—Sale la luna... ¡Tengo frío!
Se recogieron á casa. Silvio, los primeros días, mejoró visiblemente. Una persona inexperta hubiese podido creer que la tuberculosis se batía en retirada. El júbilo de recobrar unos asomos de fuerza hacía que el artista cantase ditirambos al campo, á la existencia sin agitaciones, á la ubérrima abundancia que las Torres ofrecen. Las bellas tardes, secas, aromadas, elásticas, del luengo Mayo, se las pasaba indolentemente echado entre almohadas, ya en la hamaca de cuerda, ya en la butaca de persia á floripones, considerando, sin saciarse, los juegos de la luz en el panorama extendido frente á la terraza, y el espejo azul ó acerado del trozo de ría que se columbra á lo lejos, entre el marco de felpón de los pinares y los eucaliptus. La paz de las cosas recaía sobre su espíritu, y el descanso de no tener que pensar en nada material le causaba hasta humorísticos transportes.
Una tarde gritó:
—¡Calla! ¡Ahí vienen mis augustos primos!
Ya llamaba Sendo á la campana de la verja. Su frescachona mujer se había parado un poco atrás, sosteniendo en equilibrio sobre la cabeza una cesta de mimbres, posada en un ruedo de paja y tapada con un paño níveo. De su mano derecha colgaba el segundo de sus chicos, el que llevaba el nombre de Silvio, aunque no fuese su ahijado. El pequeño resistía un poco el impulso de la mano materna; era evidente que entraría contra gusto.
Abierta la verja, Silvio les miró avanzar por la larga calle de magnolias, con un paso medido, ceremonioso. Se acordaba de su llegada á Areal, del almuerzo de sardinas saladas á granel y vino pifón, y sentía una pena nostálgica, como si aquel recuerdo se refiriese á tiempos de gran felicidad, ya desvanecida, imposible de gozar otra vez. Y sin embargo, entonces estaba en los comienzos de su lucha, incierto, abandonado, con leve esperanza. Entonces, el ideal hubiese sido lo de ahora...
La familia penetró en el circuito que sombrean las acacias, saludando con premura, insistencia y afectado regocijo. Las señoras creyeron deber dejar solos á visitadores y visitado. María Pepa no pudo, al ver á Silvio de cerca, reprimir un movimiento de franca compasión, que le salió á la cara, más que nunca trigueña y dorada como el bollo que acaban de desenhornar,—mientras Sendo forzaba la nota de cordialidad alegre, repitiendo con falsa admiración:
—¡Estás muy gordo! ¡Estás más gordo que antes! ¡Estás rufo!
El niño se había ocultado—temeroso de aquella faz cérea, de aquella morada de señores,—tras las faldas de su madre, y ésta, arrimándole un moquete, destapaba la cesta, descubriendo bajo el blanco mantel rudo una empanada decorada con jeroglíficos de tirillas de masa, el tradicional dibujo que tal vez recuerda un arte primitivo. Olor apetitoso se derramó por el aire. La baronesa llegaba en el mismo momento precedida del criado, portador de amplia bandeja, y en ella bizcochos, mantecadas, una jarra de recién ordeñada leche.
—Aquí trajimos esta pobreza, porque al primo le gustan las sardinas en empanada—declaró Sendo excusándose.—No se ha podido arreglar cosa mejor...