Crecia la libertad por todo y la permision de los ministros, unos mostrando contentarse, otros no castigando: hombres á quien las desórdenes de nuestros soldados parecian venganzas, otros á quien no pesaba que creciesen estas, y se diese ocasion á que el resto de los moriscos que estaba pacífico tomase las armas. Juntábanseles los ministros de justicia, pertinaces de su opinion, impacientes de esperar tiempo para el castigo, poco pláticos de temporizar hasta la ocasion; el interés de los que desean acrecentar los inconvenientes, la avaricia de los soldados, y por ventura la indignacion del príncipe, la voz del pueblo, y quien sabe si la de Dios, para que el castigo fuese general, como habia sido la ofensa.
Estaba por rebelar la Vega de Granada, de donde y de la tierra á la redonda cada dia se pasaba gente y lugares enteros á los enemigos, excusándose con que no podian sufrir los robos de personas y haciendas, las fuerzas de hijas y mujeres, los cautiverios, las muertes. Estaba sosegada la serranía y el habaral de Bonda, la hoya y jarquia de Málaga, la sierra de Bentomiz, el rio de Bolodui, la hoya y tierra de Baza, Guescar, el rio de Almanzora, la sierra de Filabres, el Albaicin y barrios de Granada poblados de moriscos. Habia levantados algunos lugares en tierra de Almuñecar, el Val de Leclin, el Alpujarra, tierra de Guadix, marquesado de Zenette, rio de Almería, que en esto se encierra todo el reino de Granada poblado de moriscos. Mas Aben Humeya no perdia ocasion de solicitallos por medio de personas, que tenian entre ellos autoridad, ó deudos de las mujeres con quien se habian casado: usaba de blandura general; queria ser tenido por cabeza, y no por rey: la crueldad, la codicia cubierta engañó á muchos en los principios; pero no á su tio Aben Jauhar, que dejando parte del dinero y riquezas en poder del sobrino, llevando lo mejor consigo, resoluto de huir á Berbería, mostró ir á solicitar el levantamiento de la sierra de Bentomiz: vino á Portugos, donde murió de dolor de la hijada, viejo, descontento y arrepentido. Mostró Aben Humeya descontentamiento, mas por haberle la enfermedad quitado el cuchillo de las manos, que por la falta del tio: tomóle los dineros y hacienda con ocasion de entregarse de mucha, que habia entrado en su poder de diezmos y quintos. Tal fue la fin de don Fernando el zaguer Aben Jauhar, cabeza del levantamiento en la Alpujarra, inventor del nombre de rey entre los moros de Granada; poderoso para hacer señor á quien le quitó la hacienda y fue causa de su muerte: tal el desagradecimiento de Aben Humeya contra su sangre, que le habia dado señorío y título de rey, pudiéndolo tomar para sí. Mas así á los príncipes verdaderos como á los tiranos son agradables los servicios, en cuanto parece que se pueden pagar; pero cuando pasan muy adelante, dase aborrecimiento en lugar de merced.
Acabó de resolverse el rey en la venida de su hermano á Granada, para emplealle en empresa que puesto que de suyo fuese menuda, era de muchos cabos peligrosa, por la vecindad de Berbería; y queriéndose llevar por violencia, larga: por ser guerra de montaña, en ocasion que el rey de Argel estaba armado, y la armada del gran turco junta contra venecianos. Hizo dos provisiones; una en D. Luis de Requesens que estaba por embajador en Roma, teniente de D. Juan de Austria en la mar, para que con las galeras de su cargo que habia en Italia, y trayendo las banderas del reino de que D. Pedro de Padilla era maestro de campo, viniese á hacer espaldas á la empresa, poniendo la gente en tierra, donde á D. Juan pareciese que podia aprovechar; y juntando con sus galeras las de España, cuyo capitan era D. Sancho de Leiva, hijo de Sancho Martinez de Leiva, estorbase el socorro que podia venir de Berbería á los enemigos; proveyese de vitualla y municiones las plazas del reino de Granada que están á la costa, y al ejército cuando estuviese en parte á propósito. Otra provision (resoluto de hacer la guerra con mayores fuerzas) fue mandar al marqués de Mondejar que estaba en Orgiba para salir en campo, que dejando en su lugar á D. Antonio de Luna ó á D. Juan de Mendoza, cual de ellos le pareciese, con expresa órden que no innovasen ni hiciesen la guerra, viniese á Granada para recibir á D. Juan y asistir con él en consejo, juntamente con los que hubiesen de tratar los negocios de paz y guerra, no dejando el uso de su oficio, como capitan general de la gente ordinaria del reino de Granada: ó si mejor le pareciese, quedase en Orgiba á hacer la guerra, guardando en todo la órden que D. Juan de Austria su hermano le diese, á quien enviaba por cabeza y señor de la empresa. Pareció al marqués escoger la asistencia en consejo; ó porque con la plática de la guerra pasada, con el conocimiento de la tierra y gente, y con el ejercicio de aquella manera de milicia en que se habia criado (aunque en todo diferente de la ordinaria), esperaba que el crédito y el gobierno pararia en su parecer, y la ejecucion en su mano; ó temiendo quedar debajo de mano ajena, y ser mal proveido, mandado y á veces calumniado ó reprendido como ausente, dejó á D. Juan de Mendoza contento, regalado y honrado en Orgiba; por ser hombre plático, mas desocupado, de su nombre, y con cuyos deudos tenia antigua amistad (aunque algunos creen que en ello no hizo su provecho); y vino á Granada. Salido de Orgiba, estuvo aquella frontera sosegada, sin hacer ni recibir daño de los enemigos; discurriendo ellos á una y otra parte con libertad.
Llegó D. Juan de Austria trayendo consigo á Luis Quijada (plático en gobernar infantería, cuyo cargo habia tenido en tiempo del emperador), hombre de gran autoridad, por voluntad del rey, que le remitió la suma de todo lo que tocaba al gobierno de la persona y consejo del hermano; y por la crianza que habia hecho en él por mandado del emperador. Fue recibido D. Juan con grandes demostraciones y confianza, sin dejar ninguna manera de ceremonia excepto las ordinarias que se suelen hacer á los reyes; y aun la lisonja (que su verdad está en las palabras) se extendió á llamarle alteza, no embargante que hubiese órden expresa del rey, para que sus ministros y consejeros le llamasen excelencia, y él no se consintiese llamar de sus criados otro título. Posó en las casas de la audiencia por estar en medio de la ciudad; casas de mala ventura las llamaban en su tiempo los moros, y así de ellas salió su perdicion. Llegó dende á pocos dias Gonzalo Hernandez de Córdoba, duque de Sesa, nieto del Gran Capitan, que despues de haber dejado el gobierno del estado de Milan, conformando mas su voluntad con la de sus émulos que con la del rey, vivia en su casa libre de negocios aunque no de pretensiones: fue llamado para consejo, y uno de los ministros de esta empresa, como quien habia dado buena cuenta de las que en Lombardía tuvo á su cargo. Lo primero que se trató fue procurar que se asegurase Granada contra el peligro de los enemigos declarados fuera, y sospechosos dentro; visitar la gente que estaba alojada en el Albaicin y otras partes, por la ciudad y la Vega, y en frontera contra los enemigos; repartir y mudar las guardias al parecer con mas curiosidad que necesidad de los muros adentro; y aun quedó muchos meses de parte del realejo sin guardia á discrecion de pocos enemigos. En el campo andaban solas dos cuadrillas, ningunos atajadores por la tierra; que daba avilanteza á los contrarios de inquietar la ciudad, y á nosotros causa de correr las calles á un cabo y á otro, y algunas veces salir desalumbrados, inciertos del camino que llevaban. Atajadores llaman entre gente del campo hombres de á pie y de á caballo, diputados á rodear la tierra, para ver si han entrado enemigos en ella ó salido. Era excusable esta manera de defensa por ser aventurera la gente, muchas banderas de poco número, mantenidas sin pagas con solos alojamientos; la ciudad grande, continuada con la montaña; los pasos como pocos y ciertos en tiempo de nieve, así muchos y inciertos estando desnevada la sierra; un ejército en Orgiba, que los moros habian de dejar á las espaldas viniendo á Granada, aunque lejos.
