Á esta frase de la Porcel dieron respuesta el ¡oh! exasperado de la Condesa y la risa sofocada de los galanes. Silvio, desde la puerta, oyó. No había medio de no reirse. En todo el salón sólo pendían de la pared dos diminutos y lindísimos grabados.
Silvio, aunque no era camorrista, sintió cosquilleo en las manos, ganas de hartar de bofetadas á los galancetes de la risa... ¿Por qué no se encontraba Valdivia allí? Y la voz de Espina, una flauta de plata, moduló:
—Vengan ustedes, excúsenme... Tengo que llevarles á mis habitaciones enteramente particulares...
Pasaron primero á la rotonda donde la Porcel se tendía y fumaba sobre la meridiana; después al tocador propiamente dicho. La Pirineos murmuró al oído de la Villars:
—¡Qué paseo tan extraño nos hace dar! Se me figura que tendremos que salir de aquí para siempre...
Todo el mundo se deshacía en elogios. Las habitaciones eran una delicia: no se parecían á ninguna otra. Á su despecho, la misma Condesa reconocía el gusto de la dueña, su acierto exquisito.
Se olvidaba el objeto de la excursión, y sobre todo al autor del retrato, á Silvio, rezagado, estremecido, presintiendo ya, sin comprender del todo aún. Iba como entre sueños por aquellas habitaciones que conocía de sobra, y en cuyas paredes buscaba inútilmente su labor... ¿Dónde estaba, no estando allí?... De pronto, Espina hirió un timbre y apareció la doncella de guardia, la mulatita brasileña que mil veces le había servido, de la cual había deseado hacer un boceto al pastel. Espina ordenó, en voz aguda:
—Eclairez...
Y franqueada la puerta interior del tocador, se vió, al fulgir de las luces eléctricas, una especie de ropero, una de esas habitaciones útiles, cubierta de armarios de barnizada y sólida madera, y en un rincón, medio tapado por los armarios que proyectaban sombra, entre una fotografía de jockey y un calendario—evidentemente el museo de la doncella,—el encantador pastel primaveral, el busto de Espina surgiendo del ideal boscaje de rosas, al parecer recién cortadas. Hubo un instante de embarazoso silencio. La intención despreciativa que semejante colocación revelaba era patente. Había allí mofa, bofetón. Nadie sabía qué actitud tomar. Al fin, uno de los galancetes rompió á reir, y los demás le hacían coro, cuando la voz de la Pirineos se alzó, dominando la explosión burlona.
—La felicito y la doy el pésame—articuló conteniéndose para mejor asestar el golpe.—La felicito, por tener tan hechicero retrato; y la doy el pésame, por haberlo colocado donde ni aun sus conocidos podemos verlo, sin arriesgarnos á que nos tache usted de excesiva confianza. Deploro haberla tenido... aunque, bien mirado, á eso debo un hallazgo inestimable. Señor Lago—añadió volviéndose hacia Silvio, más blanco que enyesada pared,—no conocía su trabajo. Si la señora Porcel lucha con la dificultad de no tener sitio en su hotel moderno para una obra maestra, yo me alegraría de enriquecer con ella el viejo palacio de los Pirineos, ó mi castillo de Alorne, que estoy restaurando. Y si usted, señora Porcel, no quiere deshacerse de esa joya, yo no por eso renuncio á poseer un retrato hecho por el señor Lago. No soy un modelo tan brillante, pero el arte lo vence todo.