RELIEVES DEL PÓRTICO.
Difícil es determinar hoy lo que estos relieves individualmente figuran, reducidos como están a inconexos fragmentos y asentados en el muro de una manera tan fortuita.
Como se ha insinuado ya, todos estos relieves representan pasajes de la vida de Jesucristo; y por la disposición especial del conjunto; por la rara proporción de las figuras, que revela un arte que se transforma o tiende a desaparecer; por la rudeza del diseño; por el plegado característico de los paños, y, finalmente, por la manera tradicional de ejecución y la forma típica de producir el claroscuro, no vacilamos en colocar tan singulares esculturas bien andado ya el referido siglo IX.
Así, pues, los relieves pertenecieron a la basílica, que ya era Catedral en tiempos de Alfonso, el Casto, en los últimos días del arte latino bizantino y primeros del románico. ([Lám. 19.])
LÁPIDAS E INSCRIPCIONES DEL PÓRTICO.
Al estilo románico, en las dos épocas de su largo desarrollo, pertenecen las columnas y capiteles, que indican su mayor florecimiento, y los arcos, que muestran su decadencia, iniciada ya en ellos la manifestación ojival.
Muéstranse los fustes adornados por monumentales estatuas adheridas, que hacen oficio de cariátides, como en la Cámara Santa de Oviedo y en otras construcciones religiosas de los siglos XI y XII; apúntanse los arcos ligeramente, como en algunas iglesias parroquiales de Asturias y Castilla y en todas las que se construyeron en Sevilla y Córdoba, recién conquistadas por San Fernando. La basílica, pues, había experimentado dos transformaciones dentro de los siglos XI y XII. ¿Qué documentos positivos podían confirmar esta deducción arqueológica? Con sólo volver la vista a los relieves y miembros arquitectónicos incrustados en el muro longitudinal, nos era dado, por fortuna, hallar camino para autorizar históricamente la hipótesis.
LOS TÍMPANOS.