tal vuestro arrepentimiento,

que ya no se acuerda el Padre

Rafael, de aquel indiano

Don Álvaro, del constante

azote de una familia

que tanto en el mundo vale?

¿Temblais y bajais los ojos?

Alzadlos, pues, y miradme.

(Descubriéndose el rostro y mostrándoselo.)

D. Álvaro.