—¿Sabe usted, baronesa, que esta noche soñé que era hierba, y que me pastaban los bueyes?
—La hierba es una cosa muy bonita—contestó la baronesa afectando buen humor.—Justamente hoy el día está magnífico, y usted se va á poner elegante y se va á sentar en la terraza, sentadito, ¿eh?, no tendido en la cama, sino sentado, porque es usted muy comodón, y acaba por perder fuerzas... Ya instalado allí, tranquilo, verá la labor de la hierba, que es preciosa...
Cumplióse el programa. Silvio, alentado por la dulzura aterciopelada del aire, y en una de esas rachas de leve mejoría que traen á los enfermos de muerte repentino engreimiento, se vistió, se acicaló, calzó las elegantes botas inglesas que gastaba en el castillo de Alorne. Y con su presunción de niño, murmuró, pavoneándose:
—Me he arreglado como si estuviese en el manoir de la Condesa de los Pirineos.
Minia, algo picada, preguntó, con la tolerancia que se otorga á los enfermos:
—¿Hay una toilette para sus grandes amigas de Francia, y otra para las de España?
Silvio, en vez de responder, tomó la mano de Minia, y la besó. El amistoso reproche era fundado, y el artista, en su ingenuidad, se acusaba muchas veces de cierto esnobismo.
—Mis grandes amigas de Francia—murmuró—acaso no serían capaces de sufrir mis chinchorrerías de enfermo... Soy un tonto, ya lo sé.
—Ya lo sabemos...—articuló riendo la compositora.—Ea, basta de etiquetas, y vamos á ver la corta de la hierba, que es una sonatina pastoral encantadora.