—No hable. No se fatigue.
—¿Qué dice el médico?
—Que es lo de otras veces. Un ataquillo sin importancia.
Los ojos de mar muerto, de betún calcinado, despidieron vislumbre repentina.
—Es el fin... ¡La de vámonos!.. Tengo miedo, Gaspar... Mucho miedo...
—No hay miedo... Estoy aquí... ¿Qué quiere usted que haga, niña, para quitarla ese miedo bobo?
—¡Si pudiese... Si pudiese usted... traerme un... confesor!.. Pero un confesor que sea muy bueno... que me perdone... Que sea como... como Nuestro Señor crucificado!... así, bueno, para todos... para mí... que no mire á mi iniquidad!...
—¿Va usted á agitarse? A empeorar?.. Sosiéguese, haga por dormir. Arroró!..
—No puedo sosegarme... No soy mora, no soy judía. He pecado, estoy en pecado mortal... ¡el mayor pecado!., y estoy... en lo último...
—Todos pecan... Tranquilícese...