El propósito requiere tratar brevemente del asiento de Granada por clareza de lo que se escribe. Es puesta parte en monte, y parte en llano: el llano se extiende por un cabo y otro de un pequeño rio que llaman Darro, que la divide por medio; nace en la sierra Nevada poco lejos de las fuentes de Genil, pero no en lo nevado; de aire y agua tan saludable, que los enfermos salen á repararse, y los moros venian de Berbería á tomar salud en su ribera, donde se coge oro; y entre los viejos hay fama, que el rey de España D. Rodrigo tenia riquísimas minas debajo de un cerro, que dicen del sol. Está lo áspero de la ciudad en cuatro montes: el Alhambra á levante, edificio de muchos reyes, con la casa real; y San Francisco, sepultura del marqués D. Iñigo de Mendoza, primer alcaide y general, humilde edificio, mas nombrado por esto; fuerza hecha para sojuzgar la parte de la ciudad que no descubre la Alhambra, con el arrabal de la Churra y calle de los Gomeres que todo se continúa con la sierra de Guejar. El Antequeruela, y las torres Bermejas, que llaman Mauror, á mediodia. El Albaicin, que mira al norte con el Hajariz; y como vuelve por la calle de Elvira la ladera que dicen Zenette por ser áspera. El Alcazava cuasi fuera de la ciudad á mano derecha de la puerta de Elvira que mira al poniente. Con estos dos montes Albaicin y Alcazava se continúa la sierra de Cogollos, y la que decimos del Puntal. En torno de estos montes y la falda de ellos, se extienden los edificios por lo llano hasta llegar al rio Genil que pasa por defuera. Al principio de la ciudad, la plaza Nueva sobre una puente; y cuasi al fin, la de Bibarrambla, grande, cuadrada, que toma nombre de la puerta; ambas plazas juntadas con la calle de Zacatin: antes la iglesia mayor, templo el mas suntuoso despues del Vaticano de San Pedro, la capilla en que están enterrados los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, conquistadores de Granada, con sus hijos y yernos. El Alcaicería, que hasta ahora guarda el nombre romano de César (á quien los árabes en su lengua llaman Caizar), como casa de César. Dicen las historias arábigas y algunas griegas, que por encerrarse y marcarse dentro la seda que se vende y compra en todo el reino la llaman de esa manera, dende que el emperador Justino concedió por privilegio á los árabes scenitas, que solos pudiesen crialla y beneficialla: mas extendiendo debajo de Mahoma y sus sucesores su poder por el mundo, llevaron consigo el uso de ella, y pusieron aquel nombre á las casas donde se contrataba; en que despues se recogieron otras muchas mercaderías, que pagaban derechos á los emperadores, y perdido el imperio á los reyes. Fuera de la ciudad el hospital real fabricado de los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, San Hierónimo, suntuoso sepulcro del gran capitan Gonzalo Hernandez, y memoria de sus victorias: el rio Genil, que cuasi toca los edificios, dicho de los antiguos Singilia, que nace en la sierra Nevada, á quien llamaban Solaria y los moros Solaira, de dos lagunas que están en el monte cuasi mas alto, de donde se descubre la mar, y algunos presumen ver de allí la tierra de Berbería. En ellas no se halla suelo ni otra salida sino la del rio; cuyas fuentes tienen los moradores por religion, diciendo que horadan el monte por milagro de un santo que está sepultado en otro monte contrario dicho Sant Alcazaren. Va primero al norte, y pequeño; mas en poco camino, grande con las nieves cuando se deshacen y arroyos que se le juntan. Á una y otra parte moraban pueblos, que ahora aun el nombre de ellos no queda; iliberitanos ó liberinos en tiempo de los antiguos españoles, lo que decimos Elvira, en cuyo lugar entró Granada; ilurconeses, pequeños cortijos; la torrecilla, y la torre de Roma, recreacion de la Cava romana, hija del conde Julian el traidor: todo poblaciones de los soldados que acompañaron á Baco en la empresa de España; segun muestran los nombres y muchos letreros y imágenes, en que se ven esculpidas procesiones y personajes que representan juegos y ceremonias del mismo Baco á quien tuvieron por dios; todo esto en la Vega. Despues Loja, Antequera, dicha Singilia del nombre del mismo rio, Écija dicha Astigis, colonias de romanos antiguamente, hoy ciudades populosas en el Andalucía por donde pasa; hasta que haciendo mayor á Guadalquivir, deja en él aguas y nombre.
