Silvio se quedó de pie en la acera, palpitando de un gozo y de una esperanza que le movían á alzar los ojos hacia el firmamento, alto, estrellado y frío, con ese gesto que hacemos involuntariamente para referir nuestras grandes emociones á algo mayor que ellas, á lo verdaderamente inmenso, á lo que nos envuelve y protege con su magnitud.—La helada, que parecía descender de la majestuosa bóveda salpicada de joyeles de pedrería, le sobrecogió; y la sensación glacial que recorrió sus venas y sus huesos se enlazó con la idea vagamente religiosa que descendía de los astros, de las constelaciones radiantes.


VI
ALBORADA

Sentada ante la mesa granítica, bajo el toldo claro de las acacias en flor, Minia Dumbría no acababa de resolverse á abrir el correo, y seguía enfrascada en un librote, cuya portada rezaba:—Argos Divina.—Nuestra Señora de los Ojos grandes.—El correo la producía fastidio, con los diarios que inunda la contradictoria información telegráfica, con las revistas también inficionadas de noticierismo intelectual, con el epistolario aburguesado por las postales; y siempre vacilaba, antes de sufrir el chaparrón de papel.

Acertó á pasar la baronesa, empuñando su tijera de podar y su navaja de injertar.

—Tienes ahí—exclamó—una carta de Silvio Lago. ¿Por qué no la abres?

—¡Verdad!—respondió la compositora.—Y ya no está en Busot. El timbre es de Madrid.

Rompió el sobre y descifró la epístola, de esa letra rasgueada, dibujada, que es la letra de tantos pintores.

—No ha mejorado—advirtió Minia.—Cansancio, sudores copiosos, inapetencia, destemplanza... En Busot debió de ser alta la fiebre... Dice que de noche sostenía animados diálogos con la caja de cerillas y la palmatoria... Que se batió tres días con una paella amotinada en el estómago. ¡Ah! Que nuestro Alejandro San Martín le ha visto y le ordena campo, tranquilidad... Que te pregunte si permites que venga á reponerse un poco, antes de emprender el regreso á Francia...