Llegó el marqués, y fue bien recebido del rey, y algunas veces le informó á solas: de los ministros fue tratado con mas demonstracion de cortesía que contentamiento: nunca fue llamado en consejo; mostrando estar informados á la larga por otra via. Muñatones, plático de semejantes llamamientos, y falto de un ojo, dijo como le mostraron la carta: que le sacasen el otro, si el marqués tornaba de allá durante la guerra. Anduvo muchos dias como suspendido y agraviado, cierto que siempre habia seguido la voluntad del rey y de solo ella hecho caudal. Mas entre los reyes y sus ministros, la parte de los reyes es la mas flaca; no embargante la informacion que el marqués dió, eran tantas y tan contrarias unas de otras las que se enviaban, que pareció juntar con ellas la de D. Enrique Manrique, alcaide que fue del castillo de Milan, y habiéndolo él dejado, estaba descansando en su casa. Pasó por Granada entendiendo lo de allí; vino á do el marqués de Velez estaba; y partió sin otra cosa de nuevo mas de errores en la guerra, cargos de unos ministros á otros dados por via de justificacion, necesidad de cargar con mayores fuerzas, crecidas las de los enemigos con la disminucion de las nuestras.
Pareció á los ministros la gente con que el marqués habia ofrecido echar los enemigos de la tierra, poca, y la oferta menos pensada; pues con doblado número no se hizo mayor efecto: y no dejaron de deshacelle el buen suceso, con decir que los moros muertos habian sido menos de lo que se escribió. Pero el rey tomando la parte del marqués respondió: que habia sido importante desbaratar y partir los enemigos, aunque no con tanto daño de ellos como se dijo; y esto mas por reprimir alguna intencion que se descubria contra el marqués, que por alaballe, como se vió dende á poco. Decia el marqués que la falta de vitualla habia sido causa de haberse deshecho su campo; cargaba á D. Juan, al consejo de Granada; quedó la suma de todo su campo en pocos mas de mil y quinientos infantes y doscientos caballos: en fin fue necesitado á recogerse dentro en el lugar, atrincherarse, y aun derribar casas por parecerle el sitio grande. Mas dende á pocos dias enviaron de Granada tanta provision, que no habiendo á quien repartilla, ni buena órden, valian cien libras de pan un real.
No estaba Granada por esto mas proveida de vitualla, ni se hacian los partidos de ella con mayor recatamiento, aunque el presidente remediaba parte del daño con industria; ni en lo que tocaba á la gente y pagas se guardaban las órdenes de D. Juan, á quien tampoco perdonaba el pueblo de Granada; libre y atrevido en el hablar, pero en presencia de los superiores siervo y apocado; movido á creer y afirmar facilmente sin diferencia lo verdadero y lo falso; publicar nuevas ó perjudiciales ó favorables, seguillas con pertinacia: ciudad nueva, cuerpo compuesto de pobladores de diversas partes, que fueron pobres y desacomodados en sus tierras, ó movidos á venir á esta por la ganancia; sobras de los que no quisieron quedar en sus casas, cuando los Reyes católicos la mandaron poblar; como es en los lugares, que se habitan de nuevo. No se dice esto porque en Granada no haya tambien nobleza escogida por los mesmos reyes cuando la república se fundó, venida de personas excelentes en letras, á quien su profesion hizo ricos, y los descendientes de unos y otros nobles de linaje ó de ánimo y virtud, como en esta guerra lo mostraron no solamente ellos, pero el comun; mas porque tales son las ciudades nuevas, hasta que envejeciéndose la virtud y riqueza, la nobleza se funda. Discurrian las intenciones libres por todos sin perdonar á ninguno, y las lenguas por los que osaban, y no sin causa; porque en guerra de mucha gente, de largo tiempo, varia de sucesos, nunca faltan casos que loar ó condenar. Las compañías de Granada eran tan faltas y mal disciplinadas, que ni con ellas se podia estar dentro, ni salir fuera; pero la mayor desórden fue que habiendo mandado el rey castigar con rigor los soldados que se venian del marqués de Velez, y procurando D. Juan que se pusiese en ejecucion; cansados los ministros de ejecutar y D. Juan de mandar, visto lo poco que aprovechaba, se tomó expediente de callar; y por no quedar del todo sin gente, consentir que las compañías se hinchiesen de la que desamparaba las banderas del marqués, no sin alguna sombra de negligencia ó voluntad; la cual fue causa de que viniese el campo á quedar deshecho, y los enemigos señores de mar y tierra, campeando Aben Humeya con siete mil hombres, quinientos turcos y berberíes, sesenta caballos; mas para autoridad que necesidad.
Ya Jergal en el rio de Almería, lugar del conde de la Puebla, se habia levantado á instancia de Portocarrero mayordomo suyo: ó por la habilidad ó por el barato ocupó la fortaleza con poca artillería y armas, y echando de ella al alcaide puso gente dentro; mas él dende á poco dió en las manos del conde de Tendilla, y fue atenazado en Granada. Estaba tambien levantado el valle y rio de Bolodui, paso entre tierra de Guadix, Baza y la mar confinante con el Alpujarra. El marqués por tener ocupada la gente, darle alguna ganancia, mantener la reputacion de la guerra, determinó ir en persona sobre él, habiéndolo consultado con el rey, que le remitió la ida ó á allí, ó á tierra de Baza en caso que la gente no fuese tan poca, que no llegase á número de los cinco mil hombres. Llevando pues á D. Juan de Mendoza sin gente, con la de D. Pedro de Padilla, y parte de la que D. Rodrigo de Benavides tenia en Guadix, alguna otra de amigos y allegados que seguian la guerra, doscientos y cincuenta caballos, partió á deshacer una masa de gente que entendió juntarse en Bolodui, temiendo que dañase tierra de Baza, y pusiesen á D. Antonio de Luna en necesidad, y juntándose con ellos Aben Humeya, pasase el daño adelante. Partió de la Calahorra, vino á Fiñana, llevando la vanguardia D. Pedro de Padilla con las banderas de Nápoles. Habia nueve leguas de Fiñana al lugar donde los enemigos se recogian; mas no pudiendo caminar á pie los soldados tan gran trecho, fueron necesitados á quedar la noche cansados y mojados (porque el rio se pasa muchas veces), á dos leguas de los enemigos; inconveniente que acontece á los que no miden el tiempo con la tierra, con la calidad y posibilidad de la gente. Los moros, apercebidos de la venida de los nuestros, dieron avisos con fuegos por toda la tierra, alzaron la ropa y personas que pudieron. Habíase adelantado con la caballería el marqués tomando consigo cuatrocientos arcabuceros á las ancas de los caballos y bagajes; mas cansados unos y otros dejaron la mayor parte. Los enemigos aguardando ora á un paso del rio, ora á otro, segun vian que nuestra caballería se movia, ora haciendo alguna resistencia, se acogieron á la sierra. Dejaban muchos bagajes, mujeres y niños, en que los soldados se ocupasen; y viéndolos embarazados con el robo, sin espaldas de arcabucería, hicieron vuelta, cargando de manera, que los nuestros fueron necesitados á retirarse con pérdida, no sin alguna desórden, aunque todavía con mucho de la presa. Parte de la caballería se acogió fuera de tiempo, disculpándose que no se les hubiese dado la órden, ni esperado la arcabucería que dejaban atrás. Pero el marqués viendo que la retirada era por conservar el robo (causa que puede con la gente mas que otra), envió persona con veinte caballos y algunos arcabuceros, que con autoridad de justicia quitase á la caballería la presa, para que despues se repartiese igualmente, llamando á la parte los soldados de D. Pedro de Padilla que quedaron atrás. El comisario, hallando alguna contradiccion, compró tres esclavas: una de las cuales se ofreció á descubrille gran cantidad de ropa y dineros; mas ella viéndose en la parte que deseaba hizo señas, á que se juntaron muchos moros: mataron algunos caballos y todos los arcabuceros; salvóse el comisario á la parte contraria del marqués, corriendo hasta Almería diez leguas de donde comenzó á salvarse, y todas por tierras de enemigos: quedaron los caballos con la presa, pero tan ocupados, que fueron de poco provecho, y el marqués por esto tornó retirándose con órden (aunque cargándole los enemigos) hasta juntar consigo la gente de D. Pedro. Dende allí vino á Fiñana con mucha parte de la cabalgada, y con igual daño de muertos y heridos. Mas entendiendo que los moros de la sierra de Baza y rio de Almanzor andaban en cuadrillas, y desasosegaban la tierra, temiendo que llevasen tras sí los lugares de aquella provincia, y Filabres, donde tenia su estado, gruesos y fuertes, y que las fuerzas de D. Antonio de Luna no serian bastantes á resistillos; partió en principio de invierno, con mil infantes y doscientos y cincuenta caballos que tenia, para Baza. Pero D. Antonio, hombre prevenido (dicen que con órden de D. Juan), dejó la gente