Vivía muy cerca uno, joven, sin clientela aún; estudioso, apurado de recursos, ansiando trabajo y lucimiento. Se echó la capa y me acompañó. Su examen de la paciente fué minucioso, su interrogatorio largo, pero sin fineza psicológica. No veía sino el cuerpo de la enferma. Recetó; la criada corrió á la botica. Yo, con Rafaelín en brazos, me fuí al cuartuco que hacía de comedor, encendí el quinqué de petróleo—no se veía, eran las cinco de la tarde—y reclamé la verdad.

—No sé si pasará de esta noche. Si la hemorragia repite...

Un golpe sordo me retumbó dentro. Iba á encontrarme cara á cara con la Guadañadora.

—¿Querrá usted que me quede aquí?—interrogó el médico, expansivamente.

—Lo agradecería.

—Voy á avisar á mi mujer, para que no se asuste; tomaré un bocado, y aquí me tiene usted antes de una hora. ¿Gracias? No, si es un deber...

Quedé solo. El niño se adormecía sobre mi hombro, bañado en sudor, de tanto diablear. En la alcoba se oía una inspiración lenta, irregular, cavernosa. Sobre la almohada, la cabellera fosca de Rita se expandía formando aureola de tinieblas. La cara, en medio, blanqueaba. Congojosamente me llamó:

—¡Gaspar! ¡Gaspar!

—¿Está usted mejor?

—Estoy... muy bien. Como si de encima del pecho... me hubiesen quitado un peso... de una arroba.