—Acaso tenga usted razón...—articuló.—No he dejado de pensar... En fin, vamos, vamos; he de poner en claro esto... Cuando me acerque á Espina, desvíese usted un poco...
Regresaron al jardín de invierno y al salón modernista, tratando de realizar el casi imposible de conferenciar con la dueña de la casa, sin testigos, en medio de una reunión. La gente se retiraba, desfilando discretamente algunos; pero otros se entretenían en despedidas y felicitaciones, preguntando por qué el maestro no había concurrido á recibir enhorabuenas, y encargado á Espina que se las transmitiese. Los íntimos, ó que presumen de tales, forman á esta hora piña más compacta, y se arriman á la dueña de la casa, para convertir en tertulia alegre lo que era ceremonioso sarao. Valdivia, sonriente, carenado por la cura termal, en apariencia el hombre más feliz del mundo, había abandonado el rincón del fumadero, donde se escondía desde la llegada de Silvio. Al ver que se acercaba la Pirineos, sola ya, buscándola, creyó Espina que trataba de marcharse, pues solía ser de las primeras en hacerlo; pero lejos de corresponder al movimiento de la Porcel, que tendía la mano para expresivo adiós, la Condesa se plantó tranquila, dominando sus nervios.
—¿Nos ha enseñado usted, ma belle, todo lo que se proponía hacernos ver esta noche? ¿Estoy mal informada al creer que nos oculta otro delicioso retrato, que á fuer de amiga del Sr. Lago—y con doble retintín que en casa del modisto, la gran señora recalcó la palabra,—ardo en deseos de admirar?
Espina, sobresaltada, vaciló un momento. Sus ojos de ágata, que la enfermedad rodeaba de livor disimulado por artificios, se fijaron en Silvio, cortantes.
—¿Otro retrato?—silabeó.—¡Ah! Sí, en efecto; perdóneme.
—Pero ¿cómo no ha tenido usted la buena idea de exhibirlo al mismo tiempo que el del Sr. Marbley?—insistió la Condesa, que se decía á sí misma:—“Es muy incorrecto lo que hago... Pero sublevan demasiado ciertas infamias...”
—¡Oh!—dejó caer Espina lentamente.—Para exhibir, para convocarlas á ustedes, tenía que tratarse de un maestro... Lo de Lago es muy mono; un juguete, una fantasía...
—Sin embargo—insistió la Condesa,—el señor Lago esperaba, fundado en palabras de usted...
Hablaba ya fuera de sus casillas, perdido el aplomo á fuerza de indignación:
—Ya sabe Lago que se le protege—declaró altaneramente Espina, que, al contrario, se aplomaba, recogiéndose para luchar.—No se puede ir tan aprisa; lo comprenderá, Condesa... No se quejará de mí... Le he presentado á usted, por ejemplo... Lo demás vendrá á su hora...