y yo lejos de tí, muerte buscaba;
y sin remedio las desgracias mias
despechado juzgaba:
mas tú vives, mi cielo,
y aún aguardo un instante de consuelo.
Y ¿qué espero? ¡infeliz! de sangre un rio
que yo no derramé, serpenteaba
entre los dos; mas ahora el brazo mio
en mar inmenso de tornarlo acaba.
¡Hora de maldicion, aciaga hora