“El partido whig sacó a la plaza dos piezas de artillería de bronce pertenecientes al Estado, e hiciéronse salvas. Con tanta simultaneidad y presteza fueron disparados ambos cañones, que por lo pronto creí que era todo un parque de artillería. Preguntando cómo los cañones del Estado podían ser prestados para celebrar un triunfo de partido, se me dijo que estaban igualmente al servicio del partido opuesto cuando tenía alguna victoria que celebrar.
“Hoy visitamos a Salem, una ciudad marítima a cosa de 14 millas de distancia de Boston, más abajo de la bahía de la costa del Norte. Era día de elecciones en el Estado. Yo visité una de las mesas y encontré hombres a la puerta teniendo las listas de los candidatos rivales, y ofreciéndolas a cada votante en el acto de entrar. No sin dificultad pude persuadirles de que yo no era votante. El votante se presenta al secretario de la mesa y anuncia su nombre; búscase éste en el registro, se marca, echa el voto en la urna y se va. Todo se hallaba tranquilo, y sólo unos cuantos individuos estaban estacionados en el lugar de la votación, conversando y calculando las probabilidades.
“Las elecciones de Boston han sido publicadas, y a consecuencia de una escisión del partido whig con motivo de la licence-law, aquel partido ha perdido por una gran diferencia. Por la ley, debe concurrir mayoría sobre el número de electores para que haya elección. Tres listas de candidatos se presentaron en las mesas. Una por los candidatos democráticos; otra por los whigs que eran contra la licence-law (ley prohibiendo vender aguardiente por menos cantidad de quince galones) y otra por los whigs, sin expresión de opinión alguna sobre aquella cuestión. Sólo aquellos individuos cuyos nombres se hallaban en ambas listas whigs tuvieron mayoría sobre el número de votantes y fueron electos. Debe haber una nueva elección para los que tenían menos, y que no son electos por tanto.
“Espero con toda confianza que como el partido whig ha triunfado en el Estado de Nueva York, propondrá y sancionará un bill para que se establezca un registro de votantes en aquel Estado, en donde actualmente no sólo prevalece el sufragio universal (excluyendo pobres de solemnidad y difamados), sino que la calificación se hace en las mesas, circunstancia que ha conducido a las más groseras falsificaciones, y dado lugar a prácticas vergonzosas en la última elección, particularmente en la ciudad de Nueva York”.
“Alborotos en Harrisburg. Harrisburg, una villa a orillas del Susquehannah, cerca de ciento cinco millas de Filadelfia, es la capital política de la Pensilvania, en donde tiene sus sesiones la legislatura del Estado. La legislatura se reunió a principios de Diciembre; pero, a consecuencia de una disputa con respecto a un informe, dos speakers fueron elegidos, y se organizaron dos cámaras de diputados. Esto se hizo tranquilamente. Sin embargo, cuando comenzó la sesión anual del Senado en la tarde del mismo día, estaba reunido un atropamiento con el intento de imponer a aquel cuerpo la marcha que había de seguir. El Senado postergó sus sesiones, y el atropamiento organizó una comisión de salvación, que dirigía sus procedimientos. El desorden reinó por algunos días sin que ninguna de las dos cámaras de la legislatura pudiese celebrar sesiones con regularidad. “La cámara ejecutiva, y el departamento de Estado fueron cerrados, dice el gobernador Ritner, y la confusión y la alarma prevalecieron en el asiento del gobierno”. La milicia fué convocada, y obedeció a la intimación. Su presencia sin derramar sangre, disipó todo lo que mostraba síntomas de violencia declarada, y bajo su protección los miembros de la legislatura quedaron en libertad de arreglar a su modo sus propias diferencias.
“Grande era la excitación, no sólo en Harrisburg, pues el asunto despertó por toda la Unión un vivísimo interés. Quien no esté habituado con el pueblo y las instituciones, se habría imaginado al recorrer los informes de los diarios, que había comenzado en Pensilvania una nueva revolución y una guerra civil; mas estas impresiones se desvanecen viendo las cosas de cerca. En cuanto me fué posible entenderlo, los motivos de la disputa eran los siguientes: Una enmienda importantísima a la Constitución del Estado había sido últimamente adoptada por el pueblo, la cual debía tener efecto el 1 de Enero de 1839. Debe tenerse presente que las recientes elecciones acababan de dar preponderancia al partido democrático en los tres ramos de la legislatura; y cuando el gobernador democrático Porter entró en funciones en Enero, hubo muchos cambios de empleados whigs para instalar en su lugar a sus oponentes. Los partidos, sin embargo, están de tal manera contrabalanceados, que la lucha por el poder es de vida o de muerte, y no hay resorte legal y político que no se toque por el partido whig para mantenerse en los empleos, y por los demócratas para expulsarlos. La sala de representantes se compone de cien miembros. De éstos hay electos sin disputa:
| Miembros democráticos | 48 | |
| Id. whig | 44 | |
| Mientras hay ocho asientos del condado de Filadelfia disputados y pretendidos por ambos | 8 | |
| 100 | ||
