—¡Me perdonará usted, sin embargo, que insista! Desearía ver hoy mismo el trabajo del Sr. Lago... Esperaré á que la sea fácil complacerme...
Se habían vaciado casi por completo las estancias. Quedaba la Villars-Brancas, que solía navegar de conserva con la Pirineos, la joven Secretaria de la Embajada española, algunos muchachos adoradores y cortejadores de la Porcel en las barbas (sobre todo en las barbas, porque era más divertido) de Valdivia, y en un rincón, fiel á la consigna, Silvio, haciéndose el indiferente, esperando. El brasileño se había evaporado; no se le veía. Espina, escudándose en sus aniñadas versatilidades, rió, y acercándose á la Pirineos, murmuró condescendiente:
—Ya que usted se empeña...
Hizo una señal al grupo, una indicación graciosa á las damas, y todos la siguieron. Silvio dudó un momento; al fin, lentamente, echó detrás. Se dirigían al piso de arriba, por la linda escalera que arranca de la antesala y que visten tapicerías simbolistas, ejecutadas expresamente para Espina á cartón perdido.
Guiados por ella, entraron en el saloncito verde, cuyo tapizado de seda desaparece bajo brochado de ramas de almendro en flor, y que precede á la rotonda y al tocador de Espina.
Ésta se volvió, animada, chancera, y empezó á deshacerse en excusas verbosas.
—Siento el viaje que les voy á imponer, pero como la Condesa desea ver el retrato ahora mismo... Si no, podrían ustedes verlo mejor una mañana; yo lo bajaría, lo colocaría convenientemente...
—Pues ¿dónde lo ha colocado usted?—preguntó con sarcasmo fino la Pirineos.
—Es una desgracia... Como no tiene uno ya pulgada de pared disponible...