Contémplase, en efecto, en la parte central, el gran tímpano que hasta 1776 decoró el segundo cuerpo de la imafronte; en él se halla representado el Salvador rodeado de los doce Apóstoles. Jesús, cuya figura es harto mayor que las de sus discípulos, aparece como éstos, en pie, vistiendo amplia túnica talar y cubriendo sus hombros afibrado manto.
Para quien, guiado de espíritu investigador y crítico haya estudiado los monumentos que se erigen en Asturias, León y Castilla durante los siglos XI y XII, no puede ser dudoso que este interesante relieve si no pertenece de lleno a la gloriosa era del imperio español, inaugurada por un Fernando I y cerrada por el no menos esclarecido Alfonso VII (1038 a 1157), lleva impreso profundamente el sello de aquel arte que tantas maravillas había producido en la basílica de San Juan Bautista, consagrada desde 1032 al preclaro Isidoro de Sevilla, y en la ya referida Cámara Santa de la Catedral ovetense, ampliada por la magnificencia de Alfonso VI.
A la derecha de este gran tímpano mírase asimismo el de la portada, que constituía la decoración del primer cuerpo del imafronte; el arquitecto de 1776 armóle allí de tal manera, que semejó con él cierta especie de sepulcro, en cuyo centro colocó un bulto o estatua yacente del siglo XIV. Delante, sin exceder de la línea del muro, poníale varias columnas ochavadas, que tomó tal vez de otros monumentos interiores del trastornado templo. ([Lám. 20.])
Sobre este remedo de enterramiento, que no han vacilado en señalar como tal sepulcro entendidos investigadores, asentóse, pues, el referido tímpano, obra en verdad muy digna de detenido examen.
Fórmalo un arco de medio punto, orlado en su periferia externa de una franja enriquecida de vástagos serpenteantes y de flores, que acusan su origen bizantino, y enriquecido en la interna por una inscripción de caracteres latinos, todavía isidorianos, la cual ofrece la lección siguiente:
Ocupa el semicírculo una tabla de piedra, dividida en dos zonas; hállase la superior ennoblecida por la representación simbólica del inmaculado Cordero, y la Cruz dominicana, encerrado todo en un nimbo sencillo con este expresivo verso leonino, grabado en su contorno: