—¡Nuestra Señora le sane!—deseó fervorosamente la desposada.

—¿Por qué la llaman á usted parvulista?—preguntó Silvio á sor Margarita.

—Porque servidora es la que enseña á los pequeñitos—contestó la monja.—Los pequeñitos, los párvulos...

Hablaba de los niños con inflexiones muy suaves. Bajaba los ojos, ruborosa. Silvio la contemplaba, y veía temblar sus negras, pobladas pestañas, sobre la mejilla sonrosada, de una tersura maciza de capullo. Y, detrás de sor Margarita, las azucenas formaban semicírculo, como el fondo de una página de misal. Las había muy abiertas; otras no desabrochaban aún, escondiendo en su seno de perla peraltada el oro de sus pistilos. Silvio no se acordaba del mal. Absorto en el hechizo de aquella acuarela—la monjita, con su corona hierática y su ramo de azahar sobre el pecho, rodeada de las flores marianas, envuelta en el perfume de sus incensarios místicos,—no pensaba en otra cosa. Entre el canto del agua del surtidor—no menos pura, no menos musical,—escuchaba un acento que repetía:

—¡Nuestra Señora le sane! ¡Le dé lo que más necesite! Por el día en que estamos se lo he de pedir...

Dos horas después, Silvio secreteaba á Minia:

—¿No cree usted que la monjita ha de pensar algo en mí, al quedarse sola, aunque no quiera?

Minia sonrió de la fatuidad candorosa del artista... Lo que había exclamado sor Margarita al salir del jardín era esto:

—¿Se dispondrá? ¿Le ocurrirá cuidar de su alma? ¡Dichoso él entonces!

Y las dos monjas mayores repitieron: