Apenas se penetra en el templo, recíbese una impresión de estupor. ¿Quién dirá que aquel templo fué románico? Primero, la desproporción entre la portada y el pórtico, entrambos de pequeña altura, y la altura elevadísima de su bóveda. Después, la discordancia arquitectónica de lo de afuera con lo de adentro.
«Cualquiera—anota Amador de los Ríos,—acostumbrado a estudiar las basílicas románicas de los siglos XI y XII, al penetrar en la de Armentia juzgaría que iba a encontrarse debajo de una media naranja o de un suntuoso «domo». Esta racional esperanza queda, sin embargo, desvanecida apenas se entra en el recinto.»
El templo está cubierto de bóvedas ojivales, que, como en Las Huelgas de Burgos, en la de Santa María de Vadedios (Asturias), en la de San Vicente, Cristeta y Sabina, de Ávila, revelan ya el triunfo de un nuevo y fastuoso estilo arquitectónico. ([Lám. 22.])
El crucero ostenta asimismo un agrupamiento de tres bóvedas apuntadas, elevándose la central sobre las laterales, bien que mucho menos de lo que había menester para constituir el característico cimborrio de las grandes construcciones del mencionado estilo. ¿Era esto una falta del artista o el resultado de una transformación? ([Lám. 23.])
Las investigaciones personales del Sr. Amador de los Ríos dieron ya por resuelto este interesante problema. El insigne arqueólogo lo explica así:
«A la verdad, aunque alterada la planta, pues que ante el arco triunfal se colocó, sin duda, en 1776 un retablo que cierra el antiguo presbiterio formado por el ábside, no es difícil reconocer que la disposición general de la basílica y su decoración hasta el arranque de las precitadas bóvedas han triunfado de las últimas transformaciones.
Lámina 24.