Preocupación grave se traslució en el rostro de la señora, y su mirada, á pesar de la edad tan viva y despierta, se ensombreció un momento, cruzándose ansiosa con la de su hija.

Las dos miradas expresaban un convencimiento igual. Minia fué la primera á formularlo.

—Viene á morir.

Callaron. La tarde era divina, serena, radiosa. Otros años, en el mes de Mayo, habían tenido que usar pieles; pero en aquél, la primavera vestía de gala, el aire parecía entibiado por un hálito de amor. Los tapetes verde manzana de la hierba se mostraban salpicados de ranúnculos, cicutas y prímulas silvestres; las locas gramíneas alzaban sus airones y desparramaban su lluvia menuda de mostacilla temblante sobre invisibles hilos; las biznagas extendían su blanca umbela; las primeras mariposas, vanesas amarillas y apolos de carmín, revoloteaban nadando en un céfiro benigno, que las mecía con halago; y la vida inquieta, rebosante, de la Naturaleza, se estremecía en el renuevo de la vegetación, en los gorgoritos frescos del agua del surtidor, que recae emperlando de rechazo las hojas carnosas, duras, de las últimas camelias.—Minia contempla un instante el jardín, el prado, sobre cuya linde los rosales en lujosa floración tienden guirnaldas Luis XV. Y, pensativa, repite despacio:

—Viene á morir... ¿Qué le respondo?

La baronesa, en un arranque, grita:

—Que venga... Que nos avise, para esperarle en la estación con el coche... Y el lunes, á Marineda, á comprar mantas nuevas... Voy á enterarme de si hay sábanas en abundancia... Las asistencias piden ropa...


Silvio llegó como diez días después. En el andén le aguardaban muy preocupadas las señoras; sabían que ningún criado acompañaba al enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje. No se engañaban. Para saltar del coche hubo que auxiliarle, que suspenderle. No le sostenían las piernas. En cambio, Bobita se disparó de la perrera como demente, con brincos de alimaña fantástica, con rugientes ladridos, y arrastrando al criado que la asía por la gramalla.

En el cesto, que corría por ancha carretera hacia las Torres, á la claridad franca del día despejado, Minia examinó al artista con esa avidez curiosa que despiertan las faces humanas donde buscamos la impronta del postrer sello. Aun descontando la fatiga, la ofensa del polvo y de las partículas de carbón sobre la tez, todavía asustaba la cara de Lago.