Cesaron los oficios de guerra y gobierno, excepto de justicia, con la presencia de D. Juan. Su comision fue sin limitacion ninguna; mas su libertad tan atada, que de cosa grande ni pequeña podia disponer sin comunicacion y parecer de los consejeros, y mandado del rey; salvo deshacer ó estorbar, que para esto la voluntad es comision: mozo afable, modesto, amigo de complacer, atento á los oficios de guerra, animoso, deseoso de emplear su persona. Acrecentaba estas partes la gloria del padre, la grandeza del hermano, las victorias del uno y del otro. Lo primero en que se ocupó fue en reformar los excesos de capitanes y soldados en alojamientos contribuciones, aprovechamientos de pagas; estrechando la costa, aunque no atajando las causas de la desórden. En aquellos principios D. Juan era poco ayudado de la experiencia, aunque mucho de ingenio y habilidad. Luis Quijada, áspero, riguroso, atado á la letra, que tuvo la primera órden de guerra en la postrera empresa del emperador contra el rey Henrico II de Francia, siempre mandado. Él y el duque de Sesa acostumbrados á tratar gente plática, con menos licencia, mas proveida, mayores pagas y mas ordinarias en Flandes, en Lombardía, lejos cada uno de su tierra; do convenia esperar pagas, contentarse con los alojamientos, antes que tornar á España, la mar en medio: todo aquí por el contrario. El marqués de Mondejar tambien capitan general antes que soldado, criado á las órdenes de su abuelo y padre, al poco sueldo, á las limitaciones de la milicia castellana; no guiar ejércitos, poca gente, menos ejercicio de guerra abierta. El presidente sin plática de lo uno y de lo otro: la aspereza de unos, la blandura de otros, la limitacion de todos, causaba irresolucion de provisiones y otros inconvenientes; no faltaron algunos de la opinion del marqués de Mondejar, que daban la guerra por acabada. Habia pocos oficiales de pluma, perdian los soldados el respeto, hacíase costumbre del vicio, envilecíase el buen nombre y reputacion de la milicia: apocóse tanto la gente, que fue necesario tratar de nuevo con las ciudades no solo del Andalucía y Estremadura, mas con las mas apartadas de Castilla que enviasen suplemento de ella; y vinieron las de mas cerca, con que parecia remediarse la falta.
Regalaba y armaba Aben Humeya los que se iban á él: tornó á solicitar con personas ciertas los príncipes de Berbería, segun parecia por las respuestas que fueron tomadas: envió dineros, ropa, cautivos; acercóse á nuestros presidios, especialmente á Orgiba, donde entendió que faltaba vitualla. Aunque D. Juan de Mendoza mantenia la gente disciplinada, ocupada en fortificar el lugar segun la flaqueza de él, mandó D. Juan que fuese del Padul proveido, y llevase la escolta á su cargo Juan de Chaves de Orellana, uno de los capitanes que trujeron la gente de Trujillo. Mas él por estar enfermo envió su alférez llamado Moriz con la compañía; hidalgo, pero poco proveido y muy libre: caminó con doscientos y cincuenta soldados; hombres, si tuvieran cabeza. Entendieron los moros la salida de la escolta por sus atalayas; juntáronse trescientos arcabuceros y ballesteros mandados por el Macox, hombre diestro y plático de la tierra; á quien despues prendió D. Fernando de Mendoza, cabeza de las cuadrillas, y mandó justiciar el duque de Arcos en Granada. Emboscó parte en la cuesta de Talera y un arroyo que la divide del lugar, parte en las mismas casas; y dejándolos pasar la primera emboscada, acometió á un tiempo á los que iban en la rezaga y los delanteros. Peleóse en una y otra parte, pero fueron rotos los nuestros, y murieron todos; con ellos el alférez por no reconocer; y aun dicen que borracho, mas de confianza que de vino: perdiéronse bagajes, bagajeros, y la vitualla, sin escapar mas de dos personas: hoy se ven blanquear los huesos, no lejos del camino. Túvose de este caso tanto secreto, que primero se supo de los enemigos. Mas porque muchos moriscos de paz, especialmente de las Albuñuelas, se hallaron con el Macox, y porque los vecinos de aquel lugar acogian y daban vitualla á los moros, y con ellos tenian continua plática; pareció que debian ser castigados y el lugar destruido, así por ejemplo de otros, como por entretener con algun cebo justificado, la gente que estaba ociosa y descontenta. Es las Albuñuelas lugar asentado en la falda de la montaña á la entrada de Val de Lecrin, depósito de todos los frutos y riquezas del mismo valle, cinco leguas de Granada, en tres barrios, uno apartado de otro, la gente mas pulida y ciudadana que los otros de la sierra, tenidos los hombres por valientes y que pudieron resistir las armas del Rey Católico D. Fernando hasta concertarse con ventaja. Mandóse á D. Antonio de Luna, capitan de la Vega, que con cinco banderas de infantería y doscientos caballos amaneciese sobre el lugar, degollase los hombres, hiciese cautiva toda manera de persona, robase, quemase, asolase las casas. Mas D. Antonio, hombre cuidadoso y diligente, ó que no midiese el tiempo, ó que la gente caminase con pereza, llegó cuando los vecinos parte eran huidos á la montaña, parte estaban prevenidos en defensa de las calles y casas; con un moro por capitan, llamado Lope. Anduvo la ejecucion tan espaciosa, la gente tan tibia, que de los enemigos murieron pocos, y de esos los mas viejos, perezosos y enfermos; y de los nuestros algunos: cautiváronse niños y mujeres, los que no pudieron escapar á lo alto; fue saqueado el uno de los tres barrios, y el escarmiento de los enemigos tan liviano, que saliendo por una parte nuestra gente, entraba la suya por otra: habitaron las casas, segaron sus panes aquel año, y sembraron sin estorbo para el siguiente.
