—¡No quiero!—cuchicheó á su madre.—¡No quiero que este señor me lleve! ¡Está difunto! ¡Está difunto!

La panadera le tapó la boca con su mano recia, carnuda.


Los doctores venidos de Marineda mostráronse conformes con el diagnóstico de su ilustre compañero de Madrid. Tuberculosis difusa... La más grave, la más rebelde... Existía, sin embargo, una leve diferencia de pronóstico. El doctor Moragas, más desengañado, no dejó esperanza alguna. El doctor Lemasis todavía fiaba un tanto en el régimen, en el descanso, en la sobrealimentación, en los cuidados de la baronesa, gran enfermera...

—Al aire libre todo el día... Las ventanas de su aposento, que nunca se cierren... Que coma lo más posible, platos nutritivos... Si aumenta de peso, nos hemos salvado... Tísico que engorda, tísico que cura... La tisis es un fenómeno de desnutrición... Huevos, huevos, aves blancas...

Y empezó en Alborada una época de incesante preocupación alimenticia. Pilara, la mayordoma, excelente cocinera al estilo sencillo y suculento de nuestros abuelos, se consagró á aderezar piperetes y golosinas, á variar, evitando el hastío. Salieron á relucir los flanes, las natillas, los huevos moles, los ladrillados trasudando almíbar, el tocino del cielo, las mantequillas, los roscones, las torrijas, las compotas balsámicas, el chantilly con su toque de vainilla negra sobre el armiño de la crema untuosa. El doctor había aconsejado “disfrazar” los huevos y los lacticinios. La baronesa en persona vigiló los asados y los beefsteacks. Las pescadoras que cruzaban ante el portalón eran llamadas, para que trajesen en el viaje próximo lo más “vivo” y selecto de mariscada y pesca. Silvio, antojadizo, rechazaba la mayor parte de los platos; pero á veces se entusiasmaba con un manjar, y de aquel devoraba ávidamente. Hubo almuerzo en que se le presentaron doce ó quince platos diferentes en fuentes diminutas—pues la comida en cantidad le repugnaba.—La baronesa hacía el panegírico. ¡Qué bueno, qué sabroso! Que comiese, que comiese; el campo haría lo demás...

Y como en el sillón empezaba á fatigarse, se le improvisó una camacatre, mullida, coquetona, con colcha de pabellones, para que pasase las horas de sol echado en el jardín de la fuente. Lo prefería á la terraza ahora, por ser, de los jardines de Alborada, el más florido y alegre en aquella estación. La musiquita lenta, cristalina, flébil, como de manucordio antiguo, que hacía el surtidor, arrullaba al enfermo, le ayudaba á conciliar un sueño menos febril que el de la verdadera cama, donde se liquidaba en sudores mortales. Á ratos, dormitaba; á ratos, abría lánguidamente los ojos, y su mirada, infinitamente lacia, se posaba, con destellos de placer, en la floración que le rodeaba y que halagaba su sibaritismo, envolviéndole en la embriaguez de los efluvios primaverales.


Las tres de la tarde serían. No hacía calor: casi nunca lo hace en Alborada: una brisa deliciosamente húmeda abanica siempre á las celestes Mariñas. Silvio, adormilado, despertó, porque el aire, cargado de penetrante perfume de azucenas y de gotitas microscópicas arrancadas al surtidor, acababa de acariciarle las macilentas sienes. Medio se incorporó, suspirando.—Minia estaba allí, en una mecedora.

—¿Por qué se ha vestido usted de un color tan obscuro?—refunfuñó el artista.