Es el vender las presas y dar las partes costumbre de España; y el quinto derecho antiguo de los reyes dende el primer rey D. Pelayo, cuando eran pocas las facultades para su mantenimiento; ahora porque son grandes, llévanlo por reconocimiento y señorío: mas el hacer los reyes merced de él en comun y por señal de premio á los que pelean, es causa de mayor ánimo; como por el contrario á cada uno lo que ganare y á todos el quinto generalmente cuando vienen á la guerra, ocasion para que todos vengan á servir en las empresas con mayor voluntad. Pero esta se trueca en codicia, y cada uno tiene por tan propio lo que gana, que deja por guardallo, el oficio de soldado, de que nacen grandes inconvenientes en ánimos bajos y poco pláticos; que unos huyen con la presa, otros se dejan matar sobre ella de los enemigos, impedidos y enflaquecidos, otros desamparadas las banderas, vuelven á sus tierras con la ganancia. Viénense por este camino á deshacer los ejércitos hechos de gente natural, que campean dentro en casa: el ejemplo se ve en Italia entre los naturales, como se ha visto en esta guerra dentro en España.

El buen suceso de Frejiliana sosegó la tierra de Málaga y la de Ronda por entonces: el comendador mayor se dió á guardar la costa, á proveer con las galeras los lugares de la marina; mas en tierra de Granada, el mal tratamiento que los soldados y vecinos hacian á los moriscos de la Vega, la carga de alojamientos, contribuciones y composiciones, la resolucion que se tomó de destruir las Albuñuelas flacamente ejecutada; dió ocasion á que muchos pueblos que estaban sobresanados, se declarasen, y subiesen á la sierra con sus familias y ropa. Entre estos fue el rio de Bolodui á la parte de Guadix, y á la de Granada Guejar, que en su calidad no dió poco desasosiego. La gente de ella recogiendo su ropa y dineros, llevando la vitualla, y dejando escondida la que no pudieron, con los que quisieron seguillos, se alzaron en la montaña, cuasi sin habitacion por la aspereza, nieve y frio. Quiso D. Juan reconocer el sitio del lugar llevando á Luis Quijada y al duque de Sesa; tratóse si lo debia mantener, ó dejar; no pareció por entonces necesario para la seguridad de Granada mantenerle y fortificarle como flaco y de poca importancia; pero la necesidad mostró lo contrario, y en fin se dejó; ó porque no bastase la gente que en la ciudad habia de sueldo á asegurar á Granada todo á un tiempo, y socorrer en una necesidad á Guejar como la razon lo requeria; ó que no cayesen en que los enemigos se atreverian á fundar guarnicion en ella tan cerca de nosotros, ó, como dice el pueblo (que escudriña las intenciones sin perdonar sospecha, con razon ó sin ella), por criar la guerra entre las manos; celosos del favor en que estaba el marqués de Velez, y hartos de la ociosidad propia, y ambiciosos de ocuparse, aunque con gasto de gente y hacienda: decíase que fuera necesario sacar un presidio razonable á Guejar, como despues se hizo lejos de Granada para mantener los lugares de en medio: cada uno sin examinar causas ni posibilidad, se hacia juez de sus superiores.

Mas el rey, viendo que su hermano estaba ocupado en defender á Granada y su tierra, y que teniendo la masa de todo el gobierno, era necesario un capitan que fuese dueño de la ejecucion, nombró por general de toda la empresa al marqués de Velez, que entonces estaba en gran favor, por haber salido á servir á su costa. Sucedióle dichosamente tener á su cargo ya la mitad del reino, calor de amigos y deudos; cosas que cuando caen sobre fundamento, inclinan mucho los reyes. Á esto se juntó haberse ofrecido por sus cartas á echar á Aben Humeya el tirano, que así se llamaba; y acabar la guerra del reino de Granada con cinco mil hombres y trescientos caballos pagados y mantenidos; que fue la causa mas principal de encomendalle el negocio. Á muchos cuerdos parece, que ninguno debe de cargar sobre sí obligacion determinada, que el cumplilla, ó el estorbo de ella esté en mano de otro. Fue la eleccion del marqués (á lo que el pueblo de Granada juzgaba, y algunos colegian de las palabras y continente) harto contra voluntad de los que estaban cerca de D. Juan, pareciéndoles que quitaba el rey á cada uno de las manos la honra de esta empresa.

Habian crecido las fuerzas de Aben Humeya, y venídole número de turcos y capitanes pláticos segun su manera de guerra; moros berberíes, armas parte traidas, parte tomadas á los nuestros, vituallas en abundancia, la gente mas, y mas plática de la guerra. Estaba el rey con cuidado de que la gente y las provisiones se hacian de espacio; y pareciéndole que llegarse él mas al reino de Granada, seria gran parte para que las ciudades y señores de España se moviesen con mayor calor, y ayudasen con mas gente y mas presto, y que con el nombre y autoridad de su venida los príncipes de Berbería andarian retenidos en dar socorro, ciertos que la guerra se habia de tomar con mayores fuerzas; acabada, con todas ellas cargar sobre sus estados, mandó llamar cortes en Córdoba para dia señalado, adonde se comenzaron á juntar procuradores de las ciudades, y hacer los aposentos.

Salió el marqués de Velez de Terque por estorbar el socorro que los moros de Berbería continuamente traían de gente, armas y vitualla, y los de la Alpujarra recebian por la parte de Almería. Vino á Berja (que antiguamente tenia el mismo nombre), donde quiso esperar la gente pagada y la que daban los lugares de la Andalucía. Mas Aben Humeya, entendiendo que estaba el marqués con poca gente y descuidado, resolvió combatille antes que juntase el campo. Dicen los moros haber tenido plática con algunos esclavos, que escondiesen los frenos de los caballos; pero esto no se entendió entre nosotros: y porque los moros como gente de pie y sin picas recelaban la caballería, quiso combatille dentro del lugar antes del dia. Llamó la gente del rio de Almería, la del Bolodui, la de la Alpujarra, los que quisieron venir del rio de Almanzora, cuatrocientos turcos y berberíes: eran por todos cuasi tres mil arcabuceros y ballesteros, y dos mil con armas enhastadas. Echó delante un capitan que le servia de secretario, llamado Mojajar, que con trescientos arcabuceros entrase derecho á las casas donde el marqués posaba, diese en la centinela (lo que ahora llamamos centinela, amigos de vocablos extranjeros, llamaban nuestros españoles en la noche, escucha, en el dia, atalaya; nombres harto mas propios para su oficio), llegando con ella á un tiempo el arma y ellos, en el cuerpo de guardia: siguióle otra gente, y él quedó en la retaguardia sobre un macho, y vestido de grana[51]. Mas el marqués, que estaba avisado por una lengua que los nuestros le trujeron, atravesó algunas calles que daban en la plaza; puso la arcabucería á las puertas y ventanas; tomó las salidas, dejando libres las entradas por donde entendió que los enemigos vendrian; y mandó estar apercebida la caballería y con ella su hijo D. Diego Fajardo: abrió camino para salir fuera, y con esta órden esperó á los enemigos. Entró Mojajar por la calle que va derecha á dar á la plaza, al principio con furia; despues espantado y recatado de hallar la villa sin guardia, olió humo de cuerdas; y antes que se recatase, sintió de una y otra parte jugar y hacerle daño la arcabucería. Mas queriendo resistir la gente con alguna otra que le habia seguido, no pudo; salióse con pocos y desordenadamente al campo. El marqués, con la caballería y alguna arcabucería, á un tiempo saltó fuera con D. Diego su hijo, D. Juan su hermano, D. Bernardino de Mendoza, hijo del conde de Coruña, D. Diego de Leiva, hijo natural del señor Antonio de Leiva, y otros caballeros; dió en los que se retiraban y en la gente que estaba para hacelles espaldas; rompiólos otra vez; pero aunque la tierra fuese llana, impedida la caballería de las matas y de la arcabucería de los turcos y moros que se retiraban con órden, no pudo acabar de deshacer los enemigos. Murieron de ellos cuasi seiscientos hombres; Aben Humeya tornó la gente rota á la sierra, y el marqués á Berja. Al rey dió noticia, pero á D. Juan poca y tarde; hombre preciado de las manos mas que de la escritura; ó que queria darlo á entender, siendo enseñado en letras y estudioso. Comenzó D. Juan con órden del rey á reforzar el campo del marqués; antes á formarlo de nuevo: puso con dos mil hombres á D. Rodrigo de Benavides en la guarda de Guadix; á Francisco de Molina envió con cinco banderas á la de Orgiba; mandó pasar á D. Juan de Mendoza con cuasi cuatro mil infantes y ciento y cincuenta caballos adonde el marqués estaba; y al comendador mayor, que tomando las banderas de D. Pedro de Padilla (rehechas ya del daño que recibieron en Frejiliana), las pusiese en Adra, donde el marqués vino de Berja á hacer la masa. Llegó D. Sancho de Leiva á un mismo tiempo con mil y quinientos catalanes de los que llaman delados, que por las montañas andan huidos de las justicias, condenados y haciendo delitos, que por ser perdonados vinieron los mas de ellos á servir en esta guerra: era su cabeza Antic Sarriera, caballero catalan; las armas sendos arcabuces largos, y dos pistoletes de que se saben aprovechar. Llegó Lorenzo Tellez de Silva, marqués de la Favara, caballero portugués, con setecientos soldados, la mayor parte hechos en Granada y á su costa: atravesó sin daño por el Alpujarra entre las fuerzas de los enemigos; y por tenerlos ocupados en el entretanto que se juntaba el ejército, y las guarniciones de Tablate, Durcal y el Padul seguras (á quien amenazaban los moros del valle, y los que habian tornado á las Albuñuelas); por impedir asimismo que estos no se juntasen con los que estaban en la sierra de Guejar y con otros de la Alpujarra; por estorbar tambien el desasosiego en que ponian á Granada con correrías de poca gente, y por quitalles la cogida de los panes del valle; mandó D. Juan que D. Antonio de Luna con mil infantes y doscientos caballos fuese á hacer este efecto, quemando y destruyendo á Restaval, Pinillos, Belejij, Concha, y, como dije, el valle hasta las Albuñuelas. Partió con la misma órden y á la misma hora, que cuando fue á quemallas la vez pasada, pero con desigual fortuna; porque llegando tarde, halló los moros levantados por el campo, y en sus labores con las armas en la mano: tuvieron tiempo para alzar sus mujeres, hijos, y ganados, y ellos juntarse, llevando por capitanes á Rendati, hombre señalado, y á Lope, el de las Albuñuelas, ayudados con el sitio de la tiera barrancosa. Acometieron la gente de D. Antonio, ocupada en quemar y robar; que pudo con dificultad, aunque con poca pérdida, resistir y recogerse, siguiéndole y combatiéndole por el valle abajo malo para la caballería. Mas D. Antonio, ayudándole D. García Manrique, hijo del marqués de Aguilar, y Lázaro de Heredia, capitan de infantería, haciendo á veces de la vanguardia retaguardia, á veces por el contrario tomando algunos pasos con la arcabucería, se fue retirando hasta salir á lo raso, que los enemigos con temor de la caballería le dejaron. Murió en esta refriega apartado de D. Antonio el capitan Céspedes á manos de Rendati con veinte soldados de su compañía peleando, sesenta huyendo; los demás se salvaron á Tablate donde estaba de guardia. No fue socorrido por estar ocupada la infantería quemando y robando sin podellos mandar D. Antonio. Tampoco llegó D. García (á quien envió con cuarenta caballos), por ser lejos y áspera la montaña, los enemigos muchos. Pero el vulgo ignorante, y mostrado á juzgar á tiento, no dejaba de culpar al uno y al otro; que con mostrar D. Antonio la caballería de lo alto en las eras del lugar, los enemigos fueran retenidos ó se retiraran; que D. García pudiera llegar mas á tiempo y Céspedes recogerse á ciertos edificios viejos, que tenia cerca; que D. Antonio le tenia mala voluntad dende antes, y que entonces habia salido sin órden suya de Tablate, habiéndole mandado que no saliese. Á mí que sé la tierra, paréceme imposible ser socorrido con tiempo, aunque los soldados quisieran mandarse, ni hubiera enemigos en medio y á las espaldas. Tal fue la muerte de Céspedes, caballero natural de Ciudad Real, que habia traido la gente á su costa, cuyas fuerzas fueron excesivas y nombradas por toda España; acopañólas hasta la fin con ánimo, estatura, voz y armas descomunales. Volvió D. Antonio con haber quemado alguna vitualla, trayendo presa de ganado á Granada, donde menudeaban los rebatos; las cabezas de la milicia corrian á una y otra parte, mas armados que ciertos donde hallar los enemigos; los cuales dando armas por un cabo, llevaban de otro los ganados. Habia D. Juan ya proveido que D. Luis de Córdoba con doscientos caballos y alguna infantería recogiese á Granada y á la Vega los de la tierra: comision de poco mas fruto, que de aprovechar á los que los hurtaron; porque no se pudiendo mantener, fue necesario volvellos á sus lugares faltos de la mitad, donde fueron comunes á nosotros y á los enemigos.

Hallábase entretanto el marqués de Velez en Adra (lugar antiguamente edificado cerca de donde ahora es, que llamaban Abdera), con cuasi dos mil infantes y setecientos caballos: gente armada, plática, y que ninguna empresa rehusara por difícil, extendida su reputacion por España con el suceso de Berja, su persona subida en mayor crédito. Venian muchos particulares á buscar la guerra, acrecentando el número y calidad del ejército; pero la esterilidad del año, la falta de dinero, la pobreza de los que en Málaga fabricaban bizcocho, y la poca gana de fabricarlo por las continuas y escrupulosas reformaciones antes de la guerra, la falta de recuas por la carestía, la de vivanderos que suelen entretener los ejércitos con refrescos, y con esto las resacas de la mar que en Málaga estorban á veces el cargar, y las mesmas el descargar en Adra, fue causa que las galeras no proveyesen de tanto bastimento y tan á la continua. Era algunas veces mantenido el campo de solo pescado, que en aquella costa suele ser ordinario; cesaban las ganancias de los soldados con la ociosidad; faltaban las esperanzas á los que venian cebados de ellas; deteníanse las pagas: comenzó la gente de descontentarse á tomar libertad y hablar como suelen en sus cabezas. El general, hombre entrado en edad y por esto mas en cólera, mostrado á ser respetado y aun temido; cualquiera cosa le ofendia: dióse á olvidar á unos, tener poca cuenta con otros, tratar á otros con aspereza; oía palabras sin respeto, y oíanlas de él. Un campo grueso, armado, lleno de gente particular, que bastaba á la empresa de Berbería, comenzó á entorpecerse nadando y comiendo pescados frescos; no seguir los enemigos habiéndolos rompido; no conocer el favor de la victoria; dejarlos engrosar, afirmar, romper los pasos, armarse, proveerse, criar guerra en las puertas de España. Fue el marqués juntamente avisado y requerido de personas que veían el daño, y temian el inconveniente, que con la vitualla bastante para ocho dias saliese en busca de Aben Humeya. Por estos términos comenzó á ser mal quisto del comun, y de allí á pegarse la mala voluntad en los principales, aborrecerse él de todos y de todo, y todos de él.

Al contrario de lo que al marqués de Mondejar aconteció; que de los principales vino á pegarse en el pueblo; pero con mas paciencia y modestia suya, dicen que con igual arrogancia. Yo no vi el proceder del uno ni del otro; pero á mi opinion ambos fueron culpados, sin haber hecho errores en su oficio, y fuera de él, con poca causa y esa comun en algunos otros generales de mayores ejércitos. Y tornando á lo presente, nunca el marqués de Velez se halló tan proveido de vitualla, que le sobrase en el comer ordinario de cada dia para llevar consigo cuantidad, que pudiese gastar á la larga; pero vista la falta de ella, la poca seguridad que se tenia de la mar; pareciéndole que de Granada y el Andalucía, Guadix, y marquesado de Zenette, y de allí por los puertos de la Ravaha y Loh que atraviesan la sierra hasta la Alpujarra, podia ser proveido; escribió á D. Juan (aunque lo solia hacer pocas veces), que le mandase tener hecha la provision en la Calahorra; porque con ella y la que viniese por mar, se pudiese mantener el ejército en la Alpujarra y echar de ella los enemigos.

El comendador mayor, segun el poco aparejo, ninguna diligencia posible dejaba de hacer aunque fuese con peligro, hasta que tuvo en Adra puesta vitualla de respeto por tanto tiempo, que ayudado el marqués con alguna de otra parte (aunque fuese habida de los enemigos), podia guerrear sin hambre, y esperar la de Guadix: mas viendo que el marqués incierto de la provision que hallaria en la Calahorra se detenia, dábale priesa en público, y requeríale en consejo que saliese contra los enemigos. Mas dando el marqués razones por donde no convenia salir tan presto, dicen que pasó tan adelante, que en presencia de personas graves y en un consejo, le dijo: Que no lo haciendo, tomaria él la gente y saldria con ella en campo.

En Granada ninguna diligencia se hizo para proveer al marqués; porque, pues no replicaba, tuvieron creido que no tenia necesidad, y que estaba proveido bastantemente en Adra, de donde era el camino mas cauto y seguro: tenian por dificultoso el de la Calahorra; los enemigos muchos, las recuas pocas, la tierra muy áspera, de la cual decian que el marqués era poco plático. Mas el pueblo, acostumbrado ya á hacerse juez, culpábale de mal sufrido en palabras y obras igualmente, con la gente particular y comun; á sus oficiales de liberales en distribuir lo voluntario, y en lo necesario estrechos; detenerse en Adra buscando causas para criar la guerra, tenido en otras cosas por diligente: escribíanse cartas, que no faltaba adonde cayesen á tiempo; disminuíase por horas la gracia de los sucesos pasados: decian que de ello no pesaba á D. Juan, ni á los que le estaban cerca: era su parcial solo el presidente, pero ese algunas veces ó no era llamado, ó le excluían de los consejos á horas y lugares, aunque tenia plática de las cosas del reino y alteraciones pasadas. Pasó este apuntamiento hasta ser avisado el consejo por cartas de personas y ministros importantes (segun el pueblo decia), y aun reprendido, que parecia desautoridad y poca confianza, no llamar un hombre grave de experiencia y dignidad. Pero no era de maravillar que el vulgo hiciese semejantes juicios; pues por otra parte se atrevia á escudriñar lo intrínseco de las cosas, y examinar las intenciones del consejo.

Decian que el duque de Sesa y el marqués de Velez eran amigos, mas por voluntad suya que del duque: no embargante que fuesen tio y sobrino. El marqués de Mondejar y el duque émulos de padres y abuelos sobre la vivienda de Granada, aunque en público profesasen amistad: antigua la enemistad entre los marqueses y sus padres, renovada por causas y preeminencias de cargos y jurisdicciones; lo mismo el de Mondejar y el presidente, hasta ser maldicientes en procesos el uno contra el otro: Luis Quijada envidioso del de Velez, ofendido del de Mondejar; porque siendo conde de Tendilla, no quiso consentir al marqués su padre que le diese por mujer una hija que le pidió con instancia; amigo intrínseco de Eraso, y de otros enemigos de la casa del marqués. El duque de Feria[52], enemigo atrevido de lengua y por escrito del marqués de Mondejar; ambos dende el tiempo de D. Bernardino de Mendoza, cuya autoridad despues de muerto los ofendia. El duque de Sesa y Luis Quijada á veces tan conformes, cuanto bastaba para excluir los marqueses, y á veces sobresanados por la pretension de las empresas: hablabánse bien, pero huraños y recatados, y todos sospechosos á la redonda. Entreteníase Muñatones mostrado á sufrir y disimular, culpando las faltas de proveedores y aprovechamientos de capitanes, lo uno y lo otro sin remedio. D. Juan como no era suyo, contentábale cualquiera sombra de libertad: atado á sus comisiones, sin nombramiento de oficiales, sin distribucion de dinero, armas y municiones y vituallas, si las libranzas no venian pasadas de Luis Quijada; que en esto y en otras cosas no dejaba (con algunas muestras de arrogancia) de dar á entender lo que podia, aunque fuese con quiebra de la autoridad de D. Juan; que entendia todos estos movimientos, pero sufríalos con mas paciencia que disimulacion: solamente le parecia desautoridad que el marqués de Mondejar ó el conde su hijo usasen sus oficios, aunque no estaban excluidos ni suspendidos por el rey. Tampoco dejaron de sonarse cosquillas de mozos y otros, que las acrecentaban entre el conde y ellos: tal era la apariencia del gobierno. Pero no por eso se dejaba de pensar y poner en ejecucion lo que parecia mejor al beneficio público y servicio del rey: porque los ministros y consejeros no entran con las enemistades y descontentamientos al lugar donde se juntan, y aunque tengan diferencia de pareceres, cada uno encamina el suyo á lo que conviene; pero los escritores como no deben aprobar semejantes juicios, tampoco los deben callar cuando escriben con fin de fundar en la historia ejemplos, por donde los hombres huyan lo malo y sigan lo bueno.