Estaban las cosas calladas y suspensas sin el continuo desasosiego que daban los moros en la ciudad: gobernábalos en la parte que cae el valle y la Vega un capitan llamado Nacoz (que en su lengua quiere decir campana), mostrándose á todas horas y en todos lugares. Ya se habian encontrado él y D. Antonio de Luna con número cuasi igual de gente de á pie, aunque con ventaja D. Antonio por la caballería que llevaba: se partieron con igualdad, cuasi sin poner manos á las armas; poniéndose el Nacoz en salvo; el barranco en medio de su gente y nuestra caballería. Dicen que de allí atravesó la sierra de la Almijara, y por Almuñecar con su hacienda y familia pasó á Berbería.
Visto por D. Juan que los enemigos crecian en número y experiencia; que eran avisados por los moriscos de Granada, ayudados con vitualla, reforzados con parte de la gente moza de la ciudad y la Vega; que no cesaban las pláticas y tratados; el concierto de poner en ejecucion el primero aun estaba en pie; que tenian señado el dia y hora cierta para acometer la ciudad; número de gente determinado; capitanes nombrados Giron, Nacoz, uno de los Partales, Farax, Chacon, Rendati, moriscos; Caracax y Hhosceni, turcos, y Dali, capitan general de todos, venido por mandado del rey de Argel; dió aviso de todo encareciendo el peligro por parte de los enemigos, si se juntaban con los de Granada y la Vega, y de los nuestros por la flaqueza que sentian en la gente comun, por la corrupcion de costumbres y órden de guerra.
Mandó el rey que todos los moriscos habitantes en Granada saliesen á vivir repartidos por lugares de Castilla y el Andalucía; porque morando en la ciudad no podian dejar de mantenerse vivas las pláticas y esperanzas, dentro y fuera. Habia entre los nuestros sospechas, desasosiego, poca seguridad: parecia á los que no tenian experiencia de mantener pueblos oprimiendo ó engañando á los enemigos de dentro y resistiendo á los de fuera, estar en manifiesto peligro. Con tal resolucion ordenó D. Juan á los veinte y tres de junio, que encerrasen todos los moriscos en las iglesias de sus parroquias: ya era llegada gente de las ciudades á sueldo del rey, y se estaba con mas seguridad. Puso la ciudad en arma; la caballería y la infantería repartida por sus cuarteles: ordenó al marqués de Mondejar que subiendo al Albaicin se mostrase á los moriscos, y con su autoridad los persuadiese á encerrarse llanamente. Recogidos que fueron de esta manera, mandáronlos ir al hospital real fuera Granada un tiro de arcabuz: anduvo D. Juan por las calles con guardas de á caballo y guion; viólos recoger inciertos de lo que habia de ser de ellos; mostraban una manera de obediencia forzada, los rostros en el suelo con mayor tristeza que arrepentimiento; ni de esto dejaron de dar alguna señal; que uno de ellos hirió al que halló cerca de sí: dícese que con acometimiento contra D. Juan, pero lo cierto no se pudo averiguar porque fue luego hecho pedazos: yo que me hallé presente diria, que fue movimiento de ira contra el soldado, y no resolucion pensada. Quedaron las mujeres en sus casas algun dia, para vender la ropa y buscar dineros con que seguir y mantener sus maridos. Salieron atadas las manos, puestos en la cuerda, con guarda de infantería y caballería por una y otra parte, encomendados á personas que tuviesen cargo de irlos dejando en lugares ciertos de Andalucía, y guardallos; tanto porque no huyesen, como porque no recibiesen injuria. Quedaron pocos mercaderes y oficiales, para el servicio y trato de la ciudad: algunos á contemplacion y por intereses de amigos. Muchos de los mancebos que adivinaron la mala ventura huyeron á la sierra, donde la hallaban mayor; los que salieron por todos tres mil y quinientos; el número de mujeres mucho mayor. Fue salida de harta compasion para quien los vió acomodados y regalados en sus casas: muchos murieron por los caminos de trabajo, de cansancio, de pesar, de hambre, á hierro, por mano de los mismos que los habian de guardar, robados, vendidos por cautivos.