—¡De ahí, de ahí!
—Habiendo libertá no hay injusticias. ¡Olé por ella!
—«¿Qué piensan los que así resucitan arranques del agonizante despotismo militar, propios de épocas terroríficas que pasaron a la historia? ¿Se les ha figurado que estamos en aquellos siglos, cuando un señor tenía poder para abrir el vientre a sus vasallos?...»
Aquí se salió de madre el río. Exclamaciones, interjecciones, gritos y risas se cruzaron de un lado a otro; pero las risueñas estaban en minoría: dominaban las espantadas. Una vieja medio sorda se hizo una trompetilla con ambas manos, creyendo que sus oídos la engañaban.
—¡Ave María de gracia!
—¡En mi vida tal oí!
—¡Abrir la barriga!
—No sería en tierra de cristianos, mujer.
—¿Y eso fue a los pobrecitos civiles?—interrogó la sorda.
—¡Chss!—gritó Amparo—. Aquí viene lo bueno, señores: «... abrir el vientre a sus vasallos para calentarse los pies con su sangre...»