Convencidos de la decepción los invitados, las conversaciones tomaban otro giro: la palabra “retrato” zumbaba, repetida en el aire. Á Silvio se le enfriaron las manos un poco; el corazón le dió un vuelco. Estaban enseñando su obra, y la gente, alrededor, hablaba de ella. Su aguda percepción le dijo que, bajo la admiración convencional de los salones, era la indiferencia, era cierto hastío, lo que se difundía por el concurso,—en gran parte al menos.—Los inteligentes movían la cabeza; Lenzano, que había desaparecido un momento, retornó cejijunto. Varias señoras, sin embargo, se extasiaban.—“¡Qué traje! ¡Qué delicioso buen gusto! ¡Qué habilidad la de ese hombre!”—Y Silvio, clavado al suelo, temeroso de romper el encanto. Era, por otra parte, natural; de suyo se caía que la Porcel viniese á buscarle, le llevase ante la obra. Su actitud llamó la atención á la condesa de los Pirineos, la cual, del brazo del Embajador de España, volvía en aquel momento de la estufa, murmurando: “Dejo sitio, la gente se agolpa allí”. Al divisar á Silvio, hizo cortesía al diplomático, y exclamó:
—Permítame; hablaré un instante con uno de sus compatriotas, artista á quien conozco...
El diplomático se alejó discretamente, inclinándose. Silvio, halagado por la iniciativa de la gran señora, sin contenerse, preguntó:
—¿Se dignaría usted decirme, Condesa, qué opina del retrato?
—¿Pero no lo ha visto usted aún, señor Lago?—respondió algo evasivamente la dama.
—¡Figúrese usted si lo he visto! Demasiado quizás. Pero cuando se expone, el juicio de personas como usted...
—¡Oh!—murmuró la dama.—Usted me adula. No soy inteligente, nada de eso. Por otra parte, mi criterio disiente poco del de la mayoría. Los inteligentes verdaderos se muestran reservados, y hasta me parece que severos; yo, sencillamente, no me embeleso, pero creo que es un bonito mueble, una pintura agradable. Por otra parte, hace tiempo oigo decir que el artista desciende. Á mí, su colorido siempre me pareció algo falso...
La cara de Silvio debió de expresar tal extrañeza, tal aturdimiento, tal imposibilidad de comprender lo que escuchaba, que la dama, repentinamente, se alarmó.
—¿Qué tiene usted?—murmuró, inquieta y turbada.