—No suelen llegar á viejas estas parvulistas...—dijo.—Sor Margarita, hoy, era una rosa entreabierta, pero á diario está muy pálida, consumida. Quiere de un modo infinito á los pequeños, y aunque hagan mil trastadas, no los castiga jamás. Madre es, madre entrañable... No diga usted lo contrario.

—Lo que digo es que quisiera retratarla, sobre esta línea de azucenas, con su corona de flores y su azahar sobre el corazón. ¡Qué hermosa es la primavera, Minia! ¿Cree usted que se dejará retratar la monja?

—¡Estoy segura de que la superiora no se lo permite!...


La sacudida se prolongaba en los nervios de Silvio. Llamaradas breves de arte, de gloria, encendían su diaria calentura. Habiendo comido un poco mejor, reposado algo, recibido la benéfica influencia del renuevo, de la germinación y expansión de la naturaleza,—esperanzas, impaciencias, llamamientos de lo exterior le soliviantaron.—Y una mañana, al rechazar la bandeja con la copa de leche vacía, susurró al oído de la baronesa:

—¡Estoy mejor!... ¡Estoy mucho mejor!... He resuelto empezar á pintar. Iré por ahí, tomaré apuntes de paisajes...

Nadie le contradijo. Levantado al otro día más temprano que de costumbre, afeitado, aseado, galvanizado, dijérase que, en efecto, recobraba la salud por instantes. En la sala del piano, donde acostumbraban pasar la velada, sobre anchurosa mesa antigua, de caoba lustrada por el uso, dispuso el artista que se colocasen y extendiesen los chirimbolos del oficio. De todo había traído en abundancia: rollos de papel, cajas de lápices, lienzo imprimado, pinceles, tubos de color; la baronesa suministró el caballete. Domingo, el criado que atendía al artista enfermo, sin repugnancias ni aprensiones de contagio, acudió solícito á evitarle la fatiga, á arreglar y limpiar tanta menudencia. Mientras el servidor frotaba, ordenaba, dejaba la paleta libre de cazcarrias de color seco, reluciente de aceite, como bruñida, Silvio, desde su sillón, seguía las operaciones con ansia, pareciéndole que se tardaba mucho en terminar. Sobre un tablero extendieron el papel gris y lo sujetaron con chinches: Silvio no sabía si empezar por un pastel ó un óleo, y también en largo bastidor le clavaron lienzo... Cuando todo estuvo corriente, formado, en orden los pinceles, las brochas, las buretas, el frasquito del barniz secante, á buena distancia del caballete, levantóse Silvio, rechazó la manta con que la baronesa le había cubierto las piernas, como siempre,—y á paso vacilante se acercó á la mesa, exprimió color de los tubos, encajó el pulgar izquierdo en la paleta, agarró el tiento, un puñado de pinceles... Quería “manchar” cualquier cosa...—De repente un vértigo le cubrió de sombra las pupilas, una mano de bronce le cayó sobre el pecho: era la palma de un gigante obscuro, que había entrado por la abierta ventana, y que, del manotón le arrancaba paleta, pinceles, todo... Y desvanecido, Silvio soltó los instrumentos, y recayó en el sillón, gesticulando insensatamente. Sobrevino el ataque de nervios, anunciado por el primero de los rugidos estertorosos que habían de llegar á ser forma usual y aterradora de su queja...

Desde aquel momento, los trebejos de pintar desaparecieron; el artista no volvió á reclamarlos, no porque se hubiese penetrado de la verdad tremenda, sino porque sus fuerzas decaían, y entraba en ese período en que el enfermo no atiende sino á sufrir. No era su lenta agonía la extinción suave, insensible, de la vida del pájaro, que habían predicho las monjas; entre todas las formas del mal, había tocado en suerte á Silvio la más cruel. Su enfermedad empezaba á ascender hacia la cabeza. Por momentos, las alucinaciones de Busot volvían, pero no humorísticas, sino terribles, delatoras de que un instinto misterioso anuncia siempre á nuestra sensibilidad lo que la razón impotente y torpe se resiste á ver. Mientras Silvio creía, despierto, que recobraría la salud, dormido el alma le avisaba, profética, con graznidos de ave sepulcral.

Sobre todas las demás sensaciones angustiosas, percibía una, casi intolerable: la de la disociación.—Silvio, que tanto había aspirado á sobrevivirse afirmando su individualidad victoriosa, sentía vagamente disolverse los elementos que la componían.—Era sin duda el trabajo sordo, obscuro, de la enfermedad en su cerebro, desbaratando esa trabazón de las percepciones en que se basa la unidad de la conciencia; era el soplo del mal, haciendo oscilar la luz, columpiándola antes de extinguirla, dispersándola en el vacío. Silvio, como artista y sensitivo afinado y refinado, había reconocido siempre poderosamente la identidad de su sér; pero al presente, horas enteras, bañado en viscoso sudor, molidos los huesos por la prolongada estancia en el lecho, invadida la cabeza por las colonias microbianas, perdía la noción de su realidad, se sentía hundido, anegado en la naturaleza enemiga, en la dañina materia. Era una percepción sorda y confusa del aniquilamiento de lo único que nos sostiene y escuda contra el empuje de las fuerzas desintegradoras: del yo, esa enérgica reacción de un individuo contra lo que no es él.—Y, alzando la húmeda y descolorida frente, Silvio repetía con la dolorosa sonrisa de los martirizados: