—¿Pero de qué artista habla usted, señora?—balbuceó él.

—¿De qué artista he de hablar? Del autor del retrato que acaba de enseñarme Espina ahí en la estufa: del señor Marbley.

—¿El retrato que exhiben es del señor Marbley?—barbotó Lago.—¿Está usted segura? ¿No hay mala inteligencia?

—¡Dios mío!—afirmó la Condesa.—Vengo de verlo. ¿Qué mala inteligencia quiere usted que haya? ¿Qué sucede para que usted se extrañe así?

—Es para enloquecer—tartamudeaba él.—¡Es para dudar de que uno existe! Señora, perdone usted; voy á cerciorarme...

—No—exclamó la Condesa, rompiendo á pesar suyo la valla de aristocrática reserva, arrastrada por la simpatía y acaso un poco por la femenil curiosidad.—No se precipite; ofrézcame el brazo... Vamos juntos... Le guiaré; á mí me abrirán paso más fácilmente...

Y echó á andar, resuelta, justiciera. Rompiendo por entre los grupos se dirigieron á la estufa. La Pirineos sentía el temblequeo del brazo de Silvio, enlazado al suyo. Entraron en el admirable jardín de invierno, donde Espina había conseguido reunir plantas muy extrañas, las que prefería. Una luz rubia, que hacía brillar las hojas bruñidas de los pandanos y las hojas peludas de las dioneas, doraba las estatuillas de alabastro, que artísticamente colocadas se entronizaban sobre el follaje. Sus frías carnes adquirían un acaramelado de vida. La techumbre de cristal era tan clara, los vidrios tan grandes y diáfanos, que se creía estar al aire libre. En los ángulos manaban fuentecillas, y se escuchaba su goteo, entre los revuelos del vibrante vals que tocaba la orquesta de zíngaros, invisible en el fumadero inmediato. Olía á esencias de Oriente y á tierra regada. El vapor—ya en París empezaba á sentirse frío—mantenía dulce temperatura. En el centro de la estufa, alrededor de un caballete dorado que era una filigrana de talla atrevida, modernista, se agolpaba el gentío, tapando la pintura. La Condesa, sin soltar al artista, se insinuó, hizo cuña con su persona prestigiosa, y se encontraron ante el retrato de Espina, obra de Marbley, en efecto,—¡y tanto! Obra limada, lamida, resobada, de colorido acromado, con antipáticas pretensiones de originalidad suprema. Vestían á la Porcel tules negros, rebordados de una especie de arco iris; un traje estilo Fuller; algo que, tratado por mano maestra, hubiera sido estudio interesante; y su pelo áureo, exageradamente flojo, formaba al rostro sin vida, de muñeca de Sajonia, una especie de aureola solar. El retrato era estudiadamente bonito, y sin embargo afeaba á Espina. Pero en aquel momento no importaban á Silvio tales pormenores; lo que le espantaba, lo que le dejaba petrificado, era la perfidia, era el escarnio, era la revelación de un odio tan diamantino, bajo un disimulo tan maquiavélico.

—¡Inconcebible!—murmuraba.—¡Inconcebible!—Y no sabía más que repetir la palabra mecánicamente.

—Señor Lago—insinuó la Condesa,—veo que no está usted bien. No conviene que se pare aquí. Vámonos á la galería...

Tiró de él, literalmente, y le condujo á la galería de las porcelanas, casi solitaria, que tenía puerta de salida al jardinete. Nadie se acercaba allí, donde más bien hacía frío; la gente que había detenida principiaba á repartirse entre el salón para dar unas vueltas de vals, y el comedor, abierto y servido con espléndidos refinamientos.