—A ver si calláis.

—«La situación está próxima a entrar en el camino que desde el primer día de la revolución debió emprender. Hay que vencer grandes obstáculos...» (Movimiento general.) «Los enemigos encubiertos de la revolución...»

—¿Quién será? ¿Lo dirá por el alcalde?

—No, mujer.... Por ese maldito de cuñado de la Reina....

—Y por el Napoleón de allá de Francia, boba, que no nos puede ver.

—¡Chsss! «... de la revolución, están acechando el instante en que poder descargar sobre la situación un golpe decisivo y liberticida. No desmayemos, sin embargo. La revolución pasará triunfante por cima de tanto reaccionario como aparenta servirla con fines siniestros. En donde menos se piensa se esconde la reacción fijando su ojo de tigre...»

—Tiene razón, tiene razón. Está muy bien comparado.

—«... ojo de tigre... en la libertad, para estrangularla. Los más temibles son los que, llegados a la cima del poder, hacen traición a sus antiguos ideales que les sirvieron de pedestal para escalar las grandezas...»

—Si es lo que yo os predico siempre—exclamaba al llegar aquí la lectora, tomando la ampolleta—. Los peorcitos están arriba, arriba. Quien no lo ve, ciego es. Ínterin no agarre el pueblo soberano una escoba de silbarda, como esa que tenemos ahí... (y señaló a la que manejaba la barrendera del taller) y barra sin misericordia las altas esferas... ¡ya me entendéis! El mismo día en que se proclamó la libertad y se le dio el puntapié a los Borbones, había yo de publicar un decreto... ¿sabéis cómo? (la oradora abrió la mano izquierda, haciendo ademán de escribir en ella con una tagarnina:) «Decreto yo, el Pueblo soberano, en uso de mis derechos individuales, que todos los generales, gobernadores, ministros y gente gorda salga del sitio que ocupan, y se lo dejen a otros que nombraré yo del modo que me dé la realísima gana. He dicho».

—¡Bien, bien!