivar la emoción, y porque, además, no habiendo creído las quejas escritas de la Porcel, tenía delante de los ojos su fundamento. Mentalmente, repitió la frase de Valdivia: “¡Pobre María! ¡Pobre enferma!”

Mucho, sin embargo, disimulaba los destrozos de la morfina, el artificio maravilloso para adornarse y componerse de aquella idólatra de lo artificial. El tocador de la Porcel, su modistería, encubrían—para quien no conociese tan á fondo como Silvio, por pericia de retratista, y por haberlos contemplado horas enteras, empapándose de ellos, los lineamientos de las facciones y las luces y matideces del cutis,—la huella del envenenamiento. Vestía la Porcel con más originalidad que nunca: su traje era como formado de una nube de pétalos de flor, flor de gasa, con transparencia de seda plateada debajo. Cada pétalo llevaba cosido, al desgaire, un diamantito, y flecos desiguales de diamantes formaban el corpiño y se desataban sobre los hombros. La cola del vestido parecía un copo de fina humareda, entre la cual nieva el almendro su floración y juega el rocío. Sobre el escote, las sartas, cerradas con el extraordinario rubí. Silvio pensaba en el estigma, en la hinchazón negra. Todo el mundo ensalzaba á la Porcel: la toilette era un sueño. Y las señoras, en voz baja, se decían que era preciso sorprender, cuando Espina se moviese, sus zapatitos de tisú de plata, con hebilla de diamantes y rubíes,—un hechizo.—Era la fuerza de Espina, su autoridad en el mundo—aquella intensidad de elegancia.—Silvio maniobraba con objeto de llegar hasta la señora, cuando le detuvo un conocido, el vizconde de Lenzano, español muy aficionado al arte, que solía pasar temporadas en París.

—¿No sabe usted?—díjole.—Esta mañana tuve un mal rato... He visitado al pobre Vierge...

—¿Urrabieta Vierge?—exclamó Silvio con interés.—¡Qué gran dibujante! Es un genio. He visto de él cosas que hay que quitarse no digo el sombrero, sino el cráneo.

—¡Y qué desdicha la suya!—murmuró el vizconde, arrastrando á Silvio hacia un rincón, para mejor desahogar, pues sufría depresión y la aliviaba comunicándola.—¿Usted ya estará enterado?...

—No sé de Vierge sino que es un dibujante colosal.

—Sí, pero figúreselo usted paralítico. Sólo trabaja con la mano izquierda. ¡Paralítico, incurable! ¡Y si al menos le hubiese acometido el mal en la vejez! Pero no: era un muchacho, treinta años, cuando despertó así una mañana. Precisamente soñaba el hombre con subir (no sé si es subir) del lápiz al pincel; iba á ilustrar una edición de Gil Blas que le pagaban espléndidamente, y con ese dinero y algo ahorrado, se prometía hacer lo que se le antojase, realizar sus ideales... Vea usted en que momento cayó sobre él la enfermedad. ¡Qué vida la nuestra!—añadió, como si dijese cosa muy profunda.

Silvio, aterrado, calló. Sonábale aquella historia dolorosa á eco de su historia. El sueño de Vierge, el suyo, la Quimera de todos. Al revolver del camino, como en las estampas de Alberto Durero, la Esqueletada con su segur.

Por un instante se absorbió en sombría meditación, abatiendo el vuelo y abismando el alma. Entretanto, la gente susurraba, chismorreaba, algunas señoras se retiraban, como desdeñosas; la Alteza no venía, resueltamente. La mejor señal de que ya no se contaba con ella—si alguna vez se había contado—era que la dueña de la casa empezaba á llevarse á la gente hacia la estufa y el comedor, sin preocuparse de abandonar el salón. ¡Fiesta manquée!