CAPÍTULO IV
MONUMENTOS DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Así, pues, del siglo IV al XI se efectuó en todo el mundo antiguo un trabajo enorme, doloroso, pródigo en vidas de hombres y de Imperios, pero que realizó algo tan firme, que todavía dura y parece destinado a permanecer.

(Alfredo Rambaud y Ernesto Lavisse.—Historia Universal, Los orígenes.)

La invasión de las huestes godas sorprende a los vascos en momentos de crisis honda, cuando aun convalecientes de sus duras batallas con los romanos, no habían tenido tiempo de constituirse y de organizarse.

Al comenzar el siglo V, aun subsiste el régimen embrionario del patriarcado y de la tribu. Vascófilos tan eminentes como D. Ladislao de Velasco, D. Miguel Rodríguez Ferrer y D. M. de Larramendi, interrogaron vanamente a la esfinge histórica. Ni el monumento ni el archivo han podido suministrar aquellos elementos categóricos equivalen a la afirmación.

¿Cómo se gobernaban estos pueblos? ¿Quién los regía? ¿Cuáles eran su religión, sus costumbres, su agricultura y sus ejércitos? Ante el silencio de la Historia, la Leyenda, menos prudente o más efusiva, nos habla de los primitivos señores vascos, de solar y fuero, que rigen pueblos de vasallos labradores, se ocupan en la caza, guerrean con señores fronterizos y hasta reciben embajadas de los jefes galos.

Las hordas de Alarico, al franquear las gargantas del Pirineo, tal vez oyeron ya los sones de aquella trompa épica que había de sonar luego en Roncesvalles. El señor de Altabiscar, héroe de un poema, es acaso también el símbolo de una época de la Historia.