antes que llegase el marqués, y volvió á servir su cargo en Granada; ó por haber oido que no se entendia blandamente con las cabezas de la gente; ó porque tuvo por mas á propósito de su autoridad ser mandado de D. Juan, que entonces gastaba su tiempo en mantener á Granada á manera de sitiado, contra las correrías de los enemigos: descontento y ocioso igualmente, mas deseando y procurando comision del rey para emplear su persona en cosa de mayor momento. Las cabezas de su gente con cualquier liviana ocasion no dejaban de mostrarse en todas partes de la ciudad, corriendo las calles armados (puesto que vacía de enemigos) inciertos á que parte fuese el peligro, siguiendo esos pocos por las mismas pisadas que salian, sin haber atajado la tierra, hasta dejallos en salvo y recogidos á la montaña. Llaman atajar la tierra en lengua de hombres del campo, rodealla al anochecer y venir de dia para ver por los rastros, que gente de enemigos y por que parte ha entrado ó salido. Esta diligencia hacen todos los dias personas ciertas de pie y de caballo, puestos en postas que cercan á la redonda la comarca, y llámanlos atajadores, oficio de por sí y apartado del de los soldados; porque no se hacia esta diligencia en tierra escura y doblada, y en lugar que aunque grande, no era el circuito extendido, y eran los pasos ciertos, no pude entender la causa.
Aben Humeya, viéndose libre del marqués de Velez, con los siete mil hombres que tenia se puso sobre Adra con ánimo de tomar el lugar, que pensaba estar desamparado; mas viendo que perdia el tiempo, pasó á Berja, y quísola batir con dos piezas; pero levantóse de allí: corrió y estragó la tierra del marqués de Velez, el lugar de las Cuevas; quemó los jardines, dañó los estanques, todo guardado con curiosidad de mucho tiempo para recreacion; acometiendo llegar á los Velez en sierra de Filabres, tornó á Andarax, donde como asegurado de la fortuna vivia ya con estado de rey; pero con arbitrio de tirano, señor de las haciendas y personas, tenido por manso engañaba con palabras blandas; mas para quien recatadamente le miraba, oscuras y suspensas, de mayor autoridad que crédito: codicia en lo hondo del pecho, rigor nunca descubierto sino cuando habia ofendido, y entonces sosegado como si hubiera hecho beneficio, queria gracias de ello. Contaba el dinero y los dias á quien mas familiar trataba con él, y algunos de estos á que pensaba ofender escogia por compañeros de sus consejos y conversacion. Tal era Aben Humeya; y puesto que entre nosotros fuese tenido por inocente y llamado D. Hernandillo de Valor, el oficio descubrió cual es el hombre. Con todo esto duró algunos dias que le hacian entender que era bien quisto, y él lo creía, ignorante de su condicion; hasta que el vulgo comenzó á tratar de su manera, de su vida, de su gobierno, todo con libertad y desprecio, como riguroso y tenido en poco. Apartáronse de su servicio descontentas algunas cabezas, que tomaron avilanteza; en tierra de Granada, el Nacoz; en la de Beza, Maleque; en la de Almuñecar, Giron; en la de Velez, Garral; en el rio de Almería, Mojajar; en el de Almanzora, Aben Mequenun, que decian Portocarrero, hijo del que levantó á Jergal; y al fin Farax, uno de los principales que fueron en hacelle rey. Cargábanle culpas, escarnecíanle; burlaban de su condicion sus mismos consejeros: señales que por la mayor parte preceden á la destruicion del tirano. Quejábanse los turcos, entre otros muchos, que habiendo dejado su tierra por venir á serville, no los ocupaba donde ganasen: descontentos y entretenidos con sueldos ordinarios. Mas él, espacioso, irresoluto hasta su daño, tanto dilató la respuesta que se enemistó con ellos, habiéndolos traido para su seguridad; y despues proveyó fuera de tiempo. Traía en el ánimo quemar y destruir á Motril, lugar guardado con alguna ventaja de como solia; pero grande, abierto, llano, y á la marina. Mas por descuidar los nuestros, acordó enviar fingidamente los turcos (para mandallos tornar) á las Albuñuelas, frontera de Granada, mostrando querer que fuesen regalados y mantenidos en el vicio y abundancia del valle de Lecrin, el uno de tres barrios fuertes, las espaldas á la sierra. Entre los amigos de quien mas fiaba, era uno Abdalá Abenabó de Mecina de Bombaron, primo suyo, y tambien de la sangre de Aben Humeya, alcaide de los alcaides, tenido por cuerdo y animoso, de buena palabra, comunmente respetado, usado al campo, y entretenido mas en criar ganados que en el vicio del lugar. Á este mandó ir por comisario general para que los alojase y mandase, y los capitanes estuviesen á su obediencia; dióle órden que donde le tomase otro mandado suyo tornase con ellos y la mas gente que pudiese juntar, trayendo vitualla para seis dias; que él avisaria del lugar donde debia ir. Partieron seiscientos hombres, cuatrocientos turcos y doscientos berberíes en el mismo hábito, todos arcabuceros; eran sus capitanes á la sazon Hhusceni y Carabaji. Apenas llegaron á Cadiar, cuando Aben Humeya despachó un correo dando gran priesa que volviesen aquella noche á Ferreira. De aquí se tramó su muerte. Trataré de mas lejos la verdadera causa de ella, por haberse publicado diferentemente.
El principio fue descontentamiento de los turcos, mostrados á mandar su rey en Berbería; temor que de él tenian sus amigos; poca seguridad de las personas y haciendas; sospechas que se entendia con nosotros. Y el tratado fue tal luego que le eligieron, que ninguno en su compañía tuviese morisca por amiga, sino por legítima mujer; y guardábase esto generalmente. Mas habia entre las mujeres una viuda, mujer que fuera de Vicente de Rojas, pariente de Rojas, suegro de Aben Humeya: mujer igualmente hermosa y de linaje, buena gracia, buena razon en cualquier propósito, ataviada con mas elegancia que honestidad; diestra en tocar un laud, cantar, bailar á su manera y á la nuestra, amiga de recoger voluntades y conservallas. Á esta se llegó un primo suyo, como es costumbre entre parientes, despues de muerto el marido en la guerra, de quien Aben Humeya se fiaba, llamado Diego Alguacil; vivian juntos, comunicábanse mas que familiarmente: trataba él con Aben Humeya loando sus buenas partes y conversacion, tanto que á desearla ver le inclinó; y contento de ella, por no ofender al amigo, disimulábalo; ausentábale con comisiones: pudo en fin mas el apetito que el respeto; y mandó al primo que no embargante que fuese casado con otra, la tomase por mujer; rehusándolo, trújola el rey como en depósito á su casa, y usó de ella por amiga. Avisó de ello la viuda á su primo mostrando descontentamiento, ofendida entre tantas mujeres de no ser tenida por una de ellas; estar forzada, y holgar de verse fuera de sujecion, habiendo aparejo; que Aben Humeya, celoso de él y sospechoso de venganza, buscaba ocasion para matalle. Huyó Alguacil, y juntándose con una cuadrilla de mozos ofendidos por otras causas, andaba recatado sin entrar en Valor. Mas dende á pocos dias supo de la misma como Aben Humeya enviaba los turcos á cierta empresa, yendo á juntarse con ellos por la ganancia; trújole á las manos el caso al mensajero, y sabiendo de él como iba á llamar los turcos, le mató; y tomándole las cartas usó de semejante ardid, que el conde Julian con los capitanes del rey D. Rodrigo en Ceuta. No sabia escribir Aben Humeya, y firmar mal en arábigo; pero servíale de secretario y firmaba algunas veces por él un sobrino del Alguacil, que á la sazon se halló con su tio; él tambien agraviado. En lugar de la carta escribieron otra para Abenabó en que le mandaba que tornando aquella noche con los turcos á Mecina, y juntándose con la gente de la tierra y cien hombres que llevaria consigo Diego Alguacil, los degollase con sus capitanes durmiendo y cansados; lo mismo hiciese de Alguacil, despues de haberse valido de él. Envió con esta carta un hombre de confianza, midiendo el tiempo de manera que llegasen él y el mensajero á Cadiar, cuasi á una misma hora. Dió el hombre la carta poco antes, y llegó Diego Alguacil, hallando confuso y maravillado á Abenabó: díjole como traía la gente consigo; mas que no pensaba hallarse en tal crueldad, por ser personas que habian venido á favorecer su casta fiados de él, y ellos puesto la vida por sus haciendas, por su libertad y por sus vidas: cansados ya de servir á un hombre voluntario, ingrato, cruel, ¿qué podian esperar sino lo mismo? Bueno de palabras, mas de ánimo malo y perverso; que no habia mujeres, no haciendas, no vidas con que hartar el apetito, la sed de dinero y sangre. Pasó Hhusceni, capitan de los turcos (persona de crédito entre ellos, tenido por cuerdo, valiente y amigo del rey), antes que Abenabó le respondiese; quísole hablar alterado, y Abenabó, ó porque el otro no le previniese, ó con temor que le matasen los turcos, ó con ambicion y cebo del reino, mostró la carta á Caravaji y Hhusceni, en que hacia compañero suyo en la traicion á Diego Alguacil, y de los turcos en la muerte; dicen que todo á un tiempo: sacó el mesmo Alguacil una conficion que suelen usar para salir de sí cuando han de pelear y á veces para emborracharse, hecha con apio y simiente de cáñamo, fuerte para dormir sueño pesado; esta, dijo, que habian de dar á los capitanes y cabezas en la cena con el beber, sedientos y cansados del camino, á manera de la que llaman los alárabes alhajij. Entendiendo el hecho, resolvieron entre sí de descomponer y matar á Aben Humeya, parte por asegurarse, parte por roballe, persuadiéndose que tenia gran tesoro, y hacer á Abenabó cabeza. Juntaron consigo la gente de Diego Alguacil, y con silencio caminaron hasta Andarax, donde Aben Humeya estaba: aseguraron la centinela como personas conocidas, y que se sabia habellos enviado á llamar. Pasaron el cuerpo de guardia, entraron en la casa que era en el barrio llamado Laujar, quebraron las puertas del aposento: halláronle desnudo, medio dormido, y vilmente entre el miedo y el sueño, y dos mujeres, embarazado de ellas, especialmente de la viuda amiga de Diego Alguacil que se abrazó con él, fue preso en presencia de los que él trataba familiarmente: hombres bajos (que á tales tenia mayor inclinacion, y daba crédito), criados suyos, el Mejuar, Barzana, Deliar, Juan Cortés de Pliego y su escribano que era del Deire; teniendo veinte y cuatro hombres dentro en casa, cuatrocientos de guardia, mil y seiscientos alojados en el lugar, no hizo resistencia: ninguno hubo que tomase las armas, ni volviese de palabra por él. Mas como solo el que es rey puede mostrar á ser rey un hombre; así solo el que es hombre puede mostrar á ser hombre un rey. Faltó maestro á Aben Humeya para lo uno y lo otro; porque ni supo proveer y mandar como rey, ni resistir como hombre. Atáronle las manos con un almaizar, juntáronse Abenabó, los capitanes, y Diego Alguacil delante de la mujer á tratar del delito y la pena, en su presencia leyéronle y mostráronle la carta, que él como inocente y maravillado negó: conoció la letra del pariente de Diego Alguacil; dijo que era su enemigo, que los turcos no tenian autoridad para juzgalle; protestóles de parte de Mahoma, del emperador de los turcos, y del rey de Argel, que le tuviesen preso dando noticia de ello y admitiendo sus defensas. Mas la razon tuvo poca fuerza con hombres culpados y prendados en un mismo delito, y codiciosos de sus bienes: saqueáronle la casa, repartiéronse las mujeres, dineros, ropa, desarmaron y robaron la guardia; juntáronse con los capitanes y soldados, y otro dia de mañana determinaron su muerte. Eligieron á Abenabó por cabeza en público, segun lo habian acordado en secreto, aunque mostró sentimiento y rehusallo, todo en presencia de Aben Humeya, el cual dijo, que nunca su intencion habia sido ser moro; mas que habia aceptado el reino por vengarse de las injurias, que á él y á su padre habian hecho los jueces del rey D. Felipe, especialmente quitándole un puñal y tratándole como á un villano, siendo caballero de tan gran casta; pero que él estaba vengado y satisfecho, lo mismo de sus enemigos, de los amigos y parientes de ellos, de los que le habian acusado y atestiguado contra él y su padre, ahorcándolos, cortándoles las cabezas, quitándoles las mujeres y haciendas: que pues habia cumplido su voluntad, cumpliesen ellos la suya. Cuanto á la eleccion de Abenabó, que iba contento; porque sabia que haria presto el mismo fin: que moria en la ley de los cristianos, en que habia tenido intencion de vivir, si la muerte no le previniera. Ahogáronle dos hombres: uno tirándole de una parte y otro de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; él mismo se dió la vuelta como le hiciesen menos mal; concertó la ropa, cubrióse el rostro.
Tal fin hizo Aben Humeya, en quien despues de tantos años revivió la memoria de aquel linaje, que fue uno de los en cuya mano estuvo la mayor parte de lo que entonces se sabia en el mundo. La ocasion convida á considerar, que como todo lo que en él vemos se mantenga por partes, que juntas le dan el ser, y una de ellas sea las castas ó linajes de los hombres; estas como en unos tiempos parece estar acabadas hasta venir á pobres labradores, así en otros salen y suben hasta venir á grandes reyes. Pero muchas veces el Hacedor de todo no hallando sujeto aparejado, produce cosas diminuidas semejantes á las grandes, como fruto en tierra cansada ó olvidada; ó como queriendo hacer hombre hace enano, por falta de sujeto, de tiempo, de lugar. No habia en el pueblo de Granada moriscos, fuerzas, ocasion, ni aparejo, para crear y mantener rey: salió de un comun consentimiento de muchas voluntades juntas (hombres que se tenian por agraviados y ofendidos), hecho un tirano con sombra y nombre de rey; y este descendiente de casta olvidada, mas que tanto tiempo habia señoreado. Dicen que de una sola hija que tuvo Mahoma llamada Fátima, y de Hali Abenseib vinieron dos linajes; uno de Aben Humeya[53], otro de Abenhabet, cuya cabeza fue Abdalá Abenhabet Miramamolin, señor de España, que echó los berberíes del reino de ella, y el postrero Juseph Hali Atan, á quien echó del reino Abdurrabi Menhadali, cabeza del linaje de Aben Humeya, hasta el último Hiscen que reinó en discordia, que habiéndole los de Córdoba echado del reino con ayuda de Habúz, rey de Granada, uno del mismo linaje escogió ser electo rey por un solo dia, con condicion que le matasen pasadas las veinte y cuatro horas: eligiéronle, y matáronle, y acabaron juntos el linaje de Aben Humeya, y el reino de Córdoba. Los que descendian de este rey de un dia vinieron á poblar las montañas de Granada; y los moros establecieron por ley, que ninguno del linaje de Aben Humeya pudiese reinar en Córdoba. Porque si despues reinaron en el Andalucía los almoravides, y almohades, y el linaje de Abenhut, ya no tuvieron á Córdoba por cabeza del reino, hasta que vino á poder del santo rey D. Fernando el Tercero. Esto se ha dicho por muestra, y acordar que no hay reino perpetuo, pues vino á desvanecerse un reino tan poderoso, como fue el de Córdoba.
Tomado por cabeza Abdalá Abenabó, diéronle mando sobre todo por tres meses, hasta que viniese confirmacion del rey de Argel y título de rey; envió con Ben Daud, morisco tintorero en Granada, inventor y tramador del levantamiento, á dar nueva de su eleccion al rey de Argel: dióle dineros y oro para presentar; diéronle los capitanes cada uno por su parte ayuda con que fuese, y quedó allá; y envió la aprobacion mucho antes del tiempo. Hicieron con Abenabó la ceremonia, pusiéronle en la mano izquierda un estandarte y en la derecha una espada desnuda; vistiéronle de colorado, levantáronle en alto, y mostráronle al pueblo, diciendo: Dios ensalce al rey de la Andalucía y Granada Abdalá Abenabó: diéronle generalmente la obediencia los pueblos de moriscos que no la habian dado á Mahomet Aben Humeya, y los capitanes, exceptos Aben Mequenun que llamaban Portocarrero, hijo del que levantó á Jergal con cuatrocientos hombres en el rio de Almanzora, que tambien el duque de Arcos mandó justiciar en Granada; y en tierra de Almuñecar y Almijara, Giron el Archidoni, que murió reducido y perdonado en Jayena. Hizo repartimiento de las alcaidías y gobierno en hombres naturales de las mismas tahas: escogió para su consejo seis personas demás de los capitanes turcos Caracax, y D. Dali capitan; porque Caravaji, luego como se hizo la eleccion, partió á Berbería con ocasion de traer gente. Eligió por capitan general para los rios de Almería, Bolodui, y Almanzora, sierras de Baza y Filabres, tierra del marquesado de Zenette y Guadix, al que llamaban el Habaqui[54], por cuyo parecer se gobernaba en todo: otro de Sierra Nevada, tierra de Velez, el valle, el Alpujarra, y Granada, á quien decian Joaibi de Guejar: á estos obedecian los otros capitanes de tahas; por alguacil, que despues del rey es el supremo magistrado, á su hermano Muhamet Abenabó. Envió á Hoscein con otro presente de cautivos al rey de Argel, pidiéndole gente y armas: juntó un ejército ordinario de cuatro mil arcabuceros, que alojase la cuarta parte cerca de su persona; la guardia de doscientos arcabuceros; fuera del lugar las centinelas apartadas y perdidas, que ni se acogen al cuerpo de guardia, sino á lo alto ó lejos, ni se les da otro nombre mas de un contraseño de los caminos, que es dejar pasar solamente al que viniere por parte señalada, y á los que vinieren por otra parte detenellos ó dar arma; dende allí avisan por donde vienen los enemigos. Tienen siempre atalayas de noche y de dia por las cumbres; llaman al sarjento mayor alguacil de la guardia, que reparte y requiere las centinelas, ordena la gente, alójala, hace justicia en el cuerpo de guardia: dentro en la casa residen veinte arcabuceros, á que dicen porteros. Fue poco á poco comprando y proveyéndose de armas traidas de Berbería, ó habidas de las presas en gran cuantitad, que repartió á bajos precios entre la gente: llegó de esta manera á tener ocho mil arcabuceros; el sueldo de los turcos eran ocho ducados al mes, el de los moriscos la comida. Con estos principios de gobierno, con la necesidad de cabeza, con la reputacion de valiente y hombre del campo, con la afabilidad, gravedad, autoridad de la presencia, con haber padecido en la persona por tormentos siendo esclavo, fue bien quisto, respetado, obedecido, tenido como rey generalmente de todos.
Mandó en este tiempo D. Juan que Pedro de Mendoza fuese á visitar el presidio de Orgiba con órden que sirviese en lugar de Francisco de Molina, porque entendia estar indispuesto, sabiendo que Abenabó nuevo rey juntaba gente para venir sobre la plaza. Mas sucedió una novedad trasordinaria siendo siete leguas de Granada, como las que suelen acontecer en las Indias á tres mil de España; que de cinco banderas, sola una con su capitan D. García de Montalvo quedó libre sin amotinarse; y acusando á Francisco de Molina á una voz de estar loco, y pedian por cabeza á Pedro de Mendoza. Las señales que daban de su locura; que los apretaba con rigor á las guardias, que estando enfermo los requeria, que no dormia de noche, hombre rico y recatado, que falto de gente particular ayudaba con dineros á los que enviaba con licencia por cobrar crédito, para que viniesen otros; repartia la vitualla por tasa como quien sospechaba cerco. Pero visto que se encaminaba á motin, quiso prender los capitanes; y sosegándolos, procuró que Pedro de Mendoza saliese de Orgiba: mas por satisfacer la gente que estaba ociosa y descontenta, y proveerse de vitualla, envió la compañía de Antonio Moreno con su alférez Vilches á correr en el Cehel; que atajados por los moros en el barranco de Tarascon, fueron todos muertos sin escapar mas de tres soldados.