Sus mejillas se hundían, y bajo la gorra inglesa de viaje, sus orejas de cera se despegaban y transparentaban la luz solar. Sus ojos, cercados de livor, mazados, tenían en la pupila esa transparencia acuosa que revela, antes que síntoma alguno, la rapidez de las combustiones que, desnutriendo el organismo, determinan la consunción.

Para disimular, Minia charló, chanceó. Al pronto Silvio respondía animado; luego pareció abatirse. Enmudecieron. Á una revuelta, el artista preguntó;

—¿Llegaremos pronto?

—En seguida—afirmó la baronesa, mintiendo piadosamente.—¿Qué, no conoce el camino? Media legua faltará.

—Es que no veo la hora de estar en Alborada... Allí en seguida voy á ponerme bueno.

—¡En seguida!... Es decir, á los pocos días... Le daremos cosas muy sanas, muy rica leche. Ya le tengo un pellón de manteca fresca, de la que le gusta. Y pollito asado, lirpas y mariscos.

Silvio sonrió con placer pueril.

—¡Es lo único que necesito! Comer mucho, y cosas que me sienten. Lo que yo tengo no es más que eso: la pícara inapetencia, y, de ahí, la debilidad; ¡pero qué debilidad, Minia! No puede usted figurarse. Una desesperación. ¡Ahora que me faltaban manos para tanto retrato como en el otoño me saldría en París!

—No hable usted mucho; cuidado—advirtió Minia.