—¡Qué fresco tan delicioso!—murmuró.—En Alicante y Madrid, el calor me agobiaba. ¡Sudar siempre! ¡Derretirse!

Habían pasado ante quintas antiguas, ante otra de enverjado moderno; y á la nueva revuelta surgieron las blancas Torres, caladas por ventanales atrevidos, dominando el valle, resaltando sobre un fondo de arbolado sombrío, denso, sin límites visibles de murallas.

Minutos después Silvio descendía del coche en el patio. Su habitación estaba preparada, su cama hecha. Propusiéronle que se acostase sin tardanza; se avino, y del brazo de un criado antiguo destinado á servirle, subió las escaleras casi exánime. Pero encontró agua templada, jabón, toallas; el servidor abrió la maleta y le sacó ropa limpia, le cepilló la de paño; y aseado, reanimado, quiso bajar, cruzó el atrio de la capilla, y por su pie se acercó á la mesa de piedra.

En vez de las sillas de hierro le trajeron una butaca ancha y cómoda, y se dejó caer en ella, rendido pero entusiasmado.

Ansiosamente contempló el panorama. La tarde caía; el crepúsculo iba á ser interminable. Era difícil explicar en qué se notaba que el día tocaba á su fin; acaso en que la claridad era mansa, como enlanguidecida, velada por misterioso tul que no podía llamarse sombra. Todo reposaba tranquilo. El poniente se esmaltaba de nácares deliciosos, como los de las auroras. Los montes lejanos, la ría que engañaba fingiendo un lago cerrado por anfiteatro de colinas, se teñían de matices armoniosos fundidos suavemente, de pastel pasado. Bajo la terraza, las madreselvas y las grandes daturas venenosas aromaban intensas. El humo de las cabañas flotaba inmóvil en la paz del cielo y del suelo. Y, de lo alto de las acacias, llovían con regularidad, acompasadamente, las blancas florecitas, aljofarando la arena, y se creería que su descenso era una cadencia musical, un ritmo de melancolía. El lucero empezaba á ser visible. De la parroquial de Monegro vino el toque de oración.

Silvio alzó la cabeza transportado.

—No quisiera ahora haber salido nunca de aquí. ¡Cuando pienso que me había jurado no poner los pies en Alborada hasta ser célebre!

—No piense ahora en eso... Descanse... Lo que tiene usted será agotamiento, Silvio—advirtió la compositora.—Ha sufrido usted mil ansiedades, ha padecido mil privaciones, y eso destruye...

—¡Ah!... Ya sé que esto no es de cuidado...—murmuró él lleno de optimismo.—Pero ¡qué contrariedad! ¡Qué desbarate de planes! Ahora debía yo encontrarme en el estudio de Dagnan Bouveret, ó en el castillo de la Condesa de los Pirineos, pintando un techo para el gran salón... Y ¡preso! ¡preso!—añadió, olvidándose de los himnos antes entonados á Alborada.

Miraron hacia el camino: por él cruzaban figurillas pintorescas. Eran, traveseando, pegándose, los niños de la Escuela de las Hijas de la Caridad, fundación hecha por una vieja ricacha; era un cura de aldea, de sombrerón de fieltro, caballero en un rocín; era un inmenso carro de ramalla que atascaba el anchor de la carretera; era una pescadora de Areal, de retorno, con su patela ya vacía. Y cuando se despobló el camino, cuando dejó de pasar gente y se extinguió el chirriar de los carros, exclamó Silvio: