—¡Dichoso él entonces! Y se va á quedar como un pajarito, á la hora menos pensada...

Preocupado aún, Silvio murmuraba:

—¡Qué mona es esa esposa... sin esposo!

—¿Sin esposo?—repitió Minia.—De las mujeres que conoce usted, ¿es ésta la que está sin esposo? Piense en las demás... en sus amigas... ¿Es tener esposo tener al lado un señor de bastón y gabán? La parvulista tiene esposo; vive por él, con él. Acuérdese usted de lo que me escribió desde Holanda, cuando pudo usted contemplar el Cordero Místico... Hay una verdad, una verdad que no está en el barro, ni en la fisiología...

Y el artista, riente como niño que olvida sus miedos, aprobó:

—Está tal vez en las azucenas...

—Está de fijo en las azucenas—confirmó Minia.—Todo lo demás es bien deleznable.

—Parece una niña la parvulista—observó Silvio.

—Joven es, pero no tanto como representa; su inocencia le sirve de infancia. ¡Si supiese usted á qué trabajo se dedica! Toda su enseñanza es de viva voz. Hay días en que se acuesta despedazada, hecha trizas la laringe.

—Contraerá una tisis—pronunció Silvio, apiadado, sin reflexionar. Y Minia, asombrada de la ironía de las cosas humanas, de aquel moribundo vaticinando á un sér todavía sano su mal mismo, suspiró.