Tenía esta exigencia: que el traje de las mujeres fuese claro, delicado, y de última moda.
—¿Pero á usted qué le importa cómo me he vestido?—protestó ella riendo.—Ahora iré á ponerme el traje de batista perla con entredoses, ya que le da á usted por ahí... Figúrese que vengo de dirigir á los picapedreros y se llena uno de arena y de barro... Pero le comprendo á usted bien. El jardín, con este océano de azucenas en flor, está muy artístico, y usted no quiere nada que descomponga el cuadro... La casualidad se lo va á completar. Mire usted...
—¡Qué hermoso!—no pudo menos de exclamar el pintor.
Por las calles tortuosas, bajo el arco de tupida yedra, asomaba un grupo de tres monjitas. Eran las Hermanas de la Escuela, cuyo edificio se divisa desde toda la posesión de Alborada. Vestían su humilde traje, rematado por las tocas, que envuelven en sombra y calma el rostro; pero una de las hermanas se diferenciaba de las demás en extraños detalles de su atavío. Silvio creyó soñar, al ver sobre el pecho de la monja, al lado izquierdo, un ramo de azahar de cera, y sobre su cabeza una corona de flores hierática y rígida, alta como las de las imágenes del siglo XVII. La carita oval, pequeña, de una infancia de líneas, digna del pincel de un primitivo, la iluminaba la pasión y la radiación de dos ojos negros, murillescos, melados. Un júbilo candoroso, apenas reprimido, se leía en ellos, en la boca bermeja, en la frente reducida, hecha para la aureola de la toca; y al divisar á Silvio, la piedad sustituyó á aquella enajenación de triunfo.
—¿Es el enfermito?—preguntó.—¡Qué jovencito! ¡Pobre!
Y las dos monjas acompañantes de la desposada, más expertas, se apresuraron á decir:
—¡Pero ya está muy repuesto!... ¡Ya parece otro!
—Es sor Margarita, la parvulista, que ha profesado esta mañana—explicó Minia.—Hoy está de novia; celebra sus bodas.
—De novia está servidora, por cierto—repitió la cándida voz juvenil.
—Refrescaremos luego—advirtió Minia.—Sor Margarita, siéntese junto al enfermo, para que la vea.