“El condado (sin la ciudad) está dividido en diez y siete distritos, y cada distrito nombra una persona, en todo diez y siete individuos, cuyo deber es hacer el escrutinio de los votos. Los diez y siete jueces reunidos examinaron los votos, recibieron pruebas, oyeron consejos de ambas partes, y por una mayoría de diez votos contra siete desecharon los votos de los liberales del Norte, y prefirieron los ocho candidatos democráticos. Pasaron al secretario de Estado estos miembros, como debidamente electos. Según ellos, la forma legal de pasar el informe estaba llenada; a saber, dieron certificado de que las personas nombradas tenían el mayor número de votos para sus respectivos oficios, y que ellos, los jueces, los declaraban estar debidamente electos. La minoría, sin embargo, era de opinión que conforme a la ley, la mayoría de los diez y siete jueces había excedido sus poderes constitucionales, declarando quiénes eran los electos. Según su interpretación de la ley, los diez y siete eran meros oficiales ministeriales, cuyos deberes eran sólo de escribanos, y consistían en sumar el total de votos sufragados por cada candidato en su distrito, e informar de ello a los oficiales correspondientes. La ley no les da poder para desechar el voto de un distrito o de parte de un distrito. La minoría whig, por tanto, dió un certificado a los siete candidatos suyos, de conformidad a su manera de ver la ley, y lo despacharon inmediatamente al secretario de Estado, que era también whig. Este certificado llegó antes del de los demócratas, y cuando el último llegó, se negó aquél a recibirlo alegando que ya había recibido un informe, que era su deber presentar a la Sala, dejándole a ésta la incumbencia de obrar según lo creyese conveniente. Según la ley, los individuos que traen certificado de los oficiales que extienden el informe, toman sus asientos y votan hasta que sean desposeídos por un voto de la Sala, a petición de sus oponentes. Si estos siete whig hubiesen entrado en la Sala de representantes y votado, habrían dado a su propio partido una mayoría temporal por lo menos, y bajo su ascendiente nombrado un speaker (presidente), un secretario, y acaso un tesorero de Estado y un auditor, además de un senador del Estado de Pensilvania al Congreso de los Estados Unidos.
“El partido democrático, considerándose en posesión bona fide de la mayoría de votos, y de haberse hecho un informe legal, no quería someterse a ser desposeído de sus ventajas, por lo que él designaba como un fraude whig; mientras que los whig, creyéndose tener certificados en regla, insistían por ocupar sus asientos hasta que sus oponentes obtuviesen una decisión de la Sala rechazando sus pretensiones.
“Fácil es colegir la magnitud de los desórdenes que se siguieron a este conflicto. Los dos partidos estaban casi contrabalanceados, y sus temores y esperanzas excitados profundamente. El pueblo mismo es el poder dominante, y cuando está excitado, no teme responsabilidad alguna legal, sino que lleva a efecto sus deseos y convicciones en el modo que mejor cuadra a las exigencias del momento. Apelará a las leyes cuando el mal de que se queja no se hace irremediable con la demora; pero, en el caso presente, si los demócratas hubiesen dejado a sus oponentes tomar posesión de sus asientos, el daño se habría perpetrado ipso facto, y recurrieron a un alboroto para impedirlo. En cualquier país de Europa, (¿qué diremos del resto de América?) un asalto tumultuoso sobre la legislatura, si hubiese tenido efecto, habría sido el precursor de una revolución; pero aquí es un suceso de importancia muy subalterna. En los Estados Unidos una revolución no puede conducir a otra cosa que a la pérdida de la libertad. El sufragio es punto menos que universal, y el pueblo elige, directa o indirectamente, no solamente la legislatura, sino todos los empleados del Estado. Las imaginaciones más desarregladas no pueden idear una forma más democrática de gobierno; y como no hay clase aristocrática que tenga intereses separados ni sentimientos diversos de los del pueblo que pudiese usurpar el poder, una revolución conduciría al despotismo. Los Estados están muy lejos de aquellas condiciones en que el despotismo se hace posible. No hay una multitud pobre, ignorante y sufriente, que un ambicioso pueda arrastrar a prestarle su fuerza física para echar por tierra las libertades de su país. Una gran porción de electores son dueños de fincas, mientras que la más humilde clase posee propiedad y algún grado de inteligencia. Todos han sido educados en el amor, no sólo de la libertad, sino también del poder. No hay desórdenes sociales dignos de mención, y los que existen no son de naturaleza de inducir a los ricos a desprenderse de su libertad, a trueque de asegurar la salvación de sus vidas y propiedades. Generalmente hablando, la justicia de hombre a hombre es hecha bien y ejecutada vigorosamente. Solamente cuando el gobierno obra contra el pueblo, o el pueblo está poseído del frenesí de hacer mal por medio de los tumultos, se sienten débiles los poderes ejecutivo y judicial. Estas ocurrencias son raras y nacen de causas temporales y específicas. No hay descontento general, reforzándose secretamente hasta que se halla en actitud de estallar por entre de las junturas que la ley deja, buscando desagravio en la anarquía y en el derramamiento de sangre. Toda injusticia es sentida, y proclamada por mil lenguas a guisa de trompetas, pintándola con las formas más exageradas; y como el pueblo domina absolutamente en la legislatura y en el ejecutivo, no puede durar hasta hacerse verdaderamente formidable. Mirados a la distancia los gobiernos de los Estados particulares, pueden aparecer tan débiles que se crea a la sociedad constantemente expuesta a la anarquía; pero cuando se examina de cerca la condición del pueblo, se ve que faltan los elementos de anarquía. Estos gobiernos apoyados en los intereses populares, en la inteligencia popular y la voluntad popular, tienen una base tan ancha, que en las presentes circunstancias de la nación es imposible trastornarlos, y como el poder de reconstrucción está constantemente presente, aunque fuesen dislocados en algunas de sus partes, se reunen con una rapidez, y reaccionan con una actividad que muestra los más fuertes indicios de salud y de vigor.