Un esguince. Los ojos pestañudos, antes terciopelosos como uvas negras, se hincaron en mí, fieros, enojados.

—¡Ah! Era eso...

—¿No aceptas?

—No... No sabía... Creí que se trataba de otra cosa; de darle educación, de no abandonarle. Eso, bueno... Pero, ¿en casa? ¿Conmigo? ¿Qué se diría? ¿Qué papel haría yo?

Me incorporé. El almuerzo me pesaba como plomo en el estómago, y el calor de la chimenea me asfixiaba. Volví las espaldas, sin saludar, sin despedirme, y á paso lento me retiré á mi cuarto. Trini dijo no sé qué; acaso pronunció con ahinco mi nombre. No hice caso alguno. Ya en mi habitación, tomé sombrero, abrigo, guantes, y me fuí á ver á Rita.

IV

La encontré con una hemorragia. La palangana, llena de coágulos, descansaba sobre una silla. Ella, echada en su humilde cama de hierro, apenas respiraba. Me sonrió doloridamente, como al través de un velo. La niñera y única sirviente, la guipuzcoana Marichu, entretenía á Rafaelín por medio de un carro hecho de dos carretes y unas cañas. Pero el niño, al verme, dejó sus juegos y vino á agarrarse á mis piernas.

—¡Bapar! ¡Aúpa!

Le aupé, le besé los ojos, le apreté firme. Reía á chorros, pegándome manotazos y tirándome de las barbas. Le dejé en el suelo, y anuncié:

—Vuelvo con el médico.