Dende los diez de junio á los veinte y siete de julio1569. estuvo el marqués de Velez en Adra sin hacer efecto; hasta que entendiendo que Aben Humeya se rehacia, partió con diez mil infantes y setecientos caballos, gente, como dije, ejercitada y armada, pero ya descontenta: llevó vitualla para ocho dias; el principio de su salida fue con alguna desórden. Mandó repartir la vanguardia, retaguardia y batalla por tercios; que la vanguardia llevase el primer dia D. Juan de Mendoza, el segundo D. Pedro de Padilla; y habiendo ordenado el número de bagajes que debia llevar cada tercio, fue informado que D. Juan llevaba mas número de ellos; y puesto que fuesen de los soldados particulares, ganados y mantenidos para su comodidad, y aunque iban para no volver á Adra; mandó tornar D. Juan al alojamiento con la vanguardia, pudiéndole enviar á contar los embarazos y reformarlos; cosa no acontecida en la guerra sin grande y peligrosa ocasion; con que dió á los enemigos ganado tiempo de dos dias, y á nosotros perdido. Salió el dia siguiente con haber hallado poco ó ningun yerro que reformar; llevó la misma órden, añadiendo, que la batalla fuese tan pegada con la vanguardia, y la retaguardia con la batalla, que donde la una levantase los pies, los pusiese la otra, guardando el lugar á los impedimentos; la caballería á un lado y á otro; su persona en la batalla, porque los enemigos no tuviesen espacio de entrar. Vino á Berja, y de allí fue por el llano que dicen de Lucainena, donde al cabo de él vieron algunos enemigos con quien se escaramuzó sin daño de las partes; mostrando Aben Humeya su vanguardia en que habia tres mil arcabuceros, pocos ballesteros; pero encontinente subió á la sierra: la nuestra alojó en el llano, y el marqués en Ujijar donde se detuvo un dia, y mas el que caminó: dilacion contra opinion de los pláticos, y que dió espacio á los enemigos de alzar sus mujeres, hijos y ropa, esconder y quemar la vitualla, todo á vista y media legua de nuestro campo. El dia siguiente salió del alojamiento: los enemigos mostrándose en ala, como es su costumbre, y dando grita acometieron á D. Pedro de Padilla (á quien aquel dia tocaba la vanguardia), con determinacion, á lo que se veía, de dar batalla. Eran seis mil hombres entre arcabuceros y ballesteros, algunos con armas enhastadas; víase andar entre ellos cruzando Aben Humeya bien conocido, vestido de colorado, con su estandarte delante; traía consigo los alcaides, y capitanes moriscos y turcos que eran de nombre. Salió á ellos D. Pedro con sus banderas y con los aventureros que llevaba el marqués de la Favara, y resistiendo su ímpetu, los hizo retirar cuasi todos: pero fueron poco seguidos; porque al marqués de Velez pareció que bastaba resistillos, ganalles el alojamiento, y esparcillos. Retiráronse á lo áspero de la montaña con pérdida de solos quince hombres: fue aquel dia buen caballero el marqués de la Favara, que apartado con algunos particulares que le siguieron, se adelantó, peleó, y siguió los enemigos; lo mismo hizo D. Diego Fajardo con otros. Aben Humeya apretado huyó con ocho caballos á la montaña, y dejarretándolos, se salvó á pie; el resto de su gente se repartió sin mas pelear por toda ella: hombres de paso, resolutos á tentar y no hacer jornada; cebados con esperanzas de ser por horas socorridos ó de gente para resistir, ó de navíos para pasar en Berbería; y esta flaqueza los trujo á perdicion. Contentóse el marqués con rompellos, ganalles el alojamiento, y esparcillos; teniendo que bastaba, sin seguir el alcance, para sacallos de la Alpujarra; ó que esperase mayor desórden, ó que le pareciese que se aventuraba en dar la batalla el reino de Granada, y que para el nombre bastaba lo hecho: hallóse tan cerca del camino, que con doscientos caballos acordó pasar aquella noche á reconocer la vitualla á la Calahorra, donde no hallando que comer, volvió otro dia al campo, que estaba alojado en Valor el alto y bajo. Detúvose en estos dos lugares diez dias, comiendo la vitualla que trajo y alguna que se halló de los enemigos sin hacer efecto, esperando la provision que de Granada se habia de enviar á la Calahorra, y teniendo por incierta y poca la de Adra; y aunque los ministros á quien tocaba afirmasen que las galeras habian traido en abundancia, resolvió mudarse á la Calahorra, fortaleza y casa de los marqueses de Zenette, patrimonio del conde Julian en tiempo de godos, que en el de moros tuvieron los Zenettes venidos de Berbería, una de las cinco generaciones descendientes de los alárabes que poblaron y conquistaron á África. Tuvo el marqués por mejor consejo dejar á los enemigos la mar y la montaña, que seguillos por tierra áspera y sin vitualla, con gente cansada, descontenta y hambrienta; y asegurar tierra de Guadix, Baza, rio de Almanzora, Filabres, que andaba por levantarse, y allanar el rio de Bolodui que ya estaba levantado, comer la vitualla de Guadix y el marquesado.

Mas la gente con la ociosidad, hambre y descomodidad de aposentos, comenzó á adolecer y morir. Ningun animal hay mas delicado que un campo junto, aunque cada hombre por sí sea recio y sufridor de trabajo; cualquier mudanza de aires, de aguas, de mantenimientos, de vinos; cualquier frio, lluvia, falta de limpieza, de sueño, de camas, le adolece y deshace; y al fin todas las enfermedades le son contagiosas. Andaban corrillos, quejas, libertad, derramamientos de soldados por unas y otras partes, que escogian por mejor venir en manos de los enemigos: íbanse cuasi por compañías sin órden ni respeto de capitanes. Como el paradero de estos descontentamientos, ó es amotinarse, ó un desarrancarse pocos á pocos, vino á suceder así hasta quedar las banderas sin hombres; y tan adelante pasó la desórden, que se juntaron cuatrocientos arcabuceros, y con las mechas en las serpentinas salieron á vista del campo: fue D. Diego Fajardo hijo del marqués por detenerlos, á quien dieron por respuesta un arcabuzazo en la mano y el costado, de que peligró, y quedó manco. La mayor parte de la gente que el marqués envió con él, se juntó con ellos y fueron de compañía; tanto en tan breve tiempo habia crecido el odio y desacato.

En fin llegado y alojado en el lugar, temiendo de su persona pasó á posar en la fortaleza: la gente se aposentó en el campo comiendo á libra escasa de pan por soldado sin otra vianda; pero dende á pocos dias dos libras por dia, y una de carne de cabra por semana; los dias de pescado algun ajo y una cebolla por hombre, que esto tenian por abundancia: sufrieron mucho las banderas de Nápoles con el nombre de soldados viejos, y la gente particular; quedaron en pie cuasi solas estas compañías y doscientos caballos. Tal fue el suceso de aquella jornada en que los enemigos vencidos quedaron con la mar y tierra, mayores fuerzas y reputacion; y los vencedores sin ella, faltos de lo uno y de lo otro.

En el mismo tiempo los vecinos del Padul, á tres leguas de Granada, se quejaban que habian tenido y mantenido mucho tiempo gruesa guarnicion, que no podian sufrir el trabajo, ni mantener los hombres y caballos. Pidieron que ó se mudase la guardia ó se disminuyese, ó los llevasen á ellos á vivir en otro lugar. Vínose en esto; y salidos ellos, la siguiente noche juntándose con los moros de la sierra, dieron en la guarnicion, mataron treinta soldados, y hirieron muchos acogiéndose á lo áspero: cuando el socorro de Granada llegó, halló hecho el daño y á ellos en salvo.

La desórden del campo del marqués puso cuidado á D. Juan de proveer en lo que tocaba á tierra de Baza; porque la ciudad estaba sin mas guardia, que la de los vecinos. Envió á D. Antonio de Luna con mil infantes y doscientos caballos, que estuvo dende medio agosto hasta medio noviembre sin acontecer novedad ó cosa señalada, mas del aprovechamiento de los soldados, mostrados á hacer presas contra amigos y enemigos. Puso en su lugar á D. García Manrique á la guardia de la Vega, sin nombre ó título de oficio. Vióse una vez con los enemigos, matándoles alguna gente sin daño de la suya.

Entre tanto no cesaban las envidias y pláticas contra los marqueses, especialmente las antiguas contra el de Mondejar; porque aunque sus compañeros en la suficiencia fuesen iguales, vióse que en el conocimiento de la tierra y de la gente donde y con quien habia hecho la vida, y en las provisiones por el luengo uso de proveer armadas, era su parecer mas aprobado que apacible; pero siempre seguido, hasta que el marqués de Velez subió en favor y vino á ser señor de las armas. Entonces dejaron al de Mondejar, y tornaron á deshacer las cosas bien hechas del de Velez. Mas cuando este comenzó á faltar de la gracia particular y general, tornaron sobre el de Mondejar; y temiendo que las armas de que estaba despojado tornasen á sus manos, claramente le excluían de los consejos, calumniaban sus pareceres, publicaban por una parte las resoluciones y por otra hacíanle autor del poco secreto; parecíales que en algun tiempo habia de seguirse su opinion cuanto al recibir los moriscos y despues oprimillos, que cesarian las armas y por esto la necesidad de las personas por quien eran tratadas.

Estaban nuestras compañías tan llenas de moros aljamiados, que donde quiera se mantenian espías: las mujeres, los niños esclavos, los mismos cristianos viejos daban avisos, vendian sus armas y municion, calzado, paño, y vituallas á los moros. El rey por una parte informado de la dificultad de la empresa, por otra dando crédito á los que la facilitaban, vistos los gastos que se hacian, y pareciéndole que el marqués de Mondejar, émulo del de Velez y de otros, aunque no daba ocasion á quejas, daba avilanteza á que se descargasen de culpas, diciendo que por tener él mano en los negocios eran ellos mal proveidos, y que la ciudad descontenta de él, y persuadida por el corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte que era interesado, y del presidente que le hacia espaldas, de mejor gana contribuiria con dinero, gente y vitualla hallándose ausente que presente, que de ninguno podia informarse mas clara y particularmente; envióle á mandar que con diligencia viniese á Madrid: algunos dicen que en conformidad de sus compañeros. El suceso mostró, que la intencion del rey era apartalle de los negocios. Mas porque se vea como los príncipes pudiendo resolutamente mandar, quieren justificar sus voluntades con alguna honesta razon, he puesto las palabras de la carta.

«Marqués de Mondejar, primo, nuestro capitan general del reino de Granada. Porque queremos tener relacion del estado en que al presente están las cosas de ese reino, y lo que converná proveer para el remedio de ellas, os encargamos que en recibiendo esta os pongais en camino, y vengais luego á esta nuestra corte para informarnos de lo que está dicho, como persona que tiene tanta noticia de ellas: que en ello, y en que lo hagais con toda la brevedad, nos ternemos por muy servidos. Dada en Madrid á 3 de setiembre de 1569.»