Involuntariamente se palpó la falda, hacia donde caía el bolsillo. Acordábase de que en él llevaba una carta de Alejandro San Martín, el cual, habiendo reconocido á Silvio, hablaba de pulmón atacado ya, de tuberculosis difusa.
—Va usted á ser juicioso, á dejarse cuidar—agregó la baronesa.
—Sí—asintió él;—pero no me ha de embutir usted con el atacador... ¿eh? Comeré de lo que se me antoje, la cantidad que quiera. Y mejor si no me enteran antes del menú. Estoy muy caprichoso... ¿Se acuerda usted de cuando yo decía que la felicidad es una buena digestión?
Calló, y dejó caer la cabeza, dando señales de desfallecer. La baronesa ordenó al cochero:
—¡Arrea! ¡Aprisa!
Restalló la fusta, trotó largo el tronco, y un granujilla de la aldea, que iba agarrado al juego trasero sin que le viesen, rodó al polvo, mientras otros de su calaña, que diableaban en la cuneta, chillaban á coro con entonaciones burlescas:
—¡Tralla atrás! ¡Tralla atrás!
Silvio, confortado, sonrió.
—¡Cómo conozco todo esto! Aquí, y sólo aquí, ¿lo oyen ustedes?, está la vida.
Revolvían ya por el provincial que entre pinares y labradíos conduce á Alborada, paisaje más campestre, no profanado aún por la promiscuidad de tabernas y tenduchos que festonean el real. Desde que nos acercamos á Alborada hay más soledad, más rusticidad; huele á trementina, á madreselva, á lejanas brisas salitrosas, á fiemo de vaca. Se corta la cinta de villas, casuchas, molinos, tapias, prolongación de los arrabales de la floreciente Marineda, y entramos en la región aldeana, en la Mariña rural. El aroma resinoso de los pinos que brotan su tierna ramalla encantó á Silvio.