—Huele á gloria—afirmó Silvio, engolosinado por capricho súbito.
—Ahora, mejor será que tomen leche todos—ordenó la baronesa,—y este pequeño, que se acerque; darle mantecadas.
—Aquí, nene—suplicó el artista.—Otro día que vengas temprano te he de retratar. Eres rubio y bonito. Y á usted también, baronesa, la retrato seriamente. Ya estoy deseando trincar los pinceles ó los lápices... En Busot nada he pintado, ni estos últimos tiempos en Madrid.
—Pero allá en Madrid y en París de Francia, ¿ganabas mucho, verdad?—murmuró como á su pesar Sendo. Y desmenuzaba atentamente al primo, buscando en la ropa señales de la ganancia.
—Lo que gané se fué volando—respondió él con alarde de buen humor.—No creas que vengo millonario... Eran los dineros del sacristán.
La baronesa sonreía. Sabía que Silvio, para emprender su viaje, había necesitado que le diese mil pesetillas una de sus mejores y más desinteresadas protectoras. Y se representaba las ideas que bullían en el cerebro de la pareja artesana, visitada por la prosaica, pero dulce Quimera del primo poderoso en virtud de aquellos santos y aquellos monifates que trazaba sobre el papel, y que (no se sabe la razón) valían tantos cuartos y tanta honra.
El panadero sospechó que su primo “se lloraba”, ocultaba la riqueza por no compartirla.
—Luego quiérese decir, que todo lo despabilaste ¿eh?—murmuró en tono reticente.
—Todo... ó poco menos—recalcó Silvio.—Pero ¡no importa! Ahora es cuando voy á ganar...—Y el velo de ilusión cubrió sus verdiazules pupilas.—Ahora sí que os prometo que el mayorcito... ó si no éste, que es tan guapo... corren de mi cuenta.
Como en aquel momento se acercase la danesa, impetuosa, brincadora, ladradora, dispuesta á saltarle el cuello á su amo—el niño, aterrado, rompió á llorar.