Con viveza, con interés, con algo de maternal en el gesto, la señora preguntó nuevamente al artista:
—En fin, ¿qué le sucede á usted? ¿Puedo tranquilizarle?
No sé qué tiene esto de la compasión sincera, desinteresada, que no sólo no da lugar á desconfianza, sino que suprime en un gesto, en un parpadeo, distancias de clases, océanos de indiferencia. Como en casa del modisto, Silvio fué de un impulso hacia la gran señora, que en otro impulso iba hacia él. Se rindió á la piedad que le ofrecían. La dama, por su parte, había olvidado—ella, la misma distinción, la misma mesura—lo que podía tener de insólito el aparte con un desconocido de quien sólo sabía el nombre y la profesión, que no era de su sociedad, ni de su círculo. No hay nada más irregular, entre las irregularidades sociales, que la actitud de intimidad repentina con alguien llovido del cielo. La Condesa de los Pirineos arrostraba, no ciertamente el descrédito, su buena fama era firme, pero esa nota de extravagancia que es el principio de la desconsideración. Mas por lo mismo que la Condesa de los Pirineos no es una mujer de decadencia, que en sus venas corre, con la sangre gloriosa y heroica de los abuelos, algo de sus energías; por lo mismo que esta mujer tiene conciencia de su alta situación,—puede infringir alguna vez el código mundano.—Legitimista; sobrina de aquellos príncipes de Robeck, grandes de España, á quienes el Conde de Chambord trataba como á amigos, en cuya casa conservaba recuerdos familiares de María Antonieta—la Pirineos experimentaba simpatía especial por lo español. España era para ella—como lo fué para muchos hasta la pérdida de las colonias, y como lo es todavía para algunos,—país noble y desgraciado, caballeresco y mártir. Estas impresiones vagas y difusas pueden encarnar en un individuo capaz de infundir algún sentimiento de simpatía.
La dulce y poética figura de Silvio, su evidente consternación ante una misteriosa tragedia, provocaron la expansión con que la Condesa, atraída también por una curiosidad emocional, insistió, protectora, cariñosa:
—¿Puedo tranquilizarle? ¿Puedo serle útil?
—Gracias, señora...—balbuceó Lago.—Iba á salir de esta casa, iba á la calle, temeroso de cometer un desatino, porque hay cosas que se suben á la cabeza... ¡Perdón! ¡Me hace usted tanto bien! Ya que tiene usted la bondad de preguntarme, diré la verdad. Yo vine avisado por Madama Porcel para asistir á la exhibición del retrato hecho por mí, de un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que pueden encargar... Llego, y lo que se exhibe es otro retrato del señor Marbley... Por eso no comprendía; por eso necesité ir al jardín de invierno, á fin de convencerme de que no la engañaba á usted la vista, cuando afirmaba que era de Marbley el retrato. ¡Mire, mire si ha sido ridícula mi situación en este sarao donde supuse que se reunían para ver algo mío, muy malo, muy insignificante, pero que podía asegurarme la vida en París!
La Pirineos replicó asombrada:
—Todavía dudo... No concibo que pueda hacerse cosa tan poco leal, tan poco disculpable... ¿Dice usted que Madama Porcel le ha escrito...?
Silvio sacó del bolsillo del frac su cartera y extrajo el último billetito de Espina. La Condesa lo tomó aprisa y lo recorrió.
—Aquí no dice que el retrato sea el de usted... Es una invitación como todas... Taza de té y exhibición... Verdad que en el mío añadía: “Retrato, obra de Marbley”.