Salieron, apoyado Silvio en el brazo, todavía tan fuerte, de la baronesa. Costábale trabajo andar; arrastraba los pies como un viejo; se cansaba, se detenía. Sin embargo, vencida la cuestecilla entre el patio y la terraza, respiró un poco mejor, dilató con delicia las fosas nasales. Era que acababa de inundarlas la bocanada del perfume más idílico: el de la hierba, no recién cortada (que entonces no embalsama), sino ya medio seca por el sol encima del mismo prado, y removida para voltearla.
En efecto, esta era la labor. Á distancia, el prado, cubierto de hierba extendida, en vez de su color verde tenía tonos de plata tostada, sedeña; y sobre el fondo de esta cosecha impregnada de sol, trasegándola con los horcados, nadando en ella, las mozas, de refajo grana y pañuelos amarillos, trabajaban entre risas y canciones. Era imposible concebir cuadro más atractivo.
Se habían elegido por volteadoras rapazas aniñadas aún, de rubia trenza, de pies menudos, ágiles dentro del zueco ó del grueso zapato; y cumplían su tarea jugando, desafiándose á arrojar más arriba la desflecada plata de la hierba.
Alrededor del prado gallardeaban las rosas en flor, y en el horizonte, el bosque de castaños tendía un tapiz de verdura honda y reciente, sobre el azul del cielo lavado y vivo como una acuarela. Silvio se extasió desde su butaca. Experimentaba esa impresión de calma y seguridad que produce una residencia como Alborada, cuando la animan las labores campestres. El perfume de la hierba le embriagaba. Y la gran poesía de todo aquello, la formuló con la más vulgar incongruencia.
—¿No le dan á usted envidia algunas veces los jumentos?—preguntó á Minia.
—Mil veces. No habría cosa más simpática que poder soltar la razón, depositándola en una cajita bien cerrada, para recogerla cuando á uno se le antojase. Nuestra tortura viene del cerebro. Las sensaciones plácidas del asnillo en el prado nos aliviarían. ¡Porque, verdaderamente, Silvio, ni aun el sueño nos reposa! Entre sueños, se activa la vida ilusoria, toman cuerpo las ilusiones, y se sufre también.
—Entre sueños—aprobó Silvio—es precisamente cuando se me ocurren á mí cosas estupendas, y me traigo una batalla de desatinos, que se disfrazan de concepciones sublimes. Entre sueños pinto cosas magníficas, y con facilidad asombrosa creo obras maestras. Y las veo, las veo concluídas, radiantes... Entre sueños también lucho con endriagos, fantasmas y visiones que me destrozan... ¡El sueño! Sobre todo desde que enfermé, el sueño no me restaura: me aplana ó me excita.
La parte soñadora de nosotros mismos debe de ser la que sueña, y la que nos restauraría sería la animal, y más aún la vegetativa, el tranquilo cumplimiento de funciones puramente naturales... Por esto envidiamos al jumento cuando se hunde entre los mullidos tablares del prado.
—¡Qué bien me hace el olor de la hierba!—declaró el artista. Y en efecto, los tres ó cuatro días que duró la labor, la mejoría de Silvio pareció sostenerse. No era sino un alto en la enfermedad, cosa frecuente en estos males de consunción; pero bastaba para sostener el optimismo de Silvio, el convencimiento extraño de que no podía morir. No cabía en la cabeza del joven la idea del desenlace. Las señoras empezaban á pensar con angustia en el momento en que la Esqueletada, llamando á la puerta con sus secos nudillos, trajese la terrible y bienhechora verdad, clavase negro alfiler á la mariposa del alma...