Y con un movimiento de “gran aire”, de altivez soberana velada en cortesía, la Pirineos tomó el brazo del artista, esbozó una ligera inclinación á la Porcel, sonrió á los demás y se retiró al través de las habitaciones iluminadas, perfumadas, por la escalera “digna de un zapato de raso”, saliendo directamente al vestíbulo. Allí dijo á Silvio, con quien no había cruzado palabra hasta entonces:
—Hágame el favor de pedir mi abrigo.
Mientras el artista transmitía la orden, en su cabeza sentía como un estrépito de galera; sus arterias saltaban. La excitación nerviosa se desbordaba. Un torrente de sentimientos devastaba su alma impresionable. La vida le parecía otra. Y se asombraba, no de la malignidad de Espina, sino de que aquella malignidad la hubiese él saboreado un día como extraño confite, y la hubiese tenido por signo de elevación en las categorías humanas. Es de las cosas menos lógicas, pero más usuales, que el desarrollo natural de un carácter que conocemos nos sorprenda amargamente cuando nos afecta. Admitimos complacidos, bromeando, un bribón teórico, una bribona abstracta, y empieza la indignación cuando nos traicionan y nos hieren. Ahora le parecía á Silvio que lo verdaderamente distinguido y raro es la bondad, la justicia, la cólera contra felones y miserables.—Se recreaba en la majestad de una gran señora, que era buena, tres veces buena.
Cuando la ayudaba á subir al coche, alzó hacia ella el rostro, y la Condesa vió que los ojos del artista estaban vidriados por un velo de humedad.
—Niño, niño...—murmuró dulcemente.—Serénese usted... Esto pasó... Aquí tiene mi tarjeta para que sepa mis señas. Me encontrará, excepto los jueves, de tres á cinco. Me complaceré en presentarle á mis amigas. Confío en que retratos no le han de faltar.
Y como Silvio, entre un murmullo de respeto y enternecimiento, la besase la mano con unción, lo mismo que en casa del modisto, la Pirineos, firme en su preocupación del español creyente é hidalgo, añadió:
—Estamos en una triste época; y al ver lo que hacemos las mujeres de nuestra justa altivez, no debemos extrañar lo que hacen los hombres de la suya... Yo no olvidaré esta lección. Escogeré mejor en lo sucesivo mis relaciones, y las conoceré, no sólo por la apariencia dorada y la vanidad frívola, sino por lo que no puede engañar, por su origen y sus antecedentes... Usted es extranjero, de un país noble, heroico. No crea que este tipo de mujer se parecía al de la aristocracia francesa.
Tomó de los fuelles de piel de su berlina el carnet donde apuntaba sus visitas, y buscando rápidamente el nombre de la Porcel, lo rayó con un rasgo enérgico del lapicerito de oro.
—Adiós, hasta lo más pronto posible—añadió entre una sonrisa y un saludo de la mano; y para dar fin á la escena, ordenó al lacayo:
—¡Á casa!