Por respuesta, Silvio revolvió en la cartera un poco y descubrió la otra misiva, la del sobre gris con lacre blanco, fechada en el extranjero, y la tendió á la Condesa.
—Estoy siendo indiscreta—murmuró ella como á pesar suyo; pero no rehusó la carta: la descifró é hizo un gesto de desagrado, el que se hace á la vista de una lacra física ó una bajeza moral.
—No dice aquí tampoco expresamente que el bellísimo retrato que va á exhibirse al regreso á París, y que ya casi no se parece al original, sea de usted; con todo, ya estoy segura. Las precauciones no se han olvidado un momento, la premeditación parece evidente. ¡Miseria!—murmuró hablando consigo misma.
—Sí—confirmó Silvio,—¡miseria! Es cosa pensada, combinada fríamente. Es la segunda parte de la escenita, por usted, señora, presenciada y reprobada en casa del modisto...
—Siempre hay algo debajo de estas cosas...—murmuró la dama.
Silvio, en medio de su ira y su confusión, conservaba el sentido del gesto artístico, de la bella actitud. Su instinto le dictaba lo que era preciso decir y hacer para impresionar favorablemente á su repentina amiga. Con sencillez de buen gusto pronunció:
—Nada que ofenda á Madama Porcel suponga usted, Condesa... Caprichos de mujer bonita, antipatías... ¡qué sé yo! Mi situación no es por eso menos crítica. Y, á no recibir de usted el generoso don del interés que me está demostrando...
—Es usted un hidalgo de su patria—declaró afectuosamente la señora—Sea cualquiera el móvil de la conducta de Espina (no profundizo), esto no se quedará así. ¡Esto no se hace entre nosotras!
—Señora, yo respeto en medio de todo á Madama Porcel, pero no creo que tratándose de usted y de ella, pueda decirse nosotras. Cuando una dama como usted dice nosotras, debe mirar lo que dice.
La audacia no desagradó á la Pirineos. Concordaba con sus íntimos sentimientos, con protestas frecuentes de su altivez y su decoro ante ciertas promiscuidades y transigencias del mundo. Hay desplantes que son homenajes. Silvio lo comprendió al ver que un ligero carmín se extendía por las mejillas, ya algo marchitas, pero limpias de afeite, de su ilustre interlocutora.