Minia había oído hablar mil veces del tenaz optimismo de los tísicos, pero lo creía una de tantas leyendas. Al comprobar la realidad del fenómeno se admiraba.

Silvio (tal es la fuerza del instinto que nos apega á la persistencia de nuestra individualidad) no apreciaba su destrucción. Alentado, asistía con goce de los sentidos—de la vista, del regalado olfato—al espectáculo interesante. Lánguidamente miraba alzar, remover, orear y volcar la hierba, hasta que, seca ya por ambas caras, la apilaban en montones de oro, inmensas cabezotas rubias, que surgían sobre el fondo raso, de un verde infantil, del prado afeitado al rape. Con sus horcados iban las mozas formando las medas, dándoles la primitiva hechura de las huttes salvajes, moradas del hombre cuando abandonó la vida troglodítica. Realizaban este trabajo con destreza sin igual, con rapidez graciosa, siempre jugando, siempre á carcajadas, en labor que tiene mucho de recreo para jornaleras habituadas al destripe de terrones, al corte y pise del espinoso tojo, al empile del estiércol. Y las excitaba además—con prurito de rústica coquetería—el que desde la otra terraza, frontera á la fachada principal, los canteros y picapedreros las miraban á hurtadillas, comentando vigores, robusteces y gallardías anatómicas... Desde las almenas de la torre de Levante, que aquellos días estaban acabando de coronar, otros obreros, distrayéndose de su peligroso trabajo, también las requebraban, con carantoñas y burlas. Á medida que la tarde avanzaba, las mozas cantaban más despacio y medaban menos: la fatiga, el calor, retardaban el movimiento de sus brazos y ensordecían las canciones de sus bocas. En vez de coplas maliciosas de desafío, entonaban un ¡alalalaaá! prolongado con melancolías vespertinas y cadencias lentas de resignación, de soledad, de ausencia y nostalgia. Cuando por casualidad las medadoras (en vez de lanzar ojeadas á los fornidos canteros que silbaban tonadillas como para asociarse al canticio) se volvían hacia la terraza, donde yacía, recostado, aquel señorito de cara de cera, á cuyos pies se tendía un perrazo de pelo color de humo,—su voz se volvía más baja, apagada con sordina de respeto y compasión. ¿Qué tenía aquel señorito, malpocado? ¿Qué le pasaba, que ni andar podía, sino sostenido por otros? Ellas sabían por la hermana de Pilara, una medadora, que se le guisaban muchos platos, que de Marineda venía el médico á menudo... Y susurraban bajo: “¡Tan nuevo! ¡Tan mociño y tan galán! ¡Dios lo remedie!” Después continuaban erigiendo sus medas provisionales de oro blanquecino y seda pajiza. La meda definitiva se constituiría en la era, cuando se llevasen la hierba los carros. Vinieron éstos y se reanimó la labor, porque en ella tomaban parte ahora mozas y gañanes, y los que guiaban el carro dirigían retadoras miradas, desde el hondo prado que surcaban las birtas, á los picapedreros y canteros, cuando subían las almenas y lanzaban, al izarlas, un ahuum penoso, salvaje. Andaban los de la parroquia—los pocos varones que dejaba la emigración,—esquinados con los canteritos jóvenes venidos de Pontevedra, que se llevaban á las rapazas de calle. Y los aldeanos, jactanciosos, erguidos sobre el carro, acalcaban la hierba con los pies para cargar de una vez gran partida. Silvio encontraba hermosísima la escena, deliciosa la nota de color; sobre el prado las yugadas de los corpulentos, pachorrentos bueyes rojos, los carros célticos, con sus ruedas macizas, sus cainzas de mimbre negruzco, y desbordándose de ellas, el rubio colmo de la hierba encendido por un rayo muriente de sol y el gañán de pie sobre el carro, dorada también su figura y recortada sobre el cielo... Raudales de poesía bucólica le brotaban en el alma, y su sentimiento exquisito le hacía saborear no sólo el cuadro, sino el plañidero toque de oración, que suspendía la labor campestre.

—El cuadro es más hermoso, porque es religioso, Silvio—observó Minia.

—Sí—respondió el artista.—Es la nota de Millet. No es religioso un cuadro porque represente una Virgen ó un Cristo; puede representar eso y ser lo más profano del mundo. Y puede representar esto, unas medas, unos carros... y si uno supiese traducirlo bien con el pincel, sería no sólo religioso, sino místico.

—Me agrada que lo comprenda usted... Cada barrera de convencionalismo que usted salve le hará más artista y más hombre.

—Parece que se me han caído de los ojos unas escamas—declaró Silvio.—Yo antes fuí esclavo de la naturaleza en su aspecto material. Ahora, sin salir de ella misma, encuentro tesoros de emoción. ¿Se acuerda usted de mi Recolección de la patata? Aquello era sencillamente una vulgaridad, un rasgo de ordinariez. El asunto, el modo de tratarlo, el colorido... Compárelo con esto que tenemos delante, tan majestuoso, tan sereno... ¡Y pensar que ahora, que veo claro lo mejor, se me caen de las manos paleta y pinceles!

Persuadido, añadió:

—No moriré de este mal; pero suponga usted, por un momento, que muriese... Es aterrador, Minia... ¿Qué quedaba de mí? Cosas que ya no responden á mi sentir. Ideas que ya rechazo... Y lo verdaderamente íntimo, lo que he ido descubriendo... ¡eso nadie lo sabría! ¡Eso iría conmigo al otro mundo!

Interrumpióse para escupir su pobre pulmón deshecho, y con rosetas de fiebre en las mejillas